PRESENTACIÓN DE “TIEMPO, LUEGO EXISTO”

CALENDARIO

Este año, para 2105, Time Sapiens ha elaborado un calendario filosófico. ¿De filosofía?, se preguntará alguien sin salir de su asombro. ¿Estáis locos o qué? ¿Quién os va a comprar un calendario de filosofía, si la filosofía es la disciplina más inútil que existe, que incluso está desapareciendo de los planes de estudio, y ya no vale ni para ganarse la vida como profesor?
A este imaginario interlocutor se le podría responder que la filosofía sirve, entre otras cosas, para ayudar a hacernos una idea cabal del sentido de nuestra propia existencia, que no es cuestión baladí.
Parece un poco estrambótico, como falto de lógica, o al menos de lógica gramatical, el nombre elegido, Tiempo, luego existo; ¿pero no era Descartes el que decía algo parecido?
No hombre, no. Descartes decía otra cosa, “cogito, ergo sum”.
¡Vaya por Dios! ¡Menuda metedura de pata! Esta gente se ha equivocado y, en vez de Pienso, luego existo, han puesto Tiempo, luego existo. Lo malo es que la cosa ya no tiene remedio, con todos los ejemplares en la calle.
Pero no, que no cunda el pánico. Ya Juan de Mairena tuvo la misma idea de parafrasear a Descartes; “Existo, luego soy”, les decía a sus alumnos, porque “si dudáis de vuestro propio existir, apagad e idos”. Y aquí, con la formulación Tiempo, luego existo, se da otra vuelta de tuerca al hacer hincapié en el tiempo como condición de lo humano. El hombre, ese ser que, según Descartes, piensa luego existe o existe porque piensa, resulta que piensa y existe en el tiempo. El tiempo es la medida de nuestra existencia, y todo lo cortamos por ese patrón. Es difícil imaginarse una vida sin tiempo, ni siquiera en las historias de ciencia ficción.
Claro está que, a poco que nos paremos a pensar, caemos en la cuenta de que conviven varias clases de tiempo; de que, digan lo que digan los relojes, hay horas que se nos pasan volando y otras que se nos hacen eternas, lo cual quiere decir que además del tiempo externo y mesurable, existe otro interno y subjetivo.
“En estos pueblos se lucha / sin tregua con el reló, / con esa monotonía / que mide un tiempo vacío./ Pero ¿tu hora es la mía? / ¿Tu tiempo, reloj, el mío?”
Se pregunta Machado, en el Poema de un día.
En efecto, no parece que vayan a la misma velocidad las horas del reloj que las nuestras.
La poetisa polaca, premio Nobel de literatura, Wislawa Zsimborska, poco antes de morir, en 2012, a los 89 años, declaraba que la vida era absurdamente corta. ¿Por qué? Porque a ella, a pesar de haber vivido mucho, la suya, medida con su reloj interno, le había sabido a poco.
A menudo, los poetas nos transmiten esa experiencia suya personal del tiempo vivido, del tiempo recordado.
“Quisieras saber qué razón tiene el atractivo del recuerdo”, se plantea Cernuda en el pasaje “Las Campanas”, de Ocnos.
Aunque a veces se produce una conjunción perfecta, y el poeta canta su gozo de vivir en ese preciso instante.
“…Era yo / Centro en aquel instante / De tanto alrededor / Quien lo veía todo / Completo para un dios./ Dije: todo, completo./ ¡Las doce en el reloj!”
Escribe Jorge Guillén.
Tanto el calendario como el reloj, además de ser ambos objetos muy útiles, de los que hasta hace poco no podíamos prescindir en nuestra vida cotidiana, y digo hasta hace poco porque ahora con el móvil lo arreglamos todo, nos da la hora, la fecha en la que estamos, el parte meteorológico, el estado de las carreteras, etc…(lo malo es cuando se queda sin batería o se estropea); pues además de ser ambos objetos muy útiles, decía, también han sido siempre símbolos muy fecundos.
Tiempo, luego existo, añade a esa doble condición inherente a todo calendario, de objeto útil y de símbolo, una tercera como vehículo de reflexiones filosóficas.
¿Os suena Heráclito, ese filósofo griego que decía que nunca nos bañamos dos veces en el mismo río?
Para él la vida es flujo, devenir, cambio constante.
También Jorge Manrique se sirve del río como fértil y poderosa metáfora de la vida, que transcurre y acaba.
“Nuestras vidas son los ríos / que van a dar a la mar, / que es el morir.”
Leemos en las famosas Coplas a la muerte de su padre.
“Ayer se fue; mañana no ha llegado; / Hoy se está yendo sin parar un punto; / Soy un fue, y un será, y un es cansado.”
Para Quevedo, un existencialista avant la lettre, ni siquiera el presente existe.
Y Machado, tan devoto de Jorge Manrique, se pregunta:
“¿Cantaría el poeta sin la angustia del tiempo?”
Un día, paseándose por Soria, el poeta descubre que a aquel olmo, que a duras penas había sobrevivido al invierno, y que estaba ya casi a punto de secarse, le habían brotado algunas hojitas verdes en su viejo tronco. Entonces, deprisa y corriendo, antes de que el hacha del leñador acabe con él, coge su libreta y se pone a escribirle. El olmo, al igual que nosotros, tampoco puede escapar a la labor destructora del tiempo. Por cierto, que emociona saber que cuando escribió estos versos en quien de verdad pensaba era en su mujer, Leonor, enferma de tuberculosis. Son versos escritos con el temblor de la esperanza.
