NOVELA DE AJEDREZ

ajedrez

En el transatlántico que va de Nueva York a Brasil viaja un pasajero muy especial, Mirko Czentovicz, campeón mundial de ajedrez, que solo juega por dinero, y al que no hay manera de vencer.
Hasta que un día un tal señor B., de tez sumamente pálida y con un extraño tic en la comisura de los labios, consigue quedar en tablas con él.
¿Quién es este misterioso señor B.?
Él mismo se encarga de contarnos su historia.
Ex prisionero de los nazis, pero no en el hervidero humano de un campo de concentración, sino aislado y sin ningún tipo de ocupación, en una habitación de hotel.
¿Cómo sobrevivir en esas circunstancias, que constituyen también una forma de tortura atroz?
A sus manos llega casualmente un libro de ajedrez y, a partir de ese momento, su vida se convierte en su vida mental, y su vida mental solo consiste en este juego. No hace otra cosa que inventar partidas. Horas y horas febriles imaginando estrategias que le permitan vencerse a sí mismo y a su contrincante, que no puede ser otro que él mismo también.
Czentovicz, picado, lo desafía a otra partida; pero los nervios del señor B., tan sutiles y delicados como las cuerdas de un violín, no pueden aguantar la tensión.
En cambio, los de Czentovic son de acero, y vence.
Igual que los nazis, que allá donde llegan arrasan con la inteligencia.
La tesis de “Novela de ajedrez” no puede ser más pesimista.
Su autor, Stefan Zweig, se suicidó en 1942, pocos meses después de escribirla, en Brasil, país al que había llegado huyendo de los horrores del nazismo.

AVERÍA

A una amiga mía el viernes pasado le pusieron una multa y, acto seguido, se le averió el coche, como consecuencia de lo cual no llegó a tiempo a una reunión.
Fue un día de locos —me dice; tenía que ser viernes y trece.
Me quedé extrañada, porque pensaba que la superstición se refería solo al martes y trece pero, por lo visto, no; también la han hecho extensiva al viernes.
Ahora bien, que conste que cualquier día de la semana es bueno para que tu coche decida dejar de funcionar.
Sin ir más lejos, hoy por la mañana iba yo tan tranquila en el mío cuando, de pronto, se han puesto a parpadear como locas todas las luces del cuadro de mando, y un imperioso stop, al que así, en ese mismo instante, no podía obedecer, porque había de dirigirme al taller más cercano, ha aparecido en la pantalla.
Pero, como castigo por mi insumisión, un agudo pitido, al que no había forma humana de silenciar, me ha ido rompiendo el tímpano todo el rato hasta que por fin he podido pararme.
Era la voz de la conciencia.

LAS BRONTË

LAS HERMANAS BRONTE

Me encuentro inesperadamente con las Brontë y me zambullo con la respiración cortada en el río helado de sus vidas. Sucumbo a los encantos de su hermano Branwell, tan mimado, tan inútil y encantador al mismo tiempo. Enfermo con ellas en el pensionado de Cowan Bridge. Siento el hachazo repentino de las muertes de María y Elisabeth. Me voy con Charlotte a Bruselas y, como ella, escucho con avidez las lecciones de literatura de Constantin Heger. No es un hombre guapo. Ni falta que le hace. Irradia magnetismo; y por eso, porque nota que me he enamorado de él, Mme. Heger consigue que me aleje. Otra vez en Haworth. Muere la tía Elisabeth, la hermana de mamá, que nos ha criado. ¡Cuánto la echamos de menos! ¡Qué vacía la casa sin ella! Y papá casi ciego. La escritura. Decidimos publicar nuestros poemas bajo pseudónimos, Currer, Ellis y Acton Bell. Impensable que como mujeres nadie nos tome en serio. Dos ejemplares se vendieron. ¿Pero por qué no volver de nuevo a la infancia, al mundo de Gondal y de Angria? Escribir sin parar sobre la mesa de la cocina. Corregir, suprimir, romper. Resmas y resmas de papel. Comentar los progresos. Anne y Charlotte se inspiran en su mundo familiar de los pensionados y las institutrices. Anne Greg. Jane Eyre. Emily, en los abismos de su vida interior. Cumbres borrascosas. Y después, de nuevo la muerte, a quien la fama y el éxito no impresionan. Branwell, Emily, Anne. En poco tiempo sus vidas extinguidas por consunción. La rectoría cada vez más silenciosa. Aunque, a veces, solo el gemido del viento, consigue silenciar los aullidos de dolor del reverendo Patrick. En cuanto a Charlotte, hace tiempo que ha descubierto que el placer tiene un límite, pero que, en cambio, el sufrimiento es infinito. ¿Por qué no tomarse un respiro y acceder a las pretensiones de matrimonio de Arthur, el coadjutor de su padre, que hace tiempo que bebe los vientos por ella? Se podría decir que ahora es feliz. Pero las voces de sus hermanas la llaman desde el páramo, y tiene que ir a reunirse con ellas. Hacía un año que se había casado; estaba embarazada cuando murió.

¡HEATHCLIFF SOY YO!

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Supongo que no es casualidad, y que a la mayoría de los lectores nos ocurre lo mismo.
Desde que descubrí la novela Cumbres borrascosas, allá por mis quince años, cada vez que he vuelto a leerla, he vuelto a experimentar el mismo sentimiento indisimulado de simpatía por Heathcliff.
¿Por qué, si es un personaje que representa la esencia del mal, y que coge como chivos expiatorios de su desventura a seres inocentes, que no tienen culpa de ella?
Puede que debido a la habilidad de la autora, Emily Brontë, quien hace que los distintos narradores nos cuenten su pasado de niño sin orígenes conocidos (“Quién sabe si tu padre era un emperador de la China, y tu madre una reina india”, le dice la criada Nely), al que un día el Sr. Earnshaw encuentra en Liverpool (¿acaso era un niño irlandés que vino huyendo de la hambruna, o un bastardo, o un paria hispano?), y decide traerlo a su casa para que se críe como uno más con sus hijos. Pero Heathcliff es distinto, de piel oscura y cetrina, huraño y reservado, y no despierta simpatía entre los que lo rodean, por lo que a la muerte del Sr. Earnshaw descenderá de estatus y será tratado de forma vejatoria y humillante.
¡Heathcliff soy yo!, exclama Cathy; lo mismo podría haber exclamado Emily, tan insociable y hosca como su personaje.
¿Acaso ella, que murió a los treinta años sin, al parecer, haber conocido varón, soñó un amor así, más espiritual que corporal, situado en esa región abisal donde los límites entre el bien y el mal, la vida y la muerte, se confunden?

“Serán ceniza, mas tendrá sentido;
polvo serán, mas polvo enamorado.”

Dice Quevedo en su soneto Amor constante más allá de la muerte.

Y yendo en pos de Cathy, cuyo fantasma lo había perseguido durante veinte años, Heathcliff fue a reunirse con ella en su tumba, donde ya juntos, los dos descansan en paz para siempre.