TIRANÍA

Una amiga a otra.
—Se te ve espléndida últimamente; pareces feliz.
—Sí, la verdad es que, aunque problemas no me faltan, me siento muy bien.
—¿Y eso, cómo?
—Pues, no sé. He empezado a seguir mi vocecita interior, eso es lo que he hecho. Voy por donde ella me dicta, aunque sea tirarme al río.
—La vocecita interior.
—Sí, la vocecita interior.
La otra sonrió.
—Pues la mía… De momento no puedo hacerle caso; es una tirana.
Estaban en un bar. Los maridos, que hacían corrillo en la parte contigua de la barra, acertaron a oír esto último.
—¿Tirana? —Saltó uno—. Te quedas corta. Hitler y Mussolini al lado de mi suegra eran unos bebés. Os aseguro que cualquier día me divorcio por culpa de ella.

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DISCULPA

Julio César 17
Hace tiempo que el timbre de mi casa no funciona, y me resisto a arreglarlo. La verdad es que en los días de soledad furiosa en los que no me apetece ver a nadie, esa circunstancia se convierte en la excusa perfecta.
Y por si alguien considera una afrenta personal mi actitud, sirvan a modo de disculpa estas palabras de Bruto a Casio en Julio César, de Shakespeare:

«Te equivocas, Casio. Si parezco displicente
el gesto lo vuelvo solamente contra mí.
Desde hace algún tiempo me aquejan
sentimientos encontrados, pensamientos
que me incumben a mí solo, y que acaso
estén empañando mi conducta.
Pero no se inquieten mis buenos amigos
(entre los cuales te cuento), ni busquen
la causa de mi desatención más allá
del pobre Bruto, que, enfrentado a sí mismo,
no da muestras de afecto a los demás.»

CUATRO BODAS Y UN FUNERAL

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En esta película, de deliciosa comedia de los 90 la califican, los protagonistas se pasan el día corriendo de un lado para otro, de boda en boda, y de celebración en celebración. Al final, no hay ni uno que no acabe encontrando a su media naranja y pasando por el altar. Después vienen los niños, las infidelidades y las separaciones, a lo que se alude de pasada, solo para hacer reír y en aras del mejor desenvolvimiento de la trama.
En medio de tanto embrollo simpático, uno de la pandilla cae fulminado justamente en medio de una de dichas celebraciones y, en su funeral, su pareja gay, para expresar su inexpresable dolor por la pérdida recurre a las palabras de W.H. Auden, recitando su Funeral Blues. No había más remedio que recurrir a la muerte para hablar del amor más profundo.

BLUE JASMINE

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Jasmine, cuyo verdadero nombre es Jeanette, está casada con un millonario de los del pelotazo, un mangante de esos con los que tan familiarizados estamos últimamente.
Cuando su marido va a dar con sus huesos en la cárcel, ella, la reina del glamour, sola y arruinada, no tiene más remedio que trasladarse a San Francisco a casa de su hermana Ginger, cajera de supermercado, quien vive con sus dos hijos y con su novio Chili.
El conflicto estalla, porque Jasmine, una neurótica perdida en sus sueños de grandeza, empastillada y medio alcoholizada, no pierde ocasión de manifestarles su desprecio, en especial a Chili, al que más ataca.
En la última escena, la cámara enfoca a Jasmine sentada en un banco del parque, hablando sola.
¿Acabará en un manicomio?
Porque a un manicomio es adonde Stanley, su cuñado, envió a Blanche en Un tranvía llamado Deseo, la película de Elia Kazan en la que no podemos dejar de pensar cuando vemos esta de Woody Allen, Blue Jasmine, su última entrega.

VEJEZ

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Primavera. Verano. Otoño. Invierno. Las cuatro estaciones del año. Las cuatro estaciones de la vida. Valle. Las sonatas. Las memorias del Marqués de Bradomín.
Sobremesa con unos amigos.
La mayoría tienen padres mayores, con achaques físicos, enfermedades, o demencia senil. En cambio, otros, ya hace tiempo que los perdimos.
Divagamos sobre la tercera edad, sobre el sentido utilitarista de nuestra sociedad, que arrumba a los viejos en los asilos, como fardos, muebles inútiles u objetos inservibles. En el asilo pierden sus raíces. El asilo es la muerte.
A mí no me gustaría acabar en un asilo.
Ni a mí tampoco.
De pronto, alguien saca a colación estos versos de W.H.Auden, que resumen, ¡y cómo ¡, lo que hablamos.

