LA MUERTE DE IVÁN ILICH

TOLSTOI

La novela de Tolstoi, La muerte de Iván Ilich, comienza con la muerte de su protagonista, para pasar acto seguido a la narración de su vida, cuya radical falsedad se le revela a Iván durante los pocos meses que dura su dolencia.
«Lleva quien deja y vive el que ha vivido», escribía Antonio Machado refiriéndose a su maestro, Don Francisco Giner de los Ríos. Pues bien, Iván Ilich no lleva nada, si bien su lucidez de última hora lo redime en parte.
«A ellos no les importa, pero también morirán. ¡Idiotas! Yo primero y luego ellos, pero a ellos les pasará lo mismo. Y ahora tan contentos… ¡Los muy bestias!», piensa él de los suyos.
Y su velatorio, al que asistimos en el primer capítulo, transcurre como todos los velatorios, como un enojoso trámite social en el que cada uno va a lo suyo, y en el que lo que menos importa es el muerto.
Su esposa, por ejemplo, solo piensa en cómo aumentar la cuantía de su pensión, y su amigo de toda la vida Pyotr Ivanovich en cómo escapar de allí lo antes posible para irse a jugar a las cartas con sus colegas; y cuando en un momento de lucidez cae en la cuenta de que al fin y al cabo eso de morirse le podía haber pasado a él también, enseguida desecha por incómodo e inoportuno este pensamiento.
«Y habiendo reflexionado de esa suerte, Pyotr Ivanovich se tranquilizó y empezó a pedir con interés detalles de la muerte de Iván Ilich, ni más ni menos que si esa muerte hubiese sido un accidente propio solo de Iván Ilich, pero en ningún caso de él.»

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