ASÍ ESCRIBÍA PESSOA

EL INAGOTABLE PESSOA

Al hilo de mi reflexión de ayer, encuentro en “El País” de hoy un artículo de Antonio Jiménez Barca, titulado Últimas noticias del inagotable Pessoa, del que extraigo un párrafo que nos ilumina sobre cómo se enfrentaba a su proceso creativo este grandísimo escritor.
«Pessoa rehacía, destruía y guardaba. Olvidaba proyectos, los retomaba años después y los modificaba en una mañana. Añadía una hoja a un volumen inacabado que luego traspapelaba. Escribía en cuartillas ordenadas a veces, pero otras lo hacía en sobres, en notas de contabilidad, en el reverso de circulares empresariales. Reemprendía obras que se multiplicaban como un árbol ramificado hasta el infinito, llevaba adelante varios libros a la vez… Daba la impresión de que el peso mismo de su deseo de escribir le sepultaba, que le atenazaba el no poder controlar su propia e inmensa ambición reconvertida continuamente en un creciente caos en búsqueda de belleza».

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SOBRE EL PROCESO CREATIVO

¿Cómo escriben los escritores? ¿Cuáles son los primeros pasos que dan antes de que empiece a tomar cuerpo la obra definitiva? ¿Saben de antemano lo que quieren? ¿O se van materializando las ideas a medida que van surgiendo las palabras? No lo sé. Cada maestrillo tiene su librillo. Aunque supongo que con los actuales procesadores de textos, puesto que el autor puede suprimir sobre la marcha, cortar y pegar, cada vez será más difícil seguirle la pista al proceso de creación literaria. Para mí, forma e imagen atraen el concepto; creo que las palabras dispuestas de una determinada manera dicen una cosa, y de otra, otra distinta; y pienso que, siempre, en el impulso inicial de la escritura, hay algo misterioso, una idea que intenta tomar forma, y que se materializa en el orden en el que van apareciendo las palabras, que tengo que respetar, aunque esté lleno de incoherencias y de anacolutos, si no quiero que esa idea se me escape, o que se me diluya como un azucarillo. Después toca ahormar esas palabras, someterlas a la disciplina férrea del lenguaje para, bajo el manto de una aparente ligereza, conseguir el máximo de expresividad.

GREGOR SAMSA

Gregor Samsa trabajaba como un negro para mantener a su familia y pagar una antigua deuda de su padre, mientras este, su madre y su hermana se daban la gran vida; y además, ya acostumbrados a ese estado de cosas, ni se lo agradecían.
El porqué de la noche a la mañana, un buen día, amaneció convertido en un monstruoso insecto, mejor que ni nos lo planteemos, puesto que ni siquiera Kafka nos supo dar una explicación.
Pero lo cierto es que su familia, por la que él se ha desvivido, a partir de este momento, cuando ya no les sirve, no le va a echar ni puñetera cuenta. La primera mañana, cuando oye que su jefe ha llegado y que lo está poniendo verde por llegar tarde al trabajo, después de ímprobos esfuerzos, logra abrir con su fuerte mandíbula de insecto la cerradura. Ahora por fin lo verán, y se darán cuenta del problema, e intentarán ayudarlo. Pero se equivoca, porque lo único que consigue es que el padre, furioso, la emprenda con él a bastonazos hasta lograr recluirlo en su habitación. Y así empieza a transcurrir el tiempo. Al principio, Grete se ocupa de alimentarlo, y en cuanto entra, él tiene la delicadeza de esconderse debajo del sofá para no asustarla. Pero poco a poco se va desentendiendo cada vez más de él, y ya ni siquiera le limpia la habitación, que se llena de basura y suciedad; y por eso él cada día está más triste, y deja de comer. Un día, su padre, terriblemente enfadado por su comportamiento, lo ataca con un puñado de manzanas rojas, una de las cuales se le incrusta en su caparazón, provocándole una herida que se le infecta. A partir de ahí las cosas van de mal en peor. Grete también se le ha puesto ya abiertamente en contra, y una noche en la que él se ha atrevido a salir de su habitación para escucharla tocar el violín, provoca la ira de los huéspedes que lo descubren, y entonces ella estalla y dice hasta aquí hemos llegado, hemos hecho todo lo humanamente posible, pero las cosas ya no pueden continuar así. Entonces Gregor retrocede, y al amanecer lanza su último suspiro. Después, su cadáver delgado y reseco es quitado de en medio por la sirvienta. Y el lector se conmueve de piedad. Porque de toda esa pandilla de personajes, él es el único que merece la pena. Los demás son escoria pura, ellos sí, auténticos insectos.

¿QUIÉN SOY?

Tuve un problema con mi amiga A., que ocasionó un enfriamiento de nuestras relaciones y el surgir de una mutua y creciente antipatía; y día a día, a medida que aumentaba la distancia entre las dos, la iba despojando de todas las máscaras con las que a mis ojos se adornaba, hasta que al fin se me apareció desnuda, y huí espantada de su fealdad. Después, una tarde en que me estaba contemplando en el espejo me sorprendió la extrañeza con que percibía mi propia imagen, y descubrí horrorizada que cada vez mi rostro se parecía más al de A., hasta el punto de parecerme idénticos. Y entonces me pregunté si no estaría yo confundida pensando que A. era A., y no yo misma, y si no sería esa la razón por la que me resultaba tan insufrible su presencia.

