EN LA CÁRCEL CON PU YI

SMP_News_LAST_EMPEROR_PU_YI__MPID4331293

Cuando Pu Yi fue entregado por los soviéticos al régimen comunista de Mao, las nuevas autoridades chinas se propusieron reeducarlo y convertirlo, a él también, en un hombre nuevo.
El proceso se llevó a cabo, en primer lugar, agrediendo su identidad, culpabilizándolo de ser un inútil y de pertenecer a una clase social enemiga del pueblo. Una vez asumida su culpa, tenía que convencerse de que esta solo podría ser redimida mediante el aprendizaje de los preceptos de Mao.
Supongo que, a tenor de las respuestas que dio en la entrevista que le hicieron en la cárcel política de Fushun, en 1956, a esas alturas, el proceso de reeducación estaría ya casi concluido, y el antiguo emperador se habría convertido ya en un entusiasta defensor del nuevo régimen.
Por aquella época era un hombre de cincuenta y un años, con aspecto de haber llevado bien su confinamiento. Vestía con el uniforme azul de presidiario, y parpadeaba tras sus gruesas lentes mientras sostenía su gorra entre las manos.
Según el periodista que lo entrevistó, recitaba, con el cerebro lavado y la mirada confusa, las secas y entremezcladas frases del marxismo leninismo que había estudiado durante tantos años, detrás de los barrotes de una cárcel secreta en China y, bajo custodia, en la Unión Soviética.
Estas son sus respuestas a algunas de las preguntas que se le hicieron:
-Considero este el período más afortunado y enriquecedor de mi vida. Agradezco al Gobierno Popular el haberme revelado la atrocidad de mis terribles crímenes.
-Me resulta difícil hablar del trato que he recibido aquí; ha sido tan bueno, que no tengo palabras para ponderarlo. Me han dado la oportunidad de reflexionar detalladamente sobre mi vida anterior y reformarme.
-No merezco otra cosa que el más severo de los castigos. Traicioné a mi pueblo, y mi gobierno no fue nada más que una camarilla de traidores. Todos los gobiernos anteriores de China no han hecho otra cosa que explotar al pueblo. El Gobierno actual, el Gobierno del pueblo, es el mejor de toda la historia de China.
-Bajo el sistema feudal, incluso un niño podía sentarse sobre el cuello del pueblo.
-Sin mi colaboración, los imperialistas japoneses no hubieran podido establecerse. Yo fui el causante de matanzas y baños de sangre. Un asesino siempre es condenado a muerte y, a pesar de que no maté a nadie con mis propias manos, soy culpable.
Compartían su encierro con él, vestidos como él, y llevando su misma vida rutinaria, un número indeterminado de ex ministros de su gabinete y funcionarios imperiales. Al ser preguntado sobre ellos, respondió:
-Soy libre para hablar sobre mis cuestiones personales, pero no puedo decir nada acerca de los demás
Entre su desaparición, tras la derrota japonesa, y su reaparición durante los juicios que tuvieron lugar en el verano de 1956 contra los criminales de guerra japoneses en China, pasaron varios años.
Pun Yi declaró que, en 1945, mientras las fuerzas rusas invadían Manchuria, él había sido obligado a abandonar el palacio y a trasladar su corte a Tung Hua.
-Cuando llegamos a Tung Hua, los japoneses se habían rendido. Me ordenaron que me dirigiese de inmediato a Tokio, pero cuando llegué a Shen Yang (Mukden), los rusos ya estaban ahí y yo fui arrestado en el aeropuerto.
Desde Mukden, Pu Yi fue llevado a la Unión Soviética. Durante los cinco años siguientes fue trasladado de una prisión a otra, hasta que, finalmente, en 1950 fue devuelto a China y encerrado en Harbin y Fushun.
-No sé por qué me devolvieron.
A la pregunta de si consideraba injusto haber estado encarcelado, sin juicio, durante once años, respondió sonriendo:
-Por supuesto que no.
Su familia sobrevivió mejor que él a la revolución comunista. Su esposa, que un día fuera emperatriz, era bibliotecaria en Changchun; su tío, delegado del Congreso Nacional del Pueblo en Beijing, donde residían también sus seis hermanas, y donde su hermano ejercía de maestro. Solo cada seis meses se le permitía visitarlo.
Según Pu Yi:
-La mayoría está ayudando a la reconstrucción de China. Son líderes de sus comités de calle.
A las seis de la mañana, comenzaba su rutina diaria en la cárcel, donde no se realizaba ningún trabajo, y el día transcurría entre juegos y lectura.
-Yo mismo estoy estudiando la Historia de China y el desarrollo de la sociedad humana.
Una vez reeducado, a Pu Yi se le liberó en 1959. Hasta 1963 trabajó como jardinero en el Jardín Botánico de Pekín, y después fue archivero en la Biblioteca Nacional.
Murió en 1967, oficialmente de cáncer, aunque hay quien sostiene que fue envenenado por mostrarse contrario a la Revolución Cultural de Mao.
La película, “El último emperador”, de Bernardo Bertolucci, está basada en su libro autobiográfico “Yo fui emperador de China”.

