EL BARÓN RAMPANTE

EL BARÓN RAMPANTE

El barón rampante, de Italo Calvino, es la historia de un chico, Cosimo Piovasco de Rondó, que con doce años recién cumplidos, y después de negarse a comer un plato de caracoles, se sube a un árbol para ya nunca volver a bajar.
Y a mí me parece que la proeza literaria de Calvino en esta novela consiste en hacer verosímil la vida de alguien que, más que hombre, parece un mono; pese a lo cual, desde su mundo vegetal, participa en el discurrir histórico de su tiempo, de las conmociones producto de la Revolución francesa, y hasta se entrevista con Napoleón.
Y también se enamora, por supuesto. Encaramado en un magnolio descubre a Viola, su caprichosa vecina, y desde ese día sus destinos se entrecruzan.
Un día, al poco de conocerse, él tiene la debilidad de pavonearse ante ella:
«─¿Sabes que nunca he bajado de los árboles desde entonces?
Las empresas que se basan en una tenacidad interior deben ser mudas y oscuras; a poco que uno las declare y se gloríe de ellas, todo parece fatuo, sin sentido e incluso mezquino. Así, mi hermano, apenas pronunciadas esas palabras hubiera querido no haberlas dicho nunca, y ya no le importaba nada de nada, e incluso le entraron ganas de bajar y acabar de una vez. Tanto más cuanto que Viola se quitó lentamente la fusta de la boca y dijo, en tono amable:
─¿Ah, sí? ¡Menudo gaznápiro!»

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