EL LECTOR

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En esta novela de Bernhard Schlink, Michael Berg, un chico de quince años, conoce casualmente a Hanna Schmitz, una mujer de treinta y seis, de la que se enamora y con la que va a vivir durante un tiempo una relación amorosa que lo va a marcar profundamente. El chico hace rabona y se escapa a verla cada vez que puede, y allí en su piso, él, entre caricia y caricia, le va leyendo en voz alta sus libros favoritos.
Hanna desaparece de su vida, pero siete años más tarde Michael se la vuelve encontrar en un juicio, acusada de ser una criminal de guerra nazi.
La condenan, ¡claro!, entre otras cosas porque confiesa ser la autora de un informe que ella no pudo escribir, porque era analfabeta. Y, entonces, al hacer este descubrimiento, tanto a Michael como al lector lo invade una sensación de desconcierto. Era culpable, sí, pero hasta qué punto. Al fin y al cabo, ella se limitaba a cumplir órdenes que no entendía. ¿Cómo iba a saber lo que hacía, si ser analfabeto es peor que ser ciego?
Edipo, cuando descubrió su pecado, aún siendo inocente, se arrancó los ojos.
Hanna se ahorcó.

UNA ENTREVISTA

PROFESOR DE SOUSA

Pues sí, entre col y col, lechuga. Y entre tanta reseña de libro y reflexión literaria hago un alto para dejar el enlace de la esclarecedora entrevista que aparece hoy en el diario digital Público a Boaventura de Sousa Santos, doctor en Sociología del Derecho por la Universidad de Yale, y catedrático de Sociología en la de Coimbra, que está este fin de semana en Madrid con la Universidad Popular de los Movimientos Sociales (UPMS), donde se reúne con diversos colectivos y movimientos sociales y académicos de distintos países para reflexionar sobre la maltrecha democracia europea, y ver cómo se puede recomponer. El entrevistado es un indignado de peso, y sus reflexiones dan mucho que pensar, en la medida en que explica el por qué de esta crisis, que no es tal, sino un ataque premeditado y en toda regla a la democracia, al estado del bienestar, y a los eslabones más débiles del sistema capitalista. Y ahora lo que toca es encontrar soluciones.

http://www.publico.es/internacional/457290/el-euro-fue-una-de-las-formas-por-las-que-el-neoliberalismo-entro-en-europa

EL BARÓN RAMPANTE

EL BARÓN RAMPANTE

El barón rampante, de Italo Calvino, es la historia de un chico, Cosimo Piovasco de Rondó, que con doce años recién cumplidos, y después de negarse a comer un plato de caracoles, se sube a un árbol para ya nunca volver a bajar.
Y a mí me parece que la proeza literaria de Calvino en esta novela consiste en hacer verosímil la vida de alguien que, más que hombre, parece un mono; pese a lo cual, desde su mundo vegetal, participa en el discurrir histórico de su tiempo, de las conmociones producto de la Revolución francesa, y hasta se entrevista con Napoleón.
Y también se enamora, por supuesto. Encaramado en un magnolio descubre a Viola, su caprichosa vecina, y desde ese día sus destinos se entrecruzan.
Un día, al poco de conocerse, él tiene la debilidad de pavonearse ante ella:
«─¿Sabes que nunca he bajado de los árboles desde entonces?
Las empresas que se basan en una tenacidad interior deben ser mudas y oscuras; a poco que uno las declare y se gloríe de ellas, todo parece fatuo, sin sentido e incluso mezquino. Así, mi hermano, apenas pronunciadas esas palabras hubiera querido no haberlas dicho nunca, y ya no le importaba nada de nada, e incluso le entraron ganas de bajar y acabar de una vez. Tanto más cuanto que Viola se quitó lentamente la fusta de la boca y dijo, en tono amable:
─¿Ah, sí? ¡Menudo gaznápiro!»

