¿PERO QUIÉN LE ROBÓ SU ABRIGO A AKAKI AKAKIEVICH?

Gogol
Hay que andarse con ojo con Gogol. Se mueve como pez en el agua por las arenas movedizas del absurdo, y cuando menos se lo piensa, el lector, que creía pisar terreno firme, se encuentra ante el abismo.
En la fiesta a la que un compañero suyo, un funcionario de rango superior, lo ha invitado, Akaki, puede que por la falta de costumbre, se aburre como una ostra y, después de unos cuantos bostezos, a eso de las doce, decide marcharse. A esas horas las calles están oscuras y vacías, y más a medida que va avanzando hacia su casa. Hasta que llega a una plaza desierta y espectral, en la que tan solo la garita de un centinela se avista a lo lejos. Akaki siente tanto miedo que, cerrando los ojos, la atraviesa lo más deprisa que puede. Pero he aquí que se tropieza con dos individuos con bigote, y uno de ellos dice, mira, ahí está mi abrigo, y el otro blande un puño amenazador, y se lo roban. Y una vez muerto Akaki, su fantasma, apoderándose por aquí y por allá de los abrigos de los peterburgueses, empieza a aterrorizarlos, hasta que, después del asalto al personaje importante, ya satisfecho, o vengado, deja de actuar.
A pesar de lo cual, por San Petersburgo sigue corriendo la voz de que, de vez en cuando, el fantasma de Akaki, ahora ya no bajito e insignificante como él era, sino alto y con bigote negro, anda por ahí quitándole el abrigo a la gente. O sea, que el fantasma de Akaki ha terminado por adquirir la misma apariencia del individuo que a él en vida lo asaltó. Pero entonces, ¿fue asaltado él por un hombre de carne y hueso, o por un fantasma? Y suponiendo que por un fantasma, sería su propio fantasma, el fantasma de Akaki, transformado en el del hombre bigotudo que asaltó a Akaki, que después se transforma a su vez en un fantasma, y… Un lío. En definitiva, pese a las apariencias, una historia circular, sin comienzo ni final, una espiral vertiginosa que nos atrapa, para lanzarnos después al más espantoso vacío.

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EL ABRIGO

el_capote

Sigo con Gogol.
¿Quién no conoce su famoso relato «El abrigo», (o en otras traducciones, «El capote»)?
Akaki Akakievich es un funcionario ejemplar, que diríase nacido para hacer lo que hace, copiar con esmero documentos oficiales, si bien en la oficina todos se ríen de él, y es objeto de las burlas y de las chanzas de sus compañeros. Y para qué hablar de su aspecto físico. Es un desastre. Siempre desaliñado, y con un abrigo que no admite ni un remiendo más, porque se desbarata. Así que tras muchas cavilaciones y economías, el pobre hombre se decide a hacerse uno nuevo, y con él parece que aumenta un poco su respetabilidad. Todos ahora le dan sus felicitaciones y parabienes. Pero le dura poco su gozo, y la posesión del abrigo supone el comienzo de todas sus desgracias. El mismo día que lo estrena, por la noche, de vuelta a su casa después de una celebración a la que lo ha invitado un compañero, se lo roban, y a causa del disgusto, y del frío que ha cogido andando por la noche helada de San Petersburgo, Akakievich se pone malo y se muere. Después, se cuenta que su fantasma va por ahí, quitándole el abrigo a los peterburgueses.
«El abrigo» es, entre otras cosas, el retrato feroz de una sociedad momificada, presa de sus esquemas, donde no queda resquicio para la compasión, la piedad o la ternura.
En 2002, el realizador Alberto Rodríguez dirigió «El traje», una película en la que a Patricio, un joven negro que trabaja en Sevilla, en una gasolinera, otro joven negro, un futbolista forrado, le regala un traje como pago por haberle cambiado una rueda. Patricio, al que el traje le queda como un guante, se lo planta. Y a partir de ahí, su vida se convierte en una pesadilla.
Salvando las distancias, ambas historias se parecen en la sátira y en el humor; su trama va más allá del hecho anecdótico que las sustenta, y esas prendas, el abrigo, o el traje, se convierten en símbolo del imposible ascenso social de sus protagonistas, cuyo destino se tuerce desde el momento mismo en que se atreven a ponérselas.

EL RETRATO

El retrato, Gogol

San Petersburgo es un hervidero humano, y en su gran arteria central, la avenida Nevski, puede ocurrir cualquier cosa. Gogol nos la describe en algunos de sus relatos.
En «El retrato», la vida del joven e idealista pintor Chartkov cambia a raíz de la adquisición de un cuadro muy bien ejecutado, que representa a un hombre de inquietante mirada. De la noche a la mañana se ve rico y convertido en el pintor de moda. Pero su riqueza parece envenenada, y mientras más fama adquiere y más elogios cosecha, más ruin y mediocre se vuelve su arte. Es como si hubiera vendido su alma al diablo, y al final muere sumido en la locura.
En la segunda parte del relato, el lector descubre que el cuadro es el retrato de un prestamista, cuyo autor, un hombre muy piadoso, después de pintarlo y de observar sus efectos demoníacos, se retiró durante muchos años a hacer penitencia.
Y al cabo del tiempo, su hijo se encuentra el cuadro en una sala de subastas.
“Quiero pedirte que me cumplas un ruego, hijo mío ─dijo cuando estábamos a punto de despedirnos─. Puede suceder que algún día veas en algún sitio el retrato de que te he hablado. Lo reconocerás al momento por lo extraordinario de sus ojos y su inhumana expresión. Te pido que a toda costa lo destruyas…”.
Estas fueron las últimas palabras que el joven oyó a su padre, y mientras cuenta la fascinante historia del cuadro a los que pujaban por él, este, misteriosamente, desaparece de la pared en la que estaba colgado.

UNA VISITA FRUSTRADA

freud_museum

Esta mañana una amiga me recomendó el blog Microrréplicas, de Andrés Neuman. Es muy bueno, y son post muy cortitos, como los tuyos.
El caso es que a este autor lo conocí hace varios años, aquí, en la Feria del Libro de Sevilla, pero aún no he leído nada suyo.
Mi amiga me dice que conoce a su padre, que es músico, y que vive en Granada. Un encanto, simpatiquísimo. Y que padre e hijo se parecen mucho.
Va desgranando anécdotas.
Leo uno de sus post del 15 de junio titulado El marco, en el que habla de un viaje a Londres, y de una visita frustrada a la casa de Freud, en Hamsptead.
Y entonces caigo en que a mí me pasó lo mismo hace unos meses, cuando, en un viaje a Londres, me dirigí a Hampstead, también con la intención de conocer la casa de Freud. Íbamos varios amigos, y nos costó un poquillo encontrarla, en una calle con árboles, muy empinada. Pero llegamos demasiado temprano y estaba cerrada. No había más remedio que esperar un buen rato. Yo tenía prisa y me tenía que ir, pero mis amigos se quedaron, y después me pusieron los dientes largos contándome detalles.
Y me queda la misma sensación que a Neuman, de haber rodeado un lugar que no he podido ver, que es, le tomo prestada la idea, como ponerle un marco a un retrato vacío.