“RELATO SOÑADO”

20121029-nicole-kidman

Al comienzo de esta novelita de Schnitzler, sus protagonistas, Fridolin y Albertine, comentan tranquilamente en su casa la fiesta a que acudieron el día anterior. Lo pasaron bien, pero bajo la superficie engañosa de la normalidad, transcurre la desilusión, que ambos se ocultan, por los deseos insatisfechos y las ocasiones perdidas. Y así, distraídamente, como quien no quiere la cosa, empiezan a clavarse uno al otro el aguijón de los celos, confesándose los amores que un día estuvieron a punto de tener. De repente, a pesar de llevar casados varios años, y de tener una hija pequeña, se encuentran frente a frente como dos extraños.
Después, Fridolin, aprovechando que tiene que salir para atender una urgencia, comienza su errático deambular por las calles de Viena.
En casa de su paciente, recién fallecido, su hija Marianne le dice que lo ama. Al salir, cuando se dirige al distrito de Josefstadt, un grupito de jóvenes con gorras azules, los azules “alemanes”, intentan provocarlo. Incluso, uno de ellos, le propina un fuerte codazo, pero no se da por aludido. De todas formas, él no es un cobarde. ¿Y el niño diftérico que le tosió en la cara hace unos cuántos días? Se podría haber contagiado y, sin embargo, ni siquiera ha vuelto a pensar en ello. Sigue andando, tiene la sensación de que todo lo que lo rodea se va volviendo cada vez más espectral, también Albertine y su hija, ya dormidas seguramente. Y ahora esta chica, Mizzi, pálida y delicada, con los labios muy rojos, que de repente se le ofrece y lo invita a subir a su apartamento. ¿Por qué no? ¿Qué tiene de malo su proposición? Ella lo besa y lo abraza con ternura; adivina su cansancio. Cuando sale se promete que al día siguiente le enviará vino y golosinas. Como no tiene ganas de regresar, se encamina hacia un café, donde se encuentra con su amigo Nachtigall, al que hace mucho que no ve. Me gano bien la vida como pianista y, a veces, incluso me contratan para fiestas privadas; dentro de un rato voy a una donde tengo que tocar con los ojos vendados. ¿Con los ojos vendados? Algo muy fuerte tira de él. Desea ir, tiene que acompañarlo. Pero, ¿y el disfraz? ¿Y la contraseña? Se dirige al establecimiento de Gibisier. Está harto de pasar por allí. A lo mejor tiene suerte, y consigue que lo atiendan a estas horas. Necesito una cogulla oscura de monje y una máscara negra. Y, entre las filas de trajes colgados, aparece de repente Pierrette, su hija, casi una niña, que se le echa en sus brazos. Givisier, con su pinta de pervertido, le dice que está loca. Por fin, Nachtigall le facilita la contraseña y logra entrar. No sale de su asombro. Allí, oculto tras su antifaz, observa una serie de ritos extraños. Hombres enmascarados y espléndidas mujeres desnudas con el rostro tapado. Imposible adivinar su identidad. Puede que sean marquesas, o prostitutas. Se muere de curiosidad y de deseo. Una de ellas, la misma que, más tarde, al ser descubierto, se ofrecerá en su lugar para expiar su culpa, le ruega que se vaya ahora, cuando aún a está a tiempo.
A su regreso, encuentra a Albertine sumida en una pesadilla. Ella estaba con otro hombre, mientras que él lo crucificaban. Tiembla de rabia. Al lado de las de su mujer, sus experiencias de esta noche son ridículas e insignificantes. Al fin y a al cabo, y aunque solo se trate de un sueño, ha sido ella, no él, la que le ha sido infiel. La odia y, sin embargo, siente que nunca la ha querido tanto. Ambos mantienen entrelazados sus dedos, y se besan.
Por la mañana, Fridolin vuelve a hacer en sentido inverso el recorrido de la noche anterior, buscando a Nachtigall y a Mizzi, devolviendo el disfraz a Gibisier, haciéndole una visita a Marianne, yendo a la casa de la fiesta, donde recibe una nota amenazadora. Tiene un presentimiento, y quiere averiguar la identidad de esa mujer que, al parecer, ha muerto de sobredosis esa misma tarde. Va a la morgue. ¿Será esta joven? Su rostro, puede que hermoso hace unas horas, había perdido ya todo su encanto, convirtiéndose en uno más, anodino, vacío, con los signos visibles y devastadores de la muerte. A pesar de todo, se inclina sobre ella con la intención de besar sus labios lívidos.
Es ya muy tarde cuando, para no despertar a Albertine, entra de puntillas en su dormitorio. La mira con ternura; sueño o realidad, mañana le contaría todo lo que había vivido esa noche. De pronto, dibujada sobre su almohada, ve la sombra oscura de la máscara que había utilizado el día anterior. ¿Qué hacía allí? ¿Qué explicación le iba a dar a ella? Aunque puede que, recordando su propio sueño, se sintiera inclinada a no darle demasiada importancia a nada de lo que había pasado.
Inesperadamente Fridolín estalló en sollozos.
Después, le contó a su mujer toda la historia.
-¿Qué vamos a hacer, Albertine?
-Dar gracias al Destino, creo, por haber salido tan bien librados de todas esas aventuras…, de las reales y de las soñadas.
Se quedaron un rato dormidos hasta que la luz del nuevo día se coló por la ventana, y una clara risa infantil los despertó.

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2 comentarios el ““RELATO SOÑADO”

  1. rosa dice:

    Ya era hora de dar señales. Te echaba de menos y te pido que ahora no nos abandones durante tanto tiempo.

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