LA FIESTA DE LA SEÑORA DALLOWAY

Virginia Woolf - La Señora Dalloway
Septimus Warren Smith, en su casa de huéspedes de Bloomsbury, oye desde su habitación cómo Rezzia intenta impedir que el doctor Holmes suba para llevárselo al sanatorio. “No permitiré que vea a mi marido”, le dice. Pero él tampoco se va a dejar atrapar. Y después de fijarse en el cuchillo del pan de la señora Filmer, que no quería ensuciar, y de pensar que para el gas ya era demasiado tarde, y que las navajas barberas ya las habría metido Rezzia en la maleta, repara de pronto en la ventana. Se sienta en el alféizar, sintiendo el cálido sol que lo acaricia. Vivir era bueno; en realidad, él no quería morir; pero, visto y no visto; todo fue aparecer Holmes en la puerta, y él lanzarse al vacío. Peter Walsh, al oír la campana de la ambulancia, que se dirigía veloz al hospital, pensó en las ventajas de la civilización. Nada que ver con la India, de donde acababa de regresar. El doctor Bradshaw llegó tarde a la fiesta de la señora Dalloway. Precisamente en el momento en que se disponía a salir, le comunicaron que un joven paciente suyo, ex combatiente, se había matado. Un caso muy triste de síndrome post traumático. Clarissa Dalloway se estremeció. ¿Qué derecho tenían a estropearle su fiesta con tan desagradable noticia? No lograba reponerse de la impresión, ni paraba de preguntarse por qué ese joven habría hecho algo tan horrible. Conocía al doctor Bradshaw. Seguro que él, con sus intolerables métodos, había tenido algo que ver en el asunto. Verdad es que, en ocasiones, ella había llegado a pensar en la muerte casi con un sentimiento de felicidad; pero, en cambio, ahora sentía que nada podía igualar este placer suyo, tan intenso, de vivir. Exultante había estado desde que por la mañana saliera a comprar flores, guisantes de olor, para su fiesta, y se encontrara en el parque con su viejo amigo Hugh Whitbread. Y además, no había parado de pensar en los días lejanos de Bourton, y en Peter Walsh y Sally Seton. ¿Por qué eligió a Richard en vez de a Peter? Desde luego, con Richard tenía una seguridad, que de ninguna manera Peter, por otra parte tan obsesivo y absorbente, le hubiera podido ofrecer. Por cierto que, muy típico de él, esa misma mañana, después de cinco años en la India, se había presentado en su casa como si nada, sin avisar siquiera. Se quedó muda al verlo. Seguía tan encantador como siempre. Le costaba confesárselo. Debería haberme casado con él. No dejes de venir esta noche a mi fiesta, le insistió al marcharse. Pero después, al enterarse de que Richard comería con Lady Bruton, le fastidió sentirse excluida. Los invitados iban llegando. El coronel Garrod… El señor Hugh Whitbread… El señor Bowley… La señora Hilbery… El Primer Ministro. ¡Cuánto esfuerzo organizarlo todo! La verdad es que no estaba disfrutando de la fiesta, aunque, al fin y al cabo, tampoco estaba saliendo tan mal. Sentía a Peter todo el tiempo observándola por el rabillo del ojo y censurando, como solía, su conducta. Pero lo más increíble había sido la aparición de Sally Seton. ¡Ni en sueños se lo hubiera podido imaginar! ¡Hacía tanto que no se veían! Fue oírla y reconocer su voz. Aunque sin su antiguo esplendor, seguía siendo tan descarada y rotunda como siempre. Por eso la seguía queriendo. Y mientras Clarissa, de grupo en grupo, revoloteaba por el salón, Peter se seguía asombrando de su don de existir. Para mí está claro que a él lo ha querido mucho más que a Richard, pensaba Sally. Pero (Clarissa seguía revoloteando), ella debería estar aquí con nosotros. Cuando, ya a punto de acabarse la fiesta, por fin apareció, Peter, al verla, exclamó, es Clarissa, ahí está.

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