MISS LONELYHEARTS

MISS LONELYHEARTS

Miss Lonelyhearts no puede con su vida, así que difícilmente va a poder con las de los demás, con todas las de esa gente desgraciada que le escribe contándole sus problemas, que no tienen solución, como el de Desesperada o el de Harta de Todo. Dios debería existir. Pero no. Y si alguna vez cae en la tentación de pensar que sí, ahí está Shrike, vigilante, para ponerlo en solfa y ridiculizarlo. Dios, el miss Lonelyhearts de todos los miss Lonelyhearts del mundo. Y lo malo es que no hay escapatoria. Pero no se puede vivir entre tanta miseria. El mundo necesita amor. Y cuando, ya él mismo convertido en Cristo, se abalanza sobre el tullido para abrazarlo, a este, que venía con la intención de matarlo porque pensaba que había intentado violar a su mujer, se le dispara la pistola que traía envuelta en un papel de periódico, y ambos se desploman cayendo escaleras abajo. ¡Oh, pobre Miss Lonelyhearts!, que muere de una muerte grotesca, tan absurda y falta de sentido como la propia vida.

EXTRAÑOS EN UN TREN

EXTRAÑOS EN UN TREN-IV

¿Cómo reaccionaríamos si de pronto un desconocido nos propusiese un crimen perfecto, la desaparición de alguien cuya muerte nos puede beneficiar? Seguro que con un no rotundo, y un pero está usted chiflado o qué. Ahora bien, puede que tan extravagante propuesta, una vez hecha, comenzara a abrirse camino dentro de nosotros hasta instalarse en un cómodo y apartado rinconcito a la espera de su oportunidad.
Esto es lo que ocurre en la novela de Patricia Highsmith, «Extraños en un tren», donde el pervertido y amoral Bruno plantea a Guy, joven arquitecto al que acaba de conocer en un tren, la ejecución de un doble asesinato que, por falta de móvil, nunca podrá ser descubierto; y el lector sigue sin pestañear las inquietantes peripecias de ambos personajes, y no sale de su asombro al comprobar que Guy le sigue el juego a Bruno, al tiempo que se pregunta por qué no se deshace de él y lo denuncia a la policía. Como si fuera tan fácil librarse de uno mismo. Y es que Guy, como un nuevo Míster Jeckill, a medida que avanza la acción, va descubriendo horrorizado que Bruno es parte de sí mismo, su oponente, su opuesto y su alter ego, su lado oscuro, y que su destino, irremisible y fatalmente, va ligado al suyo.

SI YO FUERA ALICE MUNRO

De pronto me acuerdo de los amigos de mi infancia, no de los de Sevilla, sino de los que me echaba en el pueblo de mi abuela, cuando me llevaban a pasar allí algunos días; de Elena, que se casó pronto y se ajó pronto también, y que siempre me decía qué envidia de que estudias; de Lorenzo, que padecía de ataques epilépticos y que murió joven; y de Toño, tan callado y tan buen pintor, y que también hace tiempo que murió. Para ellos yo era la niña de la capital, la novedad que de vez en cuando irrumpía como un pequeño vendaval en sus vidas; y pienso que si yo fuera Alice Munro ya habría sabido recuperar aquellas tardes en las que nos pasábamos las horas jugando juntos frente a la tapia del sombrío convento, inventando futuros, hasta que veíamos aparecer a lo lejos una diminuta figura vestida de negro, que hacía caso omiso de mis protestas y mis súplicas para quedarme un rato más, llamándome porque ya era hora de recogerse; y así un día tras otro; y de ese tiempo eterno lo único que hoy queda en pie es el convento.

EXTRAÑA SINCRONICIDAD

El último libro del programa de Literatura Universal de 2º de Bachillerato de este año es uno de Patricia Higshmith, El talento de Mr.Ripley, que yo descubrí hace ya muchos años a través de la estupenda película de René Clément, A pleno sol.
Ahora bien, en esta ocasión me he despistado, y en vez de ese he leído otro, La máscara de Ripley, lo que no me ha importado en absoluto, porque las horas se me han pasado volando siguiendo las peripecias del amoral Ripley, que mata igual que se bebe un café, y cuyo físico no podemos dejar de asociar al de Alain Delon. ¡Todo un placer Sra. Higshmith!
En cualquier caso, y ya que es el otro el que tengo que explicar, me pongo a rebuscar en mis estanterías, y cuando, por fin lo encuentro y me dispongo a abrirlo, descubro que es un ejemplar mal encuadernado, y que aunque en su portada pone El talento de Mr. Ripley, el libro que contiene en realidad es otro, Extraños en un tren. Y como la ocasión la pintan calva, y aprovechando que el Pisuerga pasa por Valladolid, pues me lo leo este también.
Ahora bien, sigo necesitando El talento de Mr. Ripley, y vuelvo a buscarlo, pero da la casualidad que este es el único que me falta de la colección; y, sin embargo, me vuelvo a tropezar con otro ejemplar de Extraños en un tren, esta vez sí, bien encuadernado, y con el título correcto en la portada.
Así que, aunque parece que El talento de Mr. Ripley se me resiste, no me queda otra que buscarlo por las librerías, si bien, visto lo visto, y ante tanta sincronicidad, más vale que me ponga a leer con mis alumnos Extraños en un tren, que tampoco es moco de pavo.

