AHÍ TE QUISIERA VER YO

RAFAEL GUILLÉN

La poesía es un arte minoritario y difícil, y por eso a mí los recitales poéticos me dan cierta prevención, porque me cuesta trabajo concentrarme, y a veces hasta me aburro.
Pero ayer disfruté de lo lindo escuchando en un mano a mano poético a dos grandísimos poetas, Joan Margarit y Rafael Guillén, tan diferentes y complementarios al mismo tiempo.
Rafael Guillén hizo alusión a una serie de composiciones suyas que se desarrollan partiendo de una frase popular, muy conocida, por ejemplo, ¿Qué es ese ruido?, uno de los poemas que leyó, donde se escucha hasta la falta de ruido.
Y hace un rato salgo de clase, de una clase de 1º de ESO que me trae por la calle de la Amargura, y me encuentro con un amigo y se lo suelto; y ante sus objeciones le contesto: Ahí te quisiera ver yo.
Después caigo en la cuenta de que esta es otra de las expresiones corrientes que merecerían haber sido seleccionadas por Rafael Guillén.
¿Y qué es lo que ha pasado en mi clase? Pues nada, lo de todos los días; que tienes que hacer un esfuerzo sobrehumano para lograr hacer carrera de los alumnos, que no paran de hablar, ni de moverse, ni de mascar chicle, que no escuchan pero sí quieren ser escuchados, e interrumpen por cualquier chorrada tu explicación a cada momento.
Es una sensación de frustración total.
Para colmo, en mi centro, los ánimos está por los suelos, porque unos padres han ganado una reclamación logrando que, en contra del criterio de la profesora, la inspección apruebe a su hijo.
Dicha inspección justifica su actuación en un aberrante escrito, aberrante en todos los sentidos, formal y de contenido, en el que en ningún momento se afirma que el alumno posea los conocimientos suficientes para aprobar, sino que la profesora lo ha hecho fatal.
Es para echarse a llorar.
El inspector o inspectora en cuestión debería haber ido en su momento al centro y comprobar in situ, sin que ningún padre se lo tuviera que decir, lo mal que lo hacemos los profesores.
Ahí lo quisiera haber visto yo.

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ZAPATOS

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Nada más llegar al campo de concentración de Buna-Monowitz, nos cuenta Primo Levi en Si esto es un hombre, los SS despojan de todo a los prisioneros: de la ropa (obligándolos a desnudarse), del pelo (afeitándoles todo el cuerpo), de su identidad (quitándoles su nombre y tatuándoles un número, la matrícula, en el antebrazo izquierdo), y también de los zapatos; tienen que quitarse los zapatos, y después les dan unos con suelas de madera que, si les hacen daño, pueden cambiar por otro par, por la tarde, en la ceremonia del cambio de zapatos, con la condición de que, de un rápido vistazo, elijan bien y acierten a la primera, porque no se admiten cambios.
“Y no creáis que los zapatos, en la vida del Lager, son un factor sin importancia. La muerte empieza por los zapatos: se han convertido, para la mayoría de nosotros, en auténticos instrumentos de tortura que, después de las largas horas de marcha, ocasionan dolorosas heridas las cuales fatalmente se infectan. Quien las padece está obligado a andar como si tuviese una bala en el pie (y he aquí por qué andan tan extrañamente los ejércitos de larvas que cada noche vuelven desfilando); llega a todas partes el último y por todas partes recibe golpes; no puede huir si lo persiguen; se le hinchan los pies, y cuanto más se le hinchan más insoportable le resulta el roce con la madera y la tela de los zapatos. Entonces lo único que le queda es el hospital: pero entrar en el hospital con el diagnóstico de dicke Füsse (pies hinchados) es extraordinariamente peligroso, porque es bien sabido por todos, y especialmente por los SS, que de este mal aquí es imposible curarse.”
Vamos, que cuando ya no podían andar de dolor, los SS los mandaban directamente a la cámara de gas.

