BURGUESES

“Al fin llegó a un salón ovalado artesonado de palo rosa, lleno de muebles preciosos, únicamente iluminado a través de un cristal que daba al jardín. La señora Dambreuse estaba cerca del fuego con una docena de personas formando círculos en torno a ella. Con unas amables palabras, le indicó que se sentara, sin mostrarse sorprendida de no haberle visto durante tanto tiempo.
Se encomiaba cuando él entró, la elocuencia del abate Coeur. Seguidamente se deploró la inmoralidad de los domésticos, a propósito de un robo cometido por un ayuda de cámara; y se pasó después a los chismorreos. La vieja señora de Sommery tenía un catarro, la señorita de Turvisot iba a casarse, los Montcharron no volverían antes de fines de enero, los Bretancourt tampoco; cada vez se volvía más tarde del campo; y el lujo que les rodeaba realzaba aún más la miseria de la conversación; pero lo que se decía era menos estúpido que la manera de charlar, sin finalidad, sin hilación y sin animación. Había allí, sin embargo, hombres con experiencia de la vida, un antiguo ministro, el cura de una gran parroquia, dos o tres altos funcionarios del Gobierno; todos se atenían a los lugares comunes más trillados. Algunos parecían viudas rentistas fatigadas, otros tenían el aire de chalanes; y había viejos que acompañaban a sus mujeres, de las que muy bien hubieran podido pasar por sus abuelos.”
¡Ay, Dios! ¡Qué poco cambia el mundo! ¡Y pensar que este fragmento de “La educación sentimental”, novela escrita en el siglo XIX, podría haber sido redactado hoy! Sin ir más lejos, el otro día me fui con una amiga a un concierto en el Maestranza, y a la salida unos conocidos nos propusieron ir a tomar una copa. Nos dirigimos a un bar cercano y allí se fue reuniendo un selecto grupo de habituales de las páginas de hueco grabado del ABC: un abogado que dirige un bufete de prestigio, un concejal del ayuntamiento vestido de mamarracho, un diputado del parlamento autonómico, una ex consejera, y una dirigente política de profesión sus intrigas. ¿Qué pinto yo aquí, en medio de esta fauna?, me preguntaba, no viendo el momento de marcharme; porque aquella era una reunión de las de los niños con los niños y las niñas con las niñas, en la que los hombres ventilaban sus chismes y las mujeres los suyos, en un aburrido discurso sin chispa ni originalidad, aunque ninguno de ellos se hubiera reconocido ni por asomo en el espejo de Flaubert.

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Un comentario el “BURGUESES

  1. Concha dice:

    Me encanta la reflexión. y además en esos grupos si te escurres, seguro que ni lo notan. No ven nada que no sean ellos mismos o los apellidos e influencias de quienes les rodean.

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