LA MIRADA DE DIOS

Un buzón de ubicación imposible es el detalle que no encaja en la historia que cuenta Terry Lennox en la carta que escribió antes de suicidarse, el dato incoherente, la fisura que ilumina la verdad que Marlowe descubrirá al final de El largo adiós.
Y en eso, entre otras cosas, consisten todas las novelas negras, en que el sagaz y paciente detective investigue hasta averiguar cuál es la pieza, pequeñísima a veces, que no encaja en el puzle, que al final siempre acaba por reconstruirse.
Ahora bien, la novela negra, con esos personajes de diversa extracción social, policías, mafiosos, ricachones, matones, chantajistas, chicas guapas, ex convictos, chóferes y detectives, que pululan por ella, se inspira en la realidad, centrándose en su lado más oscuro, el que tiene que ver con el submundo del crimen, la corrupción y el delito.
Pero también en las vidas de la gente corriente y moliente, las que nunca inspiraremos a un Chandler (¿o sí? Nunca se sabe), hay fallas que a la larga, por muy ocultas que estén, por muy calladito que nos lo tengamos, alguien, relacionando, atando cabos, deduciendo, intuyendo, termina por descubrir, sacando a la luz lo que nosotros creíamos para la eternidad sellado y enterrado.
Y entonces, cuando llenos de asombro comprobamos que ese alguien conoce lo que nunca creímos que se pudiera llegar a saber, llegamos a la conclusión de que a eso debían de referirse en los colegios católicos de nuestra infancia cuando nos decían que Dios está en todas partes, que todo lo ve, y que nada escapa a su mirada omnipresente.

FERIA CON CHANDLER

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¡Qué va! No todo es Feria, porque yo, sin ir más lejos, aprovechando las vacaciones y el calor he hecho una escapadita a la playa, y allí, aparte de tomar al sol, me he dedicado a leer a lo bestia, disfrutando de lo lindo.
He releído a Chandler, cuya prosa sobria y eficaz tanto envidio.
Su novela El largo adiós no tiene desperdicio, y además resulta ser de una sorprendente actualidad.
«─No hay ninguna manera transparente de ganar cien millones de dólares ─dijo Ohls─. Quizá la persona que manda cree que tiene las manos limpias pero en algún sitio de tejas abajo hay gente a la que se pone contra la pared, hay pequeños negocios que funcionan bien pero les cortan la hierba bajo los pies y tienen que dejarlo y vender por cuatro perras, hay personas decentes que se quedan sin empleo, hay valores en la bolsa que se amañan, hay apoderados que se compran como si fueran un gramo de oro viejo, y hay personas más influyentes y bufetes de abogados que cobran honorarios de cien mil dólares por conseguir que se rechace una ley que quería el ciudadano medio pero no los ricos, en razón de que reduciría sus ingresos. El gran capital es el gran poder y el gran poder acaba usándose mal. Es el sistema. Tal vez sea el mejor que podemos tener, pero de todos modos sigue sin ser mi sueño dorado.»

ESCRITORES EN HOLLYWOOD

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En los comienzos del cine sonoro, muchos de los escritores de la Generación Perdida probaron a ganarse la vida trabajando como guionistas en los grandes estudios cinematográficos, entre ellos, Faulkner, F.S. Fitzgerald y Dashiell Hammet.
También Nathanael West hizo sus pinitos en Hollywood, en la adaptación cinematográfica de su novela Miss Lonelyhearts, película que fue un sonoro fracaso, y en películas de bajo presupuesto de Republic Films, y en la RKO, donde escribió algunos guiones que se convirtieron en inesperado éxito de taquilla. Todas estas experiencias las reflejó en El día de la langosta, una visión pesimista y desilusionada del mundo hollywoodiense.
“Tod dejó la carretera y trepó a lo alto de la colina para mirar al otro lado. Desde allí vio un campo de abrojos de cuatro hectáreas salpicado de girasoles y eucaliptos silvestres. En el centro del campo había un gigantesco montón de decorados, bastidores y atrezzos. Mientras miraba, un camión de diez toneladas añadió otro montón al que ya había. Este era el basurero final. Pensó en el Mar de los Sargazos de Janvier. Del mismo modo que aquellas aguas imaginarias eran historia de la civilización en forma de chatarrería marina, el estudio era otra en forma de basurero de sueños. ¡Un mar de los Sargazos de la imaginación! Y los desechos crecían continuamente, porque no había un sueño a flote en parte alguna que no acabase allí más pronto o más tarde, después de cobrar un aspecto cinematográfico con ayuda de escayola, tela, listones y pintura. Muchos barcos se hunden y nunca llegan al mar de los Sargazos, pero ningún sueño desaparece nunca por completo. Atormenta a algún desgraciado en algún lugar, y un día, cuando ya ha atormentado lo bastante a esa persona, el sueño se reproduce en el estudio.”