ASILO DE ANCIANOS

Todos poseen un límite: cada uno
tiene un matiz de daño muy distinto. La élite
es capaz de arreglarse por sí misma,
caminar apoyada en un bastón,
leer completo un libro, interpretar
movimientos de fáciles sonatas.
(Pero acaso la libertad carnal
es el veneno del espíritu:
conscientes de lo que ha sucedido y el porqué
abominan su tristeza sin lágrimas.)
Luego vienen los de silla de ruedas, el promedio
que soporta la tele
y guiado por amables terapeutas
canta en comunidad.
Después los solitarios que musitan
palabras en el limbo, y al final
los que ya son del todo incompetentes
y como una parodia de las plantas
(ellas pueden sudar sin ensuciarse).
No obstante, hay algo que los une:
todos aparecieron cuando el mundo,
a pesar de sus males,
era más habitable y más vistoso
y los viejos tenían auditorio
y un lugar en la tierra.
(El niño reprendido por su madre
podía refugiarse con la abuela para ser consolado
y escuchar algún cuento.)
Hoy ya todos sabemos qué esperar,
mas su generación es la primera
que se ha desvanecido de este modo:
No en casa sino asignada a un pabellón, arrojada
como se arrumban fardos indeseables.

Mientras voy en el Metro para estar
media hora con una del asilo,
recuerdo quién fue ella en su esplendor.
Entonces visitarla era un orgullo
y no una caridad.
¿Seré tan frío como para esperar
un somnífero rápido, indoloro;
o bien para rogar, como ella ruega,
que Dios o la naturaleza precipiten
su función terrenal?
1970

Versión de José Emilio Pacheco

CHARLANDO

—Pues a mi hija le va estupendamente en la Universidad.
—¿A cuál? ¿A Alicia?
—Sí, a Alicia.
—Oye, ¿por qué le pusiste ese nombre?
—Porque sí, porque me gustaba. Es corto y, además, no tiene diminutivo. En la familia querían que le pusiera Remedios, por mi abuela, pero yo no cedí. El único que puso pegas fue mi padre, que dijo que qué casualidad, que en su juventud la más puta de su barrio se llamaba así.
—¡Vaya!
—Pues sí. Pero a mí me encanta; me sugiere dulzura, y Alicia es así, muy dulce, tan rubia, y con los ojos azules, que no sé a quién ha salido, porque su padre y yo somos morenos. Pero mi suegra, para fastidiar, de vez en cuando, la llama Alicita.
—Ahora me acuerdo de que cerca de mi casa había una tienda de electrodomésticos que la llevaba una mujer que también se llamaba Alicia; era obesa, con obesidad mórbida; las carnes desparramadas por el cuerpo, te lo juro. Ella decía que su problema era genético, porque sus hijos habían heredado la obesidad.
—Sí, claro, genético; seguro que se hartaban de comer Donuts, y que tenían el frigorífico lleno de porquerías.
—También en el colegio yo tenía una compañera obesa. Al cabo de los años me la encontré un día por la calle. Había adelgazado unos cuarenta kilos, y estaba como un fideo. Pero se la veía fea, un puro pellejo. No le sentaba bien tanta delgadez.
—Es que eso es una exageración.
—Por cierto, que ayer me pasé el día en la cocina, haciendo comida para mi hija. Después, cuando vino, le di un montón de tupers, y no veas lo que me lo agradeció. ¡La pobre está tan liada!
—Sí, eso siempre viene bien. Mi suegra me trajo el fin de semana un guiso, y no te puedes imaginar lo que nos ha cundido.
—¡Qué bien que de vez en cuando te echa una manita!
—No, ¡qué va! Cuando de verdad me hace falta, pasa olímpicamente. Va a su aire, y no puedo contar con ella para nada.
—Bueno, te dejo, que llevo prisa.
—Hasta otro día.
—Sí, hasta otro día.
—Adiós.
—Adiós.

DE EBOOKS Y MOSCAS COJONERAS

EL CONDE DE MONTECRISTO
En este momento, cuando, sentada ante mi ordenador, intento escribir este post, una mosca (¿será de esas que llaman cojoneras?) no deja de darme por saco y de molestarme, sin que le importen un bledo mis manotazos ni mi cabreo. Supongo que será la misma que hace un rato no ha parado de incordiar a Anthony Strong durante el fantástico concierto que ha dado esta noche en Valencina. El hombre habrá alucinado.
El caso es que, en realidad, de lo que yo quería hablar es de que tengo un flamante libro electrónico, un regalo de cumpleaños y que, por más que me empeño, ni pagando ni sin pagar, consigo descargarme ningún libro. Aún así, he cogido la costumbre de llevarlo en el bolso, y leer a ratos algunos de los que ya trae.
“El conde de Montecristo” es uno de ellos, y hoy he empezado a “hojearlo”.
De pronto, a pesar de ser una edición poco cuidada, con erratas, veo a Edmundo Dantés dirigiendo la maniobra de entrada de “El Faraón” en el puerto de Marsella, y empiezo a conmoverme con el terrible destino que le espera.
Entre tanto, un alma caritativa se ha debido de apiadar de mí, y me ha enviado por correo electrónico un enlace de la red de bibliotecas municipales de Sevilla, desde el que se puede acceder a casi dos mil libros de forma fácil y gratuita.
Así, contenta como niña con zapatos nuevos, y con el fanatismo de los neófitos, en un pisplás me he descargado unos pocos, que tardaré varios años en leer: Proust, Mateo Alemán, Dante Aliguieri…
La mosca, aburrida de que ya no le eche cuenta, hace un rato que se fue.
Dejo el enlace por si a alguien le interesa:
http://www.rmbs.es/catalogo.php