UN AMIGO

Su amiga llevaba ya algún tiempo hablándole de ese tipo, que lo tienes que conocer, que merece la pena. Se lo presentó un día que llovía a mares, y él le dio un fuerte apretón de manos y la miró con cierta curiosidad. Después, para celebrarlo, las llevó a las dos a un restaurante de la otra punta de la ciudad en su viejo coche de asientos desvencijados llenos de carpetas. Era periodista, y en todo el trayecto no paró de hablar. Ella pensó que le gustaba lucirse, y que a lo mejor era esa la única razón por la que la había invitado, porque lo cierto es que desde el primer momento tuvo la impresión de que sobraba; así que, alegando una cita, no tardó en marcharse. Después, alguien encontró la factura del restaurante dentro del coche, y de esta manera se pudo llegar a averiguar que ella había comido con ellos, y que los había dejado a las cuatro. El accidente ocurrió a las ocho, así que habían tenido tiempo de sobra de emborracharse. En el entierro, el marido de su amiga ni siquiera la miró.

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