MENDEL EL DE LOS LIBROS

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La guerra es la barbarie, la imposición de la fuerza bruta sobre el espíritu. Y esto, según cuenta en sus memorias, El mundo de ayer, lo sufrió en sus propias carnes Stephan Szweig, el gran escritor austriaco que fue testigo de la descomposición del imperio austrohúngaro y de la devastación de Europa durante las dos guerras mundiales; hasta que, desesperanzado ante el derrumbe de los valores de la civilización europea en los que había creído y que él también había ayudado a construir, se quitó la vida, en plena ascensión nazi, en su exilio brasileño de Persépolis, en 1942.
Y es precisamente de esta contraposición entre civilización y barbarie, entre espíritu y fuerza bruta, de lo que trata su relato corto, Mendel el de los libros, cuyo protagonista, Mendel, es un apasionado bibliófilo, que despacha su negocio desde su mesa del café Gluck, donde es una institución.
Mendel vive por y para los libros, catálogo viviente de todo lo que se ha publicado y se publica. Sumergido hasta tal punto en su mundo que ni se entera de que hay guerra, ni de que no se puede mantener contacto con las potencias enemigas. Para él todo sigue igual, y escribe cartas, y solicita sus pedidos a sus libreros habituales de Londres y Paris. Pero cuando su correspondencia es interceptada se le detiene; y por su condición de apátrida, un judío ruso, un sin papeles, que vive en Austria desde hace más de treinta años, se le considera traidor y es enviado a un campo de concentración, donde pasa dos años que lo destruyen como ser humano. De nada servirá que lo liberen, porque a su vuelta, ya el mundo es otro, y él, ni sombra ya de lo que fue, acabará muriendo de una pulmonía.
Al cabo de los años, el narrador, al entrar en el café Gluck, se acuerda de repente del librero y se encuentra con la sorpresa de que allí la única persona que lo recuerda y que incluso ha guardado un libro suyo es la encargada de los aseos, la señora Sporschil.
Y concluye así:
«Pues ella, aquella mujer sin estudios, al menos había conservado el libro para acordarse mejor de él. Yo, en cambio, me había olvidado de Mendel el de los libros durante años. Precisamente yo, que debía saber que los libros solo se escriben para, por encima del propio aliento, unir a los seres humanos, y así defendernos frente al inexorable reverso de toda existencia: la fugacidad y el olvido».

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