Anuncios

“RELATO SOÑADO”

20121029-nicole-kidman

Al comienzo de esta novelita de Schnitzler, sus protagonistas, Fridolin y Albertine, comentan tranquilamente en su casa la fiesta a que acudieron el día anterior. Lo pasaron bien, pero bajo la superficie engañosa de la normalidad, transcurre la desilusión, que ambos se ocultan, por los deseos insatisfechos y las ocasiones perdidas. Y así, distraídamente, como quien no quiere la cosa, empiezan a clavarse uno al otro el aguijón de los celos, confesándose los amores que un día estuvieron a punto de tener. De repente, a pesar de llevar casados varios años, y de tener una hija pequeña, se encuentran frente a frente como dos extraños.
Después, Fridolin, aprovechando que tiene que salir para atender una urgencia, comienza su errático deambular por las calles de Viena.
En casa de su paciente, recién fallecido, su hija Marianne le dice que lo ama. Al salir, cuando se dirige al distrito de Josefstadt, un grupito de jóvenes con gorras azules, los azules “alemanes”, intentan provocarlo. Incluso, uno de ellos, le propina un fuerte codazo, pero no se da por aludido. De todas formas, él no es un cobarde. ¿Y el niño diftérico que le tosió en la cara hace unos cuántos días? Se podría haber contagiado y, sin embargo, ni siquiera ha vuelto a pensar en ello. Sigue andando, tiene la sensación de que todo lo que lo rodea se va volviendo cada vez más espectral, también Albertine y su hija, ya dormidas seguramente. Y ahora esta chica, Mizzi, pálida y delicada, con los labios muy rojos, que de repente se le ofrece y lo invita a subir a su apartamento. ¿Por qué no? ¿Qué tiene de malo su proposición? Ella lo besa y lo abraza con ternura; adivina su cansancio. Cuando sale se promete que al día siguiente le enviará vino y golosinas. Como no tiene ganas de regresar, se encamina hacia un café, donde se encuentra con su amigo Nachtigall, al que hace mucho que no ve. Me gano bien la vida como pianista y, a veces, incluso me contratan para fiestas privadas; dentro de un rato voy a una donde tengo que tocar con los ojos vendados. ¿Con los ojos vendados? Algo muy fuerte tira de él. Desea ir, tiene que acompañarlo. Pero, ¿y el disfraz? ¿Y la contraseña? Se dirige al establecimiento de Gibisier. Está harto de pasar por allí. A lo mejor tiene suerte, y consigue que lo atiendan a estas horas. Necesito una cogulla oscura de monje y una máscara negra. Y, entre las filas de trajes colgados, aparece de repente Pierrette, su hija, casi una niña, que se le echa en sus brazos. Givisier, con su pinta de pervertido, le dice que está loca. Por fin, Nachtigall le facilita la contraseña y logra entrar. No sale de su asombro. Allí, oculto tras su antifaz, observa una serie de ritos extraños. Hombres enmascarados y espléndidas mujeres desnudas con el rostro tapado. Imposible adivinar su identidad. Puede que sean marquesas, o prostitutas. Se muere de curiosidad y de deseo. Una de ellas, la misma que, más tarde, al ser descubierto, se ofrecerá en su lugar para expiar su culpa, le ruega que se vaya ahora, cuando aún a está a tiempo.
A su regreso, encuentra a Albertine sumida en una pesadilla. Ella estaba con otro hombre, mientras que él lo crucificaban. Tiembla de rabia. Al lado de las de su mujer, sus experiencias de esta noche son ridículas e insignificantes. Al fin y a al cabo, y aunque solo se trate de un sueño, ha sido ella, no él, la que le ha sido infiel. La odia y, sin embargo, siente que nunca la ha querido tanto. Ambos mantienen entrelazados sus dedos, y se besan.
Por la mañana, Fridolin vuelve a hacer en sentido inverso el recorrido de la noche anterior, buscando a Nachtigall y a Mizzi, devolviendo el disfraz a Gibisier, haciéndole una visita a Marianne, yendo a la casa de la fiesta, donde recibe una nota amenazadora. Tiene un presentimiento, y quiere averiguar la identidad de esa mujer que, al parecer, ha muerto de sobredosis esa misma tarde. Va a la morgue. ¿Será esta joven? Su rostro, puede que hermoso hace unas horas, había perdido ya todo su encanto, convirtiéndose en uno más, anodino, vacío, con los signos visibles y devastadores de la muerte. A pesar de todo, se inclina sobre ella con la intención de besar sus labios lívidos.
Es ya muy tarde cuando, para no despertar a Albertine, entra de puntillas en su dormitorio. La mira con ternura; sueño o realidad, mañana le contaría todo lo que había vivido esa noche. De pronto, dibujada sobre su almohada, ve la sombra oscura de la máscara que había utilizado el día anterior. ¿Qué hacía allí? ¿Qué explicación le iba a dar a ella? Aunque puede que, recordando su propio sueño, se sintiera inclinada a no darle demasiada importancia a nada de lo que había pasado.
Inesperadamente Fridolín estalló en sollozos.
Después, le contó a su mujer toda la historia.
-¿Qué vamos a hacer, Albertine?
-Dar gracias al Destino, creo, por haber salido tan bien librados de todas esas aventuras…, de las reales y de las soñadas.
Se quedaron un rato dormidos hasta que la luz del nuevo día se coló por la ventana, y una clara risa infantil los despertó.