GATSBY

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El doctor T.J. Eckleburg veía pasar a diario desde la atalaya de su anuncio en el valle de las cenizas los coches que iban desde Long Island a Nueva York, aunque el más impresionante de todos era un un Rolls Royce último modelo de color amarillo, que decían que pertenecía a Gatsby, un tipo famoso por las fiestas que daba. Desde luego que debía de ser muy rico, y a saber de dónde le venía tanta riqueza, porque en los tiempos que corren cualquiera en dos días se puede hacer millonario. Al doctor T.J. Eckleburg le picaba la curiosidad, así que un día decidió bajarse de su anuncio y colarse en una de sus fiestas. Le fue fácil dar con la casa. No tuvo más que preguntar por Gatsby. Todos lo conocían, aunque le dio la impresión de que nadie lo había visto nunca. Y cuando llegó se quedó atónito. ¡Menuda mansión! Aunque aquello más bien parecía una feria, y la gente iba y venía como Pedro por su casa, bebiendo sin parar, y sin ningún tipo de modales. La orquesta sonaba impresionante, pero nadie la escuchaba. Cogió él también una copa, con tan mala suerte que al ir a sentarse la derramó sobre dos chicas idénticas, que iban ambas de amarillo, y que lo miraron como a un bicho raro, aunque después enseguida se desentendieron de él y se pusieron a bailar. Se aburría, así que, aunque estaba bastante borracho, se decidió a entrar en la casa a ver si encontraba la biblioteca, donde se sorprendió al ver que los libros eran de verdad. Después, allí mismo, estuvo charlando un buen rato con una pareja muy agradable, a la que fue incapaz de decirle con quién había venido. Tampoco recordaba por qué a la salida iba en aquel coupé que acabó en una cuneta y que perdió una rueda, ni por qué la gente se empeñaba en decir que él era el conductor cuando ni siquiera sabía conducir, aunque el otro, el tipo que salió después tambaleante lo único que quería era ir a repostar gasolina. Más o menos a los tres meses de aquello tuvo lugar un terrible accidente. Esa muchacha, Myrtle, la del garaje de enfrente, se lanzó como loca contra el coche de Gatsby que venía a una buena velocidad, y la mató. Aquel día hubo allí un hervidero de gente. Después, Wilson, su marido, averiguó quien era el propietario del coche, y dónde vivía, y lo sorprendió tan tranquilo, tumbado en una colchoneta en su su piscina, y le pegó un tiro, quitándose él también la vida a continuación. ¡Qué tragedia! El doctor T.J. Eckleburg, a pesar de la lluvia, y a pesar de que ni siquiera lo conocía, decidió ir al entierro de Gatsby, como un último gesto hacia ese hombre tan hospitalario que había muerto de forma tan absurda. A buen seguro que a mucha más gente se le habría ocurrido la misma idea que a él, pero se equivocó. Allí no había nadie. Solo cuatro o cinco criados, el cura, un hombre mayor que debía de ser su padre, y un joven como de treinta años, cuya cara no le resultaba desconocida, y que parecía ser el único amigo que tenía. ¡Pobre Gatsby! ¡Pobre hijo de puta!

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2 comentarios el “GATSBY

  1. Alex Rodriguez dice:

    Hola; En verdad me sorprende que por tu historia, tu bandeja de entrada no este repleta de comentarios (buenos comentarios por supuesto); si hay algo que me llama la atención de este libro, es de la variedad de significados que posee el anuncio publicitario del Dr. T. J. Eckleburg, pero eso es lo grandioso de los buenos libros, que aun terminándolo de leer, nos deja preguntándonos, que es lo que en realidad nos quiso decir el autor, o si existen mensajes ocultos que con una sola leída no basta para averiguarlos. Saludos, compañero.

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