MOMENTOS DE SEPTIEMBRE

marilyn, mcculler

Llegó a la cita con tiempo de sobra. Entró en el bar de siempre. Se sentó fuera. El aroma espeso del café. Gente desayunando. Olor a limpio. Duchas recientes y rostros recién afeitados. La sonrisa con que se empieza el día. Grupos de hombres y mujeres. Empleados de las tiendas y bancos de alrededor.
Aires de boda. Una joven que se casa el próximo fin de semana. Salen a relucir el maquillaje y la peluquería.
-En realidad, el traje es el problema.
-¿Qué quieres decir?
(Risas)
-Que apenas quepo en él.
En cambio, por la noche, es distinto. Muchos salen intentando evadirse tras otra jornada idéntica a la anterior. Vencidos. Agotados. Deseando una copa y, a veces, hasta dos y tres, o incluso más.
Ella, a pesar de la decoración de aluminio, de las voces de los camareros, que no dan abasto retirando cucharillas, platos y vasos sucios, restos de papel, pasando por las mesas el trapo amarillo, componiendo sonrisas, ¿qué desea tomar?, se siente a gusto dentro de ese barullo mañanero.
Enseguida, después de haberse pedido su café con leche, saca del bolso su ebook, dispuesta a continuar con la lectura de “El corazón es un cazador solitario”. Con estos momentos robados al día, disfruta tanto como un escolar haciendo rabona. En casa no se le ocurriría ponerse a leer así, de buena mañana, porque enseguida, la mala conciencia, el sentido del deber, vendrían a fastidiarlo todo. Igual que cuando de niña se escondía para que su madre no la sorprendiera ensimismada con Enid Blyton, en vez de estar haciendo los deberes o ayudándola a barrer y a fregar platos.
Tenía impresas en la memoria sus palabras.
Tienes que aprender a saber llevar bien una casa. De nada te valdrá el día de mañana ser rica y tener muchas criadas, si no les sabes mandar y decir lo que hay que hacer.
A ella le sonaba mal el término criada.
Con el tiempo no había llegado a ser rica, ni siquiera lo había intentado, y una asistenta por horas la ayudaba en las tareas domésticas.
En la mesa de al lado, una señora empezó a hablar por el móvil con un tono varios decibelios por encima de lo normal. Voz dulzona y cantarina. Puede que canaria, o venezolana. Imposible concentrarse, imposible no empaparse de la conversación. En vista de lo cual, y como ya había perdido por completo el hilo de la lectura, sin lograr comprender las idas y venidas de los personajes, optó por cerrar el libro.
Estaba fascinada con la obra, y también con su autora, Carson McCullers, sobre la que había buscado información en Internet.
Escritora precoz, frágil y enferma durante toda su vida.
Vio fotos suyas. Le llamó la atención una en que aparecía con Marilyn Monroe e Isak Dinesen. Un halo de mutua admiración rodeaba a las tres mujeres.
En realidad, Carson no se llamaba McCullers, sino Smith (así como Isak Dinesen no era sino el seudónimo de Karen Blixen). El apellido lo tomó de su marido, del que se divorció, aunque después se volvió a casar con él.
Todavía conservaba un viejo volumen de Salvat, de pastas verdes y azuladas, basta encuadernación y páginas amarillentas, con dos de sus obras, “La balada del café triste”, y “Reflejos en un ojo dorado”. Estaba deseando leerlos también. Lástima que no los tuviera cargados en su ebook, cuyo manejo, por el poco peso y los diferentes tamaños de letra, tan cómodo le resultaba.
De la novela, que la dio a conocer como un joven talento con tan solo veintitrés años, lo que más le había impactado eran los personajes, Singer, Antonapoulos, Mick, Jake Blound, el doctor Copeland, todos solos, fracasados.
La conversación seguía en la mesa de al lado. Ahora parecía dirigida a alguien muy joven, un niño, o una niña.

-¿A que no sabes quién soy? Una mujer alta y muy guapa, con la cabeza llena de rizos.
-……….
-¿Sabes que te quiero mucho?
-……….
-¿Sabes que le he regalado a tu mamá 200 Euros para ti, para ayudarle a pagar tus brackets? Porque son increíblemente caros los tratamientos de ortodoncia.
-……….
-¿Y tú cuánto me quieres?

A la dama en cuestión no parecía importarle que otros se enteraran de sus asuntos, ni que se le enfriara el café. Seguro que, al igual que ella, estaría esperando a alguien. La imaginó con un hombre al que también le preguntaba y tú cuánto me quieres.
Se aburrió de escucharla.
Pagó y se levantó.
Aún era pronto. Aprovecharía para pasarse por la sección de cosmética de El Corte Inglés, una de cuyas dependientas siempre le daba muestras.
Al rato, recibió un wasap.
Tardaré un poco más. Se me ha complicado la mañana.
Al fin y al cabo, pensó, es septiembre, y los problemas se acumulan a la vuelta de las vacaciones.
Parecía que el tiempo había refrescado. Mejor. Los días pasados había temido derretirse de calor, como si fuera de cera. Aunque a mediodía seguro que volvía a apretar.
Miró el reloj. Casi la una ya.
Echó de menos los tiempos en que había bancos en las calles y en las plazas. No tendría más remedio que entrar en otro bar.
Esta vez se resignó a pedir una Coca Cola Light. Antes de sacar su libro, se fijó en una señora mayor que acababa de sentarse en la mesa de al lado, soltando en el suelo los paquetes que llevaba. Se la veía derrengada. Notó sus pies hinchados, y entonces descubrió que llevaba puestos unos zapatos idénticos a los suyos, pero de distinto color. De los chinos. Ni feos ni bonitos, planos, con dos tiras elásticas que se cruzaban y se volvían a juntar en el talón. Aunque sí cómodos y baratos; por menos de 60 Euros no los conseguías en una zapatería normal. La invasión oriental. El día en que a los chinos les dé por usar papel higiénico nos quedamos sin bosques, le había escuchado decir a alguien en cierta ocasión.
Otras dos mujeres entraron con los mismos zapatos y, cuando ya había decidido marcharse, de pronto empezó a sonar la inconfundible musiquilla de su móvil.

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