LA EDAD DE LA INOCENCIA

LA EDAD DE LA INOCENCIA

Edith Wharton, en “La edad de la inocencia”, nos pinta el Nueva York de 1870, una ciudad gobernada por un puñado de familias, para las que cualquier tipo de cambio, por leve que sea, supone un terremoto; como, por ejemplo, la llegada de la atractiva y europeizada condesa Olenska, que ha osado dejar a su marido, y que concita tanto rechazo entre sus propios familiares, como consenso entre los caballeros, algunos de los cuales la cortejan.
Uno de ellos, Beaufort, se desplaza a verla hasta una residencia campestre, en Skuytercliff, donde ella está pasando unas breves vacaciones; pero al encontrarse allí con Newland Archer improvisa una excusa, diciéndole que ha encontrado una “casita perfecta” para ella:
«—Si el invento ese de hablar por un alambre estuviera un poco más perfeccionado, podría habérselo contado desde la ciudad, y ahora estaría asándome los dedos de los pies en el club en vez de andar pateando nieve detrás de usted –gruñó, ocultando la irritación real bajo la fingida.
Aprovechando la ocasión, Madame Olenska desvió la conversación hacia la fantástica posibilidad de que un día pudiera realmente hablarse de calle a calle, o incluso -¡increíble sueño!- de ciudad a ciudad. Eso llevó a los tres a hacer alusión a Edgar Allan Poe y a Julio Verne, y a los tópicos que asoman con naturalidad a los labios de las personas más inteligentes cuando hablan contra el tiempo y discuten un nuevo invento en el que creer demasiado pronto parecería ingenuo; y la cuestión del teléfono les llevó, sanos y salvos, de vuelta a la gran casa.»
Más adelante, esperando a Madame Olenska en la estación, Archer «recordó que había gente que pensaba que algún día pasaría bajo el Hudson un túnel por el que los trenes de línea de Pennsylvania llegarían directamente a Nueva York. Pertenecían a la hermandad de visionarios que igualmente predecían la construcción de barcos capaces de cruzar el Atlántico en cinco días, la invención de la máquina voladora, la luz eléctrica, la comunicación telefónica sin hilos y otras maravillas propias de las Mil y una noches
Pero, a punto de consumarse el romance incipiente entre Archer y la condesa Olenska, esta, de repente, se vuelve a Paris.
Aquí la historia avanza treinta años.
Archer, por supuesto, no la siguió, y ahora es un respetable viudo con tres hijos ya mayores.
Uno de ellos, Dallas, lo llama por teléfono, para proponerle un viaje a Paris.
«Dallas parecía estar hablando en la misma habitación; la voz era tan cercana y natural como si estuviera repantingado en su sillón favorito junto al fuego. Era algo de lo que Archer normalmente no se habría extrañado, pues las conferencias de larga distancia eran ya tan comunes como la luz eléctrica y los viajes de cinco días a través del Atlántico. Pero la risa le sorprendió; seguía pareciendo maravilloso que, a través de tantas millas de país –bosques, ríos, montañas, praderas, ruidosas ciudades y millones de personas afanosas e indiferentes-, la risa de Dallas pudiera decir: “Naturalmente, pase lo que pase, tengo que estar de vuelta el día 1, porque el 5 me caso con Fanny Beaufort”.»
Tantos inventos, no obstante, no han servido para acercar, en todos estos años, a Archer y a Madame Olenska.
Aunque al final resulta que todo el mundo, hasta su hijo, conocía su vieja historia de amor.
Y, ya en Paris, cuando Dallas concierta una cita con ella, como pariente cercana y vieja conocida de la familia, Archer, en vez de acudir, prefiere quedarse sentado en un banco mirando hacia sus ventanas.
«“Para mí es más real que si subiera”, se oyó de pronto decir.»
Y cuando, un instante después, un criado baja el toldo y cierra las persianas, «como si fuera la señal que esperaba, Newland Archer se levantó despacio y caminó de regreso a su hotel.»

LA SOLTERONA

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Delia, la señora de Jim Ralstom, perteneciente a una de las familias más poderosas e influyentes de Nueva York, está en su preciosa habitación, y mientras que se prueba delante del espejo el costoso sombrero que lucirá en la boda de su prima, Charlotte Lovell, con Joe Ralston, una unión de los más apropiada y conveniente, se hace las siguientes reflexiones:
“Sí… ¿Y después, qué?
Bueno, pues… ¿qué significaba tal pregunta? Después, naturalmente, seguía la turbadora rendición a las incompresibles exigencias del joven al que, como mucho, una habría ofrecido una sonrosada mejilla a cambio de un anillo de compromiso; la inmensa cama de matrimonio; el terror de verle afeitarse tranquilamente en mangas de camisa a través de la puerta entreabierta del vestidor; las evasivas, las insinuaciones, las sonrisas de sometimiento y las citas bíblicas de mamá; la evocación de la palabra «obediencia» en la beatífica bruma de la ceremonia nupcial; una semana o un mes de sonriente congoja, aprensión y embarazoso placer; luego, la progresión de la costumbre, el insidioso arrullo de la rutina, la pareja yaciendo desvelada en el gran lecho blanco, las charlas o consultas a primera hora de la mañana a través de la misma puerta del vestidor que, semanas antes, pareciese la antesala a un foso incandescente a punto de abrasar la faz de la inocencia.
Y a continuación, los bebés; los bebés que se suponía que «lo compensaban todo», pero que resultaba no ser así… por más que fuesen criaturas entrañables. Una seguía sin saber exactamente qué se había perdido o qué era aquello que los hijos compensaban.”
Pero el hombre propone y Dios dispone.
Todo se tuerce, y la boda se va al garete, cuando de repente aparece Charlotte para confesarle un terrible secreto que las marcará a las dos para siempre, y que unirá férreamente sus destinos en una relación marcada por el odio, la suspicacia y los celos.
Entre los muros de la asfixiante mansión de Delia, ambas mujeres vivirán prisioneras, Delia de su cobardía y de sus prejuicios, y Charlotte de la terrible condición de solterona a que la sociedad la ha condenado por un desliz de juventud.
Su historia nos la cuenta Edith Wharton en “La solterona”, una novela que, si bien circunscrita a una determinada clase social en el Nueva York del siglo XIX, nos invita a reflexionar, en general, sobre el papel de la mujer en la sociedad, y sobre la infelicidad que conlleva el sometimiento a los roles que con frecuencia se le imponen.

