LA SOLTERONA

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Delia, la señora de Jim Ralstom, perteneciente a una de las familias más poderosas e influyentes de Nueva York, está en su preciosa habitación, y mientras que se prueba delante del espejo el costoso sombrero que lucirá en la boda de su prima, Charlotte Lovell, con Joe Ralston, una unión de los más apropiada y conveniente, se hace las siguientes reflexiones:
“Sí… ¿Y después, qué?
Bueno, pues… ¿qué significaba tal pregunta? Después, naturalmente, seguía la turbadora rendición a las incompresibles exigencias del joven al que, como mucho, una habría ofrecido una sonrosada mejilla a cambio de un anillo de compromiso; la inmensa cama de matrimonio; el terror de verle afeitarse tranquilamente en mangas de camisa a través de la puerta entreabierta del vestidor; las evasivas, las insinuaciones, las sonrisas de sometimiento y las citas bíblicas de mamá; la evocación de la palabra «obediencia» en la beatífica bruma de la ceremonia nupcial; una semana o un mes de sonriente congoja, aprensión y embarazoso placer; luego, la progresión de la costumbre, el insidioso arrullo de la rutina, la pareja yaciendo desvelada en el gran lecho blanco, las charlas o consultas a primera hora de la mañana a través de la misma puerta del vestidor que, semanas antes, pareciese la antesala a un foso incandescente a punto de abrasar la faz de la inocencia.
Y a continuación, los bebés; los bebés que se suponía que «lo compensaban todo», pero que resultaba no ser así… por más que fuesen criaturas entrañables. Una seguía sin saber exactamente qué se había perdido o qué era aquello que los hijos compensaban.”
Pero el hombre propone y Dios dispone.
Todo se tuerce, y la boda se va al garete, cuando de repente aparece Charlotte para confesarle un terrible secreto que las marcará a las dos para siempre, y que unirá férreamente sus destinos en una relación marcada por el odio, la suspicacia y los celos.
Entre los muros de la asfixiante mansión de Delia, ambas mujeres vivirán prisioneras, Delia de su cobardía y de sus prejuicios, y Charlotte de la terrible condición de solterona a que la sociedad la ha condenado por un desliz de juventud.
Su historia nos la cuenta Edith Wharton en “La solterona”, una novela que, si bien circunscrita a una determinada clase social en el Nueva York del siglo XIX, nos invita a reflexionar, en general, sobre el papel de la mujer en la sociedad, y sobre la infelicidad que conlleva el sometimiento a los roles que con frecuencia se le imponen.

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