EL VIOLÍN DE GRETE

La familia Samsa, una vez que Gregorio, el hijo que era su soporte económico, se ha convertido de la noche a la mañana en un repelente insecto, no tiene más remedio que buscar nuevos medios de subsistencia, por lo que, aparte de que todos sus miembros se tienen que poner a trabajar, subalquila una de las habitaciones de su casa a tres huéspedes, bastante antipáticos por cierto. Y estos, un día en que Grete, la hermana, está tocando el violín en la cocina, ruegan al padre que venga a la sala de estar donde sería más cómodo y agradable escucharla; pero pronto se cansan y empiezan a denotar impaciencia; aunque Gregorio, que, también atraído por la música, se ha atrevido a acercarse e incluso a asomar la cabeza, está encantado, ¡qué bien tocaba la hermana!,(…) ¿Si sería una fiera que la música tanto le impresionaba?
A propósito de este pasaje, en su curso sobre La metamorfosis, dice Nabokov lo siguiente: «Sin el menor deseo de polemizar con los amantes de la música, quiero señalar que la música, tomada en sentido general, tal como es percibida por sus consumidores, pertenece a una forma más primitiva y animal en la escala de las artes que la literatura o la pintura. Hablo de la música considerada globalmente, no como creación, imaginación y composición, aspectos en los que desde luego rivaliza con la literatura o la pintura, sino según el efecto que produce en el oyente medio. Un gran compositor, un gran escritor, un gran pintor, son hermanos. Pero creo que el impacto que la música produce de manera general y primitiva en el oyente es de calidad más modesta que el de un libro medio o un cuadro medio. Pienso sobre todo en la influencia sedante, apaciguadora, que la música ejerce en algunas personas, a través de la radio o de los discos.
En el relato de Kafka se trata solo de una chica rascando lastimosamente su violín, que en este pasaje equivale a la música estereotipada o radiofónica de hoy día. Lo que acabo de decir corresponde a las ideas de Kafka sobre la música en general, que tiene una capacidad embobadora, paralizadora, animalizadora. Debemos tener presente esta concepción a la hora de interpretar una importante frase, mal comprendida por algunos traductores. Literalmente se lee: ¿Era él un animal, para que le afectase tanto la música? Es decir, en su forma humana le había gustado poco; pero ahora, en su condición de escarabajo, sucumbe: Le parecía como si ante él se abriese el camino hacia el alimento desconocido y anhelado.

SOBRE EL JUICIO MUSICAL

Al comienzo de Amor, la estupenda película de Michael Hacneke, sus protagonistas, la pareja de ancianos interpretada por Jean Louis Trintignant y Enmanuelle Riva, asisten a un concierto, se les ve en un plano medio, entre el público, y a la salida, ella, que es pianista profesional, comenta algunos aspectos técnicos de la interpretación.
Ahora bien, la mayoría del público de los conciertos suele estar constituido por aficionados de criterio musical bastante dudoso. ¿Qué significan en ese caso sus aplausos? ¿Y su opinión? ¿El que digan que una obra ha sido magníficamente ejecutada, o que, por el contrario, denigren dicha ejecución?
A este respecto reproduzco algunas de las opiniones del que fuera afamado director de orquesta Wilhem Furtwängler (1886-1954), extraídas del libro Conversaciones sobre música (Editorial Acantilado), en el que se reproducen sus conversaciones con el crítico musical Walter Abendroth (1896-1973): «Cualquier público ─también nuestro público berlinés, y este, de forma especial, como público típico de gran ciudad─ debe ser considerado en primer lugar como una masa sin voluntad propia, que reacciona a cualquier estímulo de manera desinhibida, como quien dice automática. Su primera reacción puede ser genuina, pero a menudo también puede ser falsa. A eso se añade que esta primera reacción depende tanto de las circunstancias especiales del momento que, poco después, a veces ya no es comprendida por los propios interesados, en este caso el público mismo. Si no, ¿cómo se explica, pues, que no solo la música pura, sino incluso las óperas que más tarde resultan los éxitos más estruendosos y más duraderos, una Carmen, una Aida, una Bohème, etcétera, fracasaran en su primera interpretación? (…) Eso se debe a que con el público todo sucede de forma completamente instintiva, caprichosa, sin plena conciencia. Lo que llamamos “público” de nada tiene una visión menos clara que de sí mismo. Sobre todo para el oyente ─como individuo o como público─ hay una condición previa para poder emitir un juicio realmente válido: ha de tener tiempo. El tiempo es necesario para conocer realmente una obra, sobre todo tratándose de música pura. Resulta difícil pronosticar cuánto tiempo dura el proceso de conocer y comprender una obra o un artista. Puede requerir décadas, toda una vida. Piense usted en Bach, en las últimas obras de Beethoven, también en fenómenos como Bruckner».

HYDE

Hyde es un concentrado de maldad pura, un ser que provoca una desagradable sensación de rechazo en todo el que lo ve. Sin embargo, salvo que pisotea con saña a una niña y que mata a bastonazos a un venerable anciano, nada más se nos dice en el librito de Stevenson de sus fechorías, probablemente debido a que bajo el imperativo de la rígida moral victoriana, cualquier descripción más subida de tono hubiera impedido el éxito comercial de la obra; de manera que, ante tan obvio silencio, es al lector al que le toca adivinar la naturaleza de los vicios que el respetable Jeckyl, para no dejar de serlo, pretendía endosar sobre las espaldas de Hyde; y gracias a ese pudor, o astucia narrativa, “Dr. Jeckyl y Mr. Hyde” sigue manteniendo a fecha de hoy intacta su frescura, dejándonos vía libre para imaginar qué haríamos si por una de aquellas a nosotros también nos fuera permitido dejar suelto al Hyde que seguro que todos llevamos dentro.