CORRIE

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En los cuentos de Alice Munro, la vida transcurre tranquila en algún lugar perdido de Canadá. Las gentes son normales. Pero de pronto, por aquí y por allá, van apareciendo indicios sueltos y aparentemente fútiles, por los que se va a ir quebrando la compacta realidad que se nos muestra, y por los que se cuelan las turbulentas corrientes que transcurren bajo la amable superficie de lo cotidiano. Lo que no se cuenta es muchísimo más importante que lo que sí; y la verdad se nos revela con súbito fulgor.
Así ocurre en Corrie, uno de sus relatos cortos publicado en Mi vida querida.
La historia transcurre a lo largo de muchos años. Primero el narrador nos presenta una escena en la que aparecen los protagonistas, Corrie, y Howard Richtie, el arquitecto al que su padre ha contratado para que repare el campanario de la iglesia anglicana del pueblo. Corrie, de veintiséis años, es una chica mimada y consentida a la que sale el dinero por las orejas. Cojea de un pie. En cambio, Howard, «aunque solo fuera unos años mayor que ella, ya tenía esposa e hijos pequeños, como el padre había averiguado inmediatamente». Y el mismo día en que se conocen ella le dice que se va a Egipto. «Yo tengo que ganarme la vida», le contesta él.
Después, él la vuelve a visitar, y se hacen amantes. «Howard se había preguntado cómo reaccionaría en la cama al ver el pie, pero en cierto modo se le antojó más atractivo, más único que el resto de ella».
Pero un día, Lillian, una antigua criada de Corrie, enterada de que Howard está casado, amenaza con contárselo todo a su mujer. A partir de ese momento, Corrie le enviará periódicamente, y a través de Howard, una determinada cantidad de dinero en efectivo. Al fin y al cabo, ella es rica y Howard no. Ese es el precio de su amor. Y así va trascurriendo la vida, sin grandes altibajos.
Hasta el momento en que a Corrie le llega la noticia de que, de forma repentina, ha muerto Lilliam, a los cuarenta y seis años. En el funeral todos hablan de ella. Era una bendita. Corrie empieza a redactar mentalmente una carta para Howard. Ya no pende ninguna amenaza sobre nosotros. ¿Le habría dado tiempo a Lilliam de recoger el último sobre que ella le envió, o el sobre estaría aún intacto en el buzón?
«Siempre hay una mañana en que uno se da cuenta de que todos los pájaros se han ido.»
A Corrie se le revela de pronto una certeza, y se da cuenta de que no hay ninguna noticia que dar, y de que no importa que Lillian haya muerto, porque no era ella quien recibía el dinero sino Howard.
No obstante, le escribe una nota brevísima.
«Lillian ha muerto. La enterraron ayer.»
«Ahora todo bien, alégrate. Pronto.», le contesta él.
«De manera que lo van a dejar así. Demasiado tarde para otra cosa. Cuando podría haber sido peor, mucho peor.»

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