Todo sucumbe a la acción del tiempo, menos el propio tiempo, incansable, siempre idéntico a sí mismo.
A los poetas siempre les ha inspirado mucho la belleza de la mujer, y han escrito memorables versos dando consejos a las jovencitas, para que la aprovechen; coge, doncella, las rosas de la vida, antes de que tu piel se marchite, en nieve se conviertan tus cabellos, y huya para siempre tu juventud. Los poemas dedicados a este tópico amoroso, en el que siempre es un caballero el que se dirige a una dama y no al revés, constituyen un repertorio de nuestra lírica de singular calidad.
A título de ejemplo, sirva el soneto XXIII de Garcilaso de la Vega, que acaba así:
“Marchitará la rosa el viento helado, / todo lo mudará la edad ligera / por no hacer mudanza en su costumbre.”
El ser humano es la única criatura de la naturaleza que se sabe mortal, y que se tiene que enfrentar de forma consciente a la aventura de morirse. La doctrina de Epicuro, que sostenía que no debemos temer a la muerte, porque “mientras somos la muerte no es, y cuando la muerte es, nosotros no somos”, no nos consuela mucho, entre otras cosas, porque, como decía Clarín, la muerte ya se las apaña para darnos avisos constantes llevándose a muchos de los que nos rodean.
“¡Ay, muerte!, ¡muerta seas, muerta e malandante! / Mataste a mi vieja, ¡matasses a mí ante!”
Desde los albores de nuestra literatura nos llegan las palabras destempladas con las que el Arcipreste impreca a la muerte, por haberse llevado a su vieja Trotaconventos, que le arreglaba los amoríos.
Para Marco Aurelio, en esta vida, que dura solo un instante, lo mejor, para no decepcionarnos, es no desear nada, porque todo es miserable y corrupto.
“Que todo lo visible es triste lloro.”
Nos llegan, como en eco, estas palabras de Fray Luis en la Oda a Salinas.
En cambio, para Nietzche, cuanto existe está condenado a repetirse, el tiempo, los sentimientos, las personas; pero tenemos que perderle el miedo a vivir, y actuar como si esto no nos importara. Su filosofía es de una exultante vitalidad.
¿Y qué pasaría si no nos muriéramos nunca, como los trogloditas en el cuento El inmortal, de Borges? Que languideceríamos de aburrimiento, dando tumbos de un lado a otro sin ningún objetivo, nuestras acciones repetidas hasta la saciedad en un infinito juego de espejos.
“La muerte hace preciosos y patéticos a los hombres”, nos dice el narrador.
A quien, pese a todo, siga sin querer morirse, siempre le queda el consuelo de la vida eterna, que no es más que una versión del mito de la caverna, de Platón, según el cual vivimos en un falso mundo de sombras, reflejo de otro superior, como en Matrix.
Unamuno no soportaba la idea de su desaparición definitiva, y se sirvió de San Manuel Bueno, el protagonista de su novela del mismo título, que predica la fe en Dios sin creer en él solo por hacer feliz a su pueblo, para dar rienda suelta a su conflicto; porque ¿qué pasaba si, como decía Nietzche, en efecto Dios había muerto? Pues que adiós esperanza de vida inmortal. Y como esto no lo convencía, se convirtió.
Pero, suponiendo que exista, en ese paraíso atemporal, ¿cómo nos desplazaríamos?, ¿cómo hablaríamos, si las palabras se pronuncian una detrás de otra? Tampoco podríamos leer ni escribir, porque los signos gráficos no los podemos abarcar de una vez, sino de forma lineal; ni escuchar música, que es tiempo y medida. Llegados a este punto, en efecto, no nos quedaría más remedio que dedicarnos a contemplar a Dios, perspectiva no demasiado halagüeña para algunos.
En su poema, El viaje definitivo, Juan Ramón Jiménez, intenta imaginar un tiempo estático tras su muerte.
“Y yo me iré./ Y se quedarán los pájaros cantando.”
Las unidades que nos hemos inventado para medir el tiempo no siempre nos sirven, y a veces no tenemos más remedio que encogerlas o estirarlas, como antiguamente se hacía con la ropa, hoy creo que ya no, porque la gente la tira, se compra otra, y sanseacabó.
Por ejemplo, los historiadores se refieren al siglo XX como el siglo corto, ya que de hecho comenzó en 1914, con la Primera Guerra Mundial, y acabó en 1990 con la caída del muro de Berlín y de las dictaduras soviéticas. Corto pero intenso, y rápido. Nunca en toda la historia de la humanidad se habían producido tantos cambios vertiginosos como en este siglo.
El escritor austríaco Stephan Szweig los vivió de forma dramática en su propia piel, experiencia que nos cuenta en El mundo de ayer.
De la tristeza por este ir desapareciendo poco a poco las cosas que nos rodean, nos habla Cernuda en un pasaje de Ocnos, “Escrito en el agua”, en el que lanza un grito, expresando un hondo deseo imposible, que no sé si vosotros también suscribiríais: “¡Dios, dame la eternidad!”

