MENDEL ES SZWEIG

POST MORTEM

Ya en una entrada del 10 de junio de 1913 escribí sobre “Mendel el de los libros” (https://venganzamanomortal.wordpress.com/2013/06/10/mendel/), una novelita de Stephan Szweig.
Releída ahora, se me ocurren algunas puntualizaciones.
Efectivamente, Mendel es un apasionado bibliófilo, que despacha sus asuntos en el café Gluck, de Viena, y que posee ese don divino de la concentración que le permite abstraerse por completo de todo lo que le rodea. A su manera, es un genio, un ser único y especial.
Ahora bien, este vivir en su mundo será precisamente la causa de su perdición. Porque empieza la guerra y, pese a que hay gente que se marcha al frente, y a que las condiciones de vida empiezan a deteriorase, y a que el pan es cada día de peor calidad, él no se entera. Tampoco se entera del riesgo que supone seguir en contacto con sus libreros habituales de París y Londres, y para hacerlo no toma la más mínima precaución, y hasta le facilita a la policía su dirección del café Gluck. Al ser interrogado por esta, también debido a su ignorancia, no tiene ningún inconveniente en confesar que es un judío apátrida procedente de Galitzia, un sin papeles diríamos hoy, que hace treinta años que cruzó ilegalmente la frontera para dedicarse a la venta ambulante de libros. Así que por esto lo detienen y lo llevan a un campo de concentración, un “corral para hombres” lo llama Szweig, pero él sigue sin tener ni idea de por qué sufre suerte tan injusta.
Liberado por sus amigos influyentes, a su vuelta ya nada será lo mismo. No solo la sociedad ha cambiado; también el café, ahora en manos de un estraperlista sin escrúpulos que, a la primera de cambio, con el pretexto de que ha robado dos panecillos, lo pone de patitas en la calle. Al final, pobre, solo, y sin un sitio donde estar, morirá de pulmonía.
Se me ocurre pensar que en este libro, Szweig se proyecta no solo en el narrador, que es quien un día llega al café Gluck, y de pronto empieza a recordar, hasta que con la ayuda de la señora Sporchil, encargada de los aseos, puede reconstruir toda la historia del viejo librero, sino también, quizás de manera inconsciente, en Mendel.
Porque él, al igual que su protagonista, vivía por y para los libros, y también a él la guerra se lo arrebató todo, obligándolo a exiliarse y a dejar atrás su mundo.
Vivió en diferentes países, Suiza, Inglaterra, EE.UU y, finalmente, Brasil.
Padeció fuertes depresiones, y cuando ya se vio sin ánimo de soportar el mundo que lo rodeaba, el final de la Europa que él había conocido, recién tomada Singapur por los japoneses, junto con su esposa Lotte, el 23 de febrero de 1942, se suicidó.
Stephan Szweig escribió páginas memorables de elogio de la civilización y denuncia de la guerra; sin embargo, ni una sola de sus palabras las dirigió contra Hitler.

