CALIBÁN

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En su viaje de regreso a Nápoles desde Túnez, enfrentada de pronto a la desatada ira de la naturaleza, una embarcación naufraga.
Así comienza “La tempestad”, la última creación de W. Shakespeare que, en algunos aspectos, guarda gran semejanza con “La flauta mágica”, de Mozart.
En ella van de la mano fantasía y realidad, al tiempo que confluyen elementos simbólicos, históricos, religiosos, sociológicos y míticos.
Porque aquí también, un mago, Próspero, legítimo duque de Milán, vive en una isla con su hija Miranda, y hará uso de sus poderes para conseguir que Fernando y ella se enamoren, vengándose al mismo tiempo de sus enemigos, y consiguiendo recuperar su antiguo ducado.
Calibán es el monstruo deforme que le sirve como esclavo. Su nombre parece ser un anagrama de “caníbal” (es decir, “caribe”, indígena de las Antillas y América del Sur), aunque también puede proceder del romaní “cauliban”, que significa “negritud”.
Frente al instruido y civilizado Próspero, que considera sus libros su mejor ducado, él podría representar la parte animal e instintiva del ser humano.
Pero también, mediante este personaje, Shakespeare se hace eco de la visión que en su época se tenía de los habitantes del Nuevo Mundo recién conquistado.
Rubén Darío, sin embargo, da la vuelta a la tortilla. Los bárbaros no son los indígenas sino los yanquis, comedores de tocino. EE.UU. es Calibán.
Y escribe: “No, no puedo estar de parte de ellos, no puedo estar por el triunfo de Calibán”.

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