CALIBÁN

200px-Franz_Marc_004
En su viaje de regreso a Nápoles desde Túnez, enfrentada de pronto a la desatada ira de la naturaleza, una embarcación naufraga.
Así comienza “La tempestad”, la última creación de W. Shakespeare que, en algunos aspectos, guarda gran semejanza con “La flauta mágica”, de Mozart.
En ella van de la mano fantasía y realidad, al tiempo que confluyen elementos simbólicos, históricos, religiosos, sociológicos y míticos.
Porque aquí también, un mago, Próspero, legítimo duque de Milán, vive en una isla con su hija Miranda, y hará uso de sus poderes para conseguir que Fernando y ella se enamoren, vengándose al mismo tiempo de sus enemigos, y consiguiendo recuperar su antiguo ducado.
Calibán es el monstruo deforme que le sirve como esclavo. Su nombre parece ser un anagrama de “caníbal” (es decir, “caribe”, indígena de las Antillas y América del Sur), aunque también puede proceder del romaní “cauliban”, que significa “negritud”.
Frente al instruido y civilizado Próspero, que considera sus libros su mejor ducado, él podría representar la parte animal e instintiva del ser humano.
Pero también, mediante este personaje, Shakespeare se hace eco de la visión que en su época se tenía de los habitantes del Nuevo Mundo recién conquistado.
Rubén Darío, sin embargo, da la vuelta a la tortilla. Los bárbaros no son los indígenas sino los yanquis, comedores de tocino. EE.UU. es Calibán.
Y escribe: “No, no puedo estar de parte de ellos, no puedo estar por el triunfo de Calibán”.

UNA MUJER BELLA

th
La rivalidad entre dos profesores universitarios, Howard y Monty, ambos especialistas en Rembrandt, de contrapuestas posiciones políticas, liberal el uno y abiertamente conservador el otro, da pie a Zadie Smith, en su libro “Sobre la belleza”, a tratar temas tan diversos como la naturaleza de las relaciones familiares, la crisis de los cincuenta, la vida universitaria, la fidelidad y el amor conyugal, o la música rap, por solo mencionar algunos.
De entre los personajes que desfilan por sus páginas, son los femeninos los dibujados con más empeño y trazo más fino y sutil: la poeta y profesora universitaria, Claire; la escultural Victoria; la caústica Zora; la discreta Carlene; y, por encima de todas, Kiki, la esposa de Howard, cuya gordura, casi ciento cincuenta kilos, la sitúa en las antípodas de los perversos cánones estéticos con los que la publicidad, la industria de la moda y los medios de comunicación someten a la mujer.
Pero es precisamente ella, con sus colores exóticos y su exuberante y abigarrada vitalidad, quien, lejos de cualquier corsé ideológico, se erige en el personaje central de la novela, el que mueve la trama, el que más atrapa al lector.
Kiki es bella y valiente.
Pese a la enemistad que su marido profesa por Monty, logra hacerse amiga de Carlene, su misteriosa mujer; el hecho de que esta, a su muerte, le legue el valioso cuadro de Hector Hippolite, “porque necesita el amor de una persona como tú”, alude no solo a un hermoso sentimiento de amistad por parte de Carlene, sino a la afinidad profunda que esta ha percibido entre Kiki y la deidad haitiana que el cuadro representa.
Por cierto, que el cuadro estuvo en un tris de no llegar a sus manos.
Pero esto ya es otra historia, cuyo intríngulis, por respeto a los lectores, no quiero revelar.

LA FIESTA DE LA SEÑORA DALLOWAY

Virginia Woolf - La Señora Dalloway
Septimus Warren Smith, en su casa de huéspedes de Bloomsbury, oye desde su habitación cómo Rezzia intenta impedir que el doctor Holmes suba para llevárselo al sanatorio. “No permitiré que vea a mi marido”, le dice. Pero él tampoco se va a dejar atrapar. Y después de fijarse en el cuchillo del pan de la señora Filmer, que no quería ensuciar, y de pensar que para el gas ya era demasiado tarde, y que las navajas barberas ya las habría metido Rezzia en la maleta, repara de pronto en la ventana. Se sienta en el alféizar, sintiendo el cálido sol que lo acaricia. Vivir era bueno; en realidad, él no quería morir; pero, visto y no visto; todo fue aparecer Holmes en la puerta, y él lanzarse al vacío. Peter Walsh, al oír la campana de la ambulancia, que se dirigía veloz al hospital, pensó en las ventajas de la civilización. Nada que ver con la India, de donde acababa de regresar. El doctor Bradshaw llegó tarde a la fiesta de la señora Dalloway. Precisamente en el momento en que se disponía a salir, le comunicaron que un joven paciente suyo, ex combatiente, se había matado. Un caso muy triste de síndrome post traumático. Clarissa Dalloway se estremeció. ¿Qué derecho tenían a estropearle su fiesta con tan desagradable noticia? No lograba reponerse de la impresión, ni paraba de preguntarse por qué ese joven habría hecho algo tan horrible. Conocía al doctor Bradshaw. Seguro que él, con sus intolerables métodos, había tenido algo que ver en el asunto. Verdad es que, en ocasiones, ella había llegado a pensar en la muerte casi con un sentimiento de felicidad; pero, en cambio, ahora sentía que nada podía igualar este placer suyo, tan intenso, de vivir. Exultante había estado desde que por la mañana saliera a comprar flores, guisantes de olor, para su fiesta, y se encontrara en el parque con su viejo amigo Hugh Whitbread. Y además, no había parado de pensar en los días lejanos de Bourton, y en Peter Walsh y Sally Seton. ¿Por qué eligió a Richard en vez de a Peter? Desde luego, con Richard tenía una seguridad, que de ninguna manera Peter, por otra parte tan obsesivo y absorbente, le hubiera podido ofrecer. Por cierto que, muy típico de él, esa misma mañana, después de cinco años en la India, se había presentado en su casa como si nada, sin avisar siquiera. Se quedó muda al verlo. Seguía tan encantador como siempre. Le costaba confesárselo. Debería haberme casado con él. No dejes de venir esta noche a mi fiesta, le insistió al marcharse. Pero después, al enterarse de que Richard comería con Lady Bruton, le fastidió sentirse excluida. Los invitados iban llegando. El coronel Garrod… El señor Hugh Whitbread… El señor Bowley… La señora Hilbery… El Primer Ministro. ¡Cuánto esfuerzo organizarlo todo! La verdad es que no estaba disfrutando de la fiesta, aunque, al fin y al cabo, tampoco estaba saliendo tan mal. Sentía a Peter todo el tiempo observándola por el rabillo del ojo y censurando, como solía, su conducta. Pero lo más increíble había sido la aparición de Sally Seton. ¡Ni en sueños se lo hubiera podido imaginar! ¡Hacía tanto que no se veían! Fue oírla y reconocer su voz. Aunque sin su antiguo esplendor, seguía siendo tan descarada y rotunda como siempre. Por eso la seguía queriendo. Y mientras Clarissa, de grupo en grupo, revoloteaba por el salón, Peter se seguía asombrando de su don de existir. Para mí está claro que a él lo ha querido mucho más que a Richard, pensaba Sally. Pero (Clarissa seguía revoloteando), ella debería estar aquí con nosotros. Cuando, ya a punto de acabarse la fiesta, por fin apareció, Peter, al verla, exclamó, es Clarissa, ahí está.