UN NOBEL A LA ALTURA DE UN ZAPATO

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A rebufo de las recientes noticias sobre la herencia de Cela, me viene a la memoria el culebrón que dicho escritor protagonizó durante los últimos años de su vida y, de pronto, caigo en la cuenta de que dentro de pocos días, el 19 de octubre, también hará veinticinco años que le concedieron el Nobel.
En su libro Egos revueltos Juan Cruz recuerda la polémica que se suscitó a propósito de un artículo publicado en El País el 14 de noviembre de 1989 titulado El obispo de Manila, en el cual Julio Llamazares, justamente a raíz de la concesión de este premio, recordaba la entrevista que hacía dos años le había hecho al escritor con motivo de la publicación de su novela Cristo versus Arizona.
En dicha entrevista, al ser preguntado Cela sobre si seguía aspirando al Nobel, respondió: “Por supuesto, joven, por supuesto. ¿Por qué había de negarlo? Todo escritor aspira al premio Nobel, y el que diga lo contrario miente. Pero si he de serle sincero, lo que de verdad me gustaría mucho más que el premio Nobel o el Cervantes, es que me hicieran arzobispo de Manila para poder ir rodeado por la calle de un coro de monaguillos capones cantando en tagalo las alabanzas de Nuestro Señor. Por supuesto, los monaguillos los caparía yo personalmente por el sistema que utilizábamos en el depósito de sementales en que serví a la patria.”
Al parecer, según Llamazares, Cela, ebrio de felicidad, se había creído que los académicos suecos, además de concederle tan ansiado galardón, lo habían nombrado también arzobispo de Manila, con un montón de monaguillos capones a su alrededor dispuestos a reírle las gracias.
Y si no, ¿cómo se explican estas afirmaciones aparecidas en la revista Tiempo pocos días después de ser galardonado?: “Joder es entretenidísimo; si llego al cielo algún día, prefiero encontrarme angelitos con coño”; “benditas sean las vaginas propicias y acogedoras y que Dios nos las conserve, pero no las aumente, porque uno ya no está para muchos trotes”; “en España solo una minoría jodemos mucho y bien”; “las tetas de las mujeres son para acariciarlas y el culo para magreárselo”; “las mujeres más baratas son las putas, porque no aspiran a mucho, les das cuatro duros y salen dando saltos”.
Pero ahí no queda la cosa. Cela tampoco tiene empacho en alardear de la pésima opinión que le merecen los novelistas españoles del momento: “No los leo, ni creo que haya más de dos o tres que queden dentro de un tiempo. Hay algunos inteligentes, pero en general me parecen novelistas de catequesis, muy disciplinaditos, muy obedientes, con la mano siempre extendida para ver si el Estado les da unas perras. Hay que entenderlo: tienen que vivir, hombre. Pero no es explicable que la gente, para subsistir, pierda la dignidad. Yo no he tenido jamás ni una ayuda ni una beca.”
Ante semejante exabrupto, Llamazares reacciona acusándolo en su artículo de soberbia y de onanismo intelectual, y haciendo alusión a su etapa de censor y de escritor a sueldo de un dictador latinoamericano.
Ni que decir tiene que a Cela esto le sentó fatal, y que su reacción no se hizo esperar. En una entrevista con Juan Cruz se despachó a gusto, llamando maricón a Llamazares, y pronosticándole que, al igual que Jaime Gil de Biedma, él también moriría de sida.
Por lo que a mí respecta, pienso que, al margen de los méritos de Cela como escritor, y de que la concesión del Nobel estuviera más o menos justificada, su actitud machista, su lenguaje barriobajero y soez, y el hecho de recurrir sistemáticamente al insulto y a la descalificación personal como único argumento de defensa, lo descalifican a él también y lo dejan a la altura de un zapato.
Aparte de eso, excepción hecha de La familia de Pascual Duarte y de La Colmena, lecturas obligatorias en Bachillerato durante muchos años, me gustaría saber cuánta gente sigue leyendo a Cela en la actualidad y disfrutando de su prosa.

http://elpais.com/diario/1989/11/14/opinion/627001207_850215.html