TIRANÍA

Una amiga a otra.
—Se te ve espléndida últimamente; pareces feliz.
—Sí, la verdad es que, aunque problemas no me faltan, me siento muy bien.
—¿Y eso, cómo?
—Pues, no sé. He empezado a seguir mi vocecita interior, eso es lo que he hecho. Voy por donde ella me dicta, aunque sea tirarme al río.
—La vocecita interior.
—Sí, la vocecita interior.
La otra sonrió.
—Pues la mía… De momento no puedo hacerle caso; es una tirana.
Estaban en un bar. Los maridos, que hacían corrillo en la parte contigua de la barra, acertaron a oír esto último.
—¿Tirana? —Saltó uno—. Te quedas corta. Hitler y Mussolini al lado de mi suegra eran unos bebés. Os aseguro que cualquier día me divorcio por culpa de ella.

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