DE AQUELLOS POLVOS…

Radetzkymarsch
“Quizá nos hicimos mayores cuando descubrimos que era el pasado el que cambiaba siempre, y que el presente seguía en general inmutable” (“Adolfo Suárez, ambición y destino”; Gregorio Morán).
En su libro “La marcha Radetsky”, Joseph Roth nos cuenta la historia del teniente Trotta, que en la batalla de Solferino evitó que al emperador lo alcanzase una bala derribándolo al suelo, heroica acción por la que más tarde le sería concedido un título de nobleza.
Al cabo de los años, un día descubrió que en el libro de lecturas de su hijo se hablaba de él, pero los hechos estaban completamente tergiversados.
“El monarca, en el ardor de la lucha, había avanzado tanto hacia el frente que de repente se halló rodeado de jinetes enemigos. Y en tan apurada situación, un joven teniente corrió al galope en ayuda del emperador montado en un sudoroso alazán y blandiendo el sable. ¡Ah! ¡La de golpes que asestó sobre las cabezas y los pescuezos del enemigo! Una lanza atravesó el pecho del joven héroe, pero la mayor parte de los enemigos ya habían sido puestos fuera de combate. Empuñando la daga, el joven e impávido monarca pudo hacer frente fácilmente a los ataques, cada vez más débiles del enemigo. En aquella ocasión cayó prisionera toda la caballería enemiga. Al joven teniente, cuyo nombre era Joseph, señor de Trotta, le fue concedida la más alta condecoración que nuestra patria otorga a sus héroes: la orden de Mª Teresa.”
-“¡Es una puta mentira!”, le dijo sintiéndose burlado a su mujer.
-“Yo jamás he servido en caballería, y ahora salen esos sinvergüenzas que redactan los libros de lectura con que yo iba montado en un alazán, en un sudoroso alazán, eso escriben, y que me lancé al galope para salvar al monarca; sí, eso es lo que dicen.”
Ante sus protestas, sus amigos le respondían que había que tener en cuenta que era un libro escrito para niños, a los que convenía explicarles la historia con un poco de fantasía; al fin y al cabo, tiempo tendrían de saber, más adelante, cómo habían ocurrido los hechos de verdad.
Pero Trotta era tozudo, y estos argumentos, en vez de tranquilizarlo, lo irritaban cada vez más; así que elevó sus quejas a sus superiores.
Un día, por fin, recibió la respuesta del ministro de Educación, que rezaba así:
“Muy señor mío y de mi más digna consideración:
En respuesta a las quejas de Ud. en relación con la lectura número quince de los libros de lectura autorizados por este Ministerio según decreto del 21 de julio de 1864 para las escuelas nacionales austríacas, libros redactados y publicados por los profesores Weidner y Sedeny, se permite el señor ministro de Educación advertir a Ud., con el máximo respeto, que las lecturas de carácter histórico, en especial las que atañen a la persona del emperador Francisco José, así como también a otros miembros de la familia imperial, deben redactarse, por decreto del 21 de marzo de 1840, de forma adecuada a la capacidad de comprensión de los alumnos y en consonancia con los mejores procedimientos pedagógicos. La lectura número quince en cuestión fue sometida al control personal del propio señor ministro de Educación, y este le dio el pláceme para su uso en las escuelas. La enseñanza, en sus más altos representantes y no menos en los más modestos, está interesada en presentar a los alumnos del reino los hechos heroicos de nuestros guerreros en forma acorde con el carácter infantil, la fantasía y los sentimientos patrióticos de las nuevas generaciones, sin atentar nunca a la verdad de los hechos descritos, pero utilizando un lenguaje familiar que incite la fantasía y los hechos patrióticos. En atención a estas y parecidas consideraciones, el que suscribe ruega a Ud., con el máximo respeto, que se digne retirar sus quejas.”
Claro está que dicha respuesta no convenció a Trotta, que llegó incluso a entrevistarse con el emperador, con lo que al cabo del tiempo, gracias a este, se pudo conseguir que la lectura número quince desapareciera al fin de los libros de lectura del reino.
Pero mientras tanto, a Trotta, envejecido prematuramente, se le había agriado el carácter.
“Expulsado del paraíso de la fe sencilla en el emperador y en la virtud, en la verdad y en el derecho, se hallaba ahora encadenado al silencio y la resignación, por más que se diera cuenta de que la astucia asegura la continuidad en este mundo, la fuerza de las leyes y la fama de los monarcas.”
¡Qué relato tan ejemplar!
En efecto, la historia, como tantas veces ha ocurrido y sigue ocurriendo en nuestro país, es siempre una versión de los que mandan.
Sin ir más lejos, en marzo pasado, cuando murió el ex presidente Adolfo Suárez, los que ya tenemos años, tuvimos ocasión de comprobar cómo aquello que se nos contaba era distinto a lo que en su momento habíamos vivido.
¿De manera que aquel Suárez que en 1981 parecía un apestado, era ahora ensalzado por los mismos que lo vituperaron y lo dejaron solo? ¿De manera que el Rey, quien lo obligó a dimitir, ahora resulta que reconocía su papel como adalid de la transición?
No. Aquí hay gato encerrado. Aquí hay algo que no cuadra.
¡Claro! Es que elogiando a Suarez, la derecha española tapaba sus vergüenzas.
Entonces, ante la previsible llegada de la Democracia, se defendieron como gato panza arriba, y renqueantes se subieron al carro cuando ya no les quedó más remedio.
Ahora, sin embargo, seguros de que todos padecemos amnesia, se nos presentan como los valientes caballeros que, montados a la grupa de su alazán, consiguieron matar a la hidra de siete cabezas de las fuerzas golpistas y reaccionarias.
¡Olé! ¡Así se escribe la historia!
No es de extrañar que de aquellos polvos vengan estos lodos.