MENDEL EL DE LOS LIBROS

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La guerra es la barbarie, la imposición de la fuerza bruta sobre el espíritu. Y esto, según cuenta en sus memorias, El mundo de ayer, lo sufrió en sus propias carnes Stephan Szweig, el gran escritor austriaco que fue testigo de la descomposición del imperio austrohúngaro y de la devastación de Europa durante las dos guerras mundiales; hasta que, desesperanzado ante el derrumbe de los valores de la civilización europea en los que había creído y que él también había ayudado a construir, se quitó la vida, en plena ascensión nazi, en su exilio brasileño de Persépolis, en 1942.
Y es precisamente de esta contraposición entre civilización y barbarie, entre espíritu y fuerza bruta, de lo que trata su relato corto, Mendel el de los libros, cuyo protagonista, Mendel, es un apasionado bibliófilo, que despacha su negocio desde su mesa del café Gluck, donde es una institución.
Mendel vive por y para los libros, catálogo viviente de todo lo que se ha publicado y se publica. Sumergido hasta tal punto en su mundo que ni se entera de que hay guerra, ni de que no se puede mantener contacto con las potencias enemigas. Para él todo sigue igual, y escribe cartas, y solicita sus pedidos a sus libreros habituales de Londres y Paris. Pero cuando su correspondencia es interceptada se le detiene; y por su condición de apátrida, un judío ruso, un sin papeles, que vive en Austria desde hace más de treinta años, se le considera traidor y es enviado a un campo de concentración, donde pasa dos años que lo destruyen como ser humano. De nada servirá que lo liberen, porque a su vuelta, ya el mundo es otro, y él, ni sombra ya de lo que fue, acabará muriendo de una pulmonía.
Al cabo de los años, el narrador, al entrar en el café Gluck, se acuerda de repente del librero y se encuentra con la sorpresa de que allí la única persona que lo recuerda y que incluso ha guardado un libro suyo es la encargada de los aseos, la señora Sporschil.
Y concluye así:
«Pues ella, aquella mujer sin estudios, al menos había conservado el libro para acordarse mejor de él. Yo, en cambio, me había olvidado de Mendel el de los libros durante años. Precisamente yo, que debía saber que los libros solo se escriben para, por encima del propio aliento, unir a los seres humanos, y así defendernos frente al inexorable reverso de toda existencia: la fugacidad y el olvido».

CORRIE

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En los cuentos de Alice Munro, la vida transcurre tranquila en algún lugar perdido de Canadá. Las gentes son normales. Pero de pronto, por aquí y por allá, van apareciendo indicios sueltos y aparentemente fútiles, por los que se va a ir quebrando la compacta realidad que se nos muestra, y por los que se cuelan las turbulentas corrientes que transcurren bajo la amable superficie de lo cotidiano. Lo que no se cuenta es muchísimo más importante que lo que sí; y la verdad se nos revela con súbito fulgor.
Así ocurre en Corrie, uno de sus relatos cortos publicado en Mi vida querida.
La historia transcurre a lo largo de muchos años. Primero el narrador nos presenta una escena en la que aparecen los protagonistas, Corrie, y Howard Richtie, el arquitecto al que su padre ha contratado para que repare el campanario de la iglesia anglicana del pueblo. Corrie, de veintiséis años, es una chica mimada y consentida a la que sale el dinero por las orejas. Cojea de un pie. En cambio, Howard, «aunque solo fuera unos años mayor que ella, ya tenía esposa e hijos pequeños, como el padre había averiguado inmediatamente». Y el mismo día en que se conocen ella le dice que se va a Egipto. «Yo tengo que ganarme la vida», le contesta él.
Después, él la vuelve a visitar, y se hacen amantes. «Howard se había preguntado cómo reaccionaría en la cama al ver el pie, pero en cierto modo se le antojó más atractivo, más único que el resto de ella».
Pero un día, Lillian, una antigua criada de Corrie, enterada de que Howard está casado, amenaza con contárselo todo a su mujer. A partir de ese momento, Corrie le enviará periódicamente, y a través de Howard, una determinada cantidad de dinero en efectivo. Al fin y al cabo, ella es rica y Howard no. Ese es el precio de su amor. Y así va trascurriendo la vida, sin grandes altibajos.
Hasta el momento en que a Corrie le llega la noticia de que, de forma repentina, ha muerto Lilliam, a los cuarenta y seis años. En el funeral todos hablan de ella. Era una bendita. Corrie empieza a redactar mentalmente una carta para Howard. Ya no pende ninguna amenaza sobre nosotros. ¿Le habría dado tiempo a Lilliam de recoger el último sobre que ella le envió, o el sobre estaría aún intacto en el buzón?
«Siempre hay una mañana en que uno se da cuenta de que todos los pájaros se han ido.»
A Corrie se le revela de pronto una certeza, y se da cuenta de que no hay ninguna noticia que dar, y de que no importa que Lillian haya muerto, porque no era ella quien recibía el dinero sino Howard.
No obstante, le escribe una nota brevísima.
«Lillian ha muerto. La enterraron ayer.»
«Ahora todo bien, alégrate. Pronto.», le contesta él.
«De manera que lo van a dejar así. Demasiado tarde para otra cosa. Cuando podría haber sido peor, mucho peor.»