¡ENHORABUENA!

ALICE MUNRO

Desde aquí mi más sincera enhorabuena a Alice Munro por la concesión de este merecidísimo Nobel.
En sus historias, carentes de solemnidad, parece como si se estuviera paseando por una superficie lisa, que de pronto se quiebra, surgiendo de este modo otra realidad oculta, que constituye, aunque ellos no lo sepan, la esencia de las vidas de sus personajes, construidos con la paciencia y minuciosidad del orfebre.
El lector se queda helado ante tanta precisión y agudeza, e incluso a veces está tentado de ir a preguntarle a la autora que a ver dónde se compra esa herramienta tan afilada con la que escribe, y cómo se las arregla para sacar brillo a existencias tan vulgares.
Por eso, quizás, la llaman la Chéjov canadiense, aunque ella reconoce también otras ascendencias literarias, como las de Flannery O’Connor, Eudora Welty, o Carson McCullers.
Dejo aquí dos enlaces a dos entradas anteriores de este blog, que tienen que ver con Alice Munro.

https://venganzamanomortal.wordpress.com/2013/04/25/si-yo-fuera-alice-munro/

https://venganzamanomortal.wordpress.com/2011/11/20/sofia-princesa-de-la-ciencia/

VERDI, WAGNER Y CHEREAU

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Acaba de celebrarse, ayer, 10 de octubre, el bicentenario del nacimiento de Giuseppe Verdi, el gran compositor de ópera italiano. También Wagner, el 22 de mayo de este mismo año, hubiese cumplido los doscientos años.
En una charla coloquio sobre ambos compositores, celebrada en el Casino de la Exposición de Sevilla, Ramón Serrera se queja de la oportunidad que ha perdido la ciudad de programar este año “La fuerza del destino”, ópera de Verdi basada en “Don Álvaro o la fuerza del sino”, del duque de Rivas, y ambientada en Sevilla.
Pero es que, precisamente por eso, porque la ópera transcurre en Sevilla, el Maestranza quiere participar en su producción, y con la crisis el presupuesto no da para tanto, alguien le replica.
También hace unos días ha fallecido Patrick Chereau, cineasta francés, hombre de escena integral, muy vinculado a Sevilla, que hace ya años montó en Bayreuth la famosa tetralogía wagneriana.
Y se me ocurre pensar que no sé si a Chereau le gustaba Verdi, pero que no hubiese sido mala idea que él se hubiera encargado de montar aquí “La fuerza del destino”.
Pensar por pensar, claro.
No hay dinero; y además es tarde, demasiado tarde.

UNA HISTORIA ACTUAL

EL Decamerón

La pareja vive en una casita unifamiliar, de las que abundan en los alrededores de nuestras ciudades.
Él ha vuelto antes de lo previsto, y cuál no será su sorpresa al toparse en la puerta de su casa con su jefe, el señor Lambertuccio, que va como loco, gritando yo a ese tío me lo cargo.
Isabel, su mujer, pálida y desencajada, le explica que Lambertuccio persigue a un joven, el cual, muerto de miedo, y sin comprender las razones de su conducta, atribuyéndola más bien a un estado de enajenación mental, se ha escondido debajo de su cama.
Él la escucha comprensivo y, una vez seguro de que no hay moros en la costa, le pide al joven que salga, rogándole después que se quede a cenar, y acompañándolo también hasta su casa.
Quedan tan amigos.
Pero la verdad del caso es que Lambertuccio, que está por los huesos de Isabel, suponiéndola sola, se ha presentado de improviso, sorprendiéndola con el otro joven, su amante.
Y por si fuera poco, de repente, también de forma inesperada, aparece el marido.
Para salir del apuro, ella, actuando con gran sangre fría, obliga al joven a esconderse debajo de la cama, y a Lambertuccio a fingir su enfado.
El único que no se ha enterado de nada es el marido, cuya inocencia raya en la imbecilidad.
Esta podría ser una historia actual, pero se remonta a los tiempos de Bocaccio, quien nos la cuenta en El Decamerón.