HISTORIA DE UNA PINTADA

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Durante los primeros meses de 1947 empezaron a proliferar en diferentes lugares de la Universidad Complutense de Madrid una serie de pintadas clandestinas, con eslóganes del tipo Abajo el fascismo, Libertad, o, Viva la universidad libre.
Dichas pintadas, para rechifla de los estudiantes, no había manera de borrarlas, ya que por la noche desaparecían sin dejar rastro, por lo que hubo que recurrir al expeditivo método de picar la piedra, quedando así el texto grabado para siempre.
Claro que la represión franquista no se hizo esperar, y muchos integrantes de la F.U.E. (Federación Universitaria Escolar), fueron detenidos y condenados a duras penas de prisión, que cumplieron trabajando en Destacamentos Penales.
Dos de ellos, Nicolás Sánchez Albornoz y Manuel Lamana, protagonizaron una espectacular y exitosa fuga de Cuelgamuros, hechos en los que está basada la película “Los años bárbaros”, de Fernando Colomo.
Hace unos años, Rafael Fraguas contaba en “El País”, que en un coloquio-debate celebrado en el Ateneo de Madrid, el arquitecto Pablo Pintado y Riba, autor del proyecto del Palacio de Congresos de la Castellana, a los cincuenta y ocho años de haberlas realizado, se había declarado autor de las mismas, en colaboración con otras dos jóvenes, Albina Pérez y Mercedes Vega. A esta última, estudiante de Ciencias Químicas por aquella época, fue a la que se le ocurrió emplear una pintura hecha con una solución de Nitrato de Plata, sustancia fotosensible, que se oscurece con la luz del sol.
Pero el lector curioso, hoy día no encontrará tales pintadas.
Justo a raíz del artículo aparecido en “El País”, alguien se encargó de que la pared donde estaban fuera picada a fondo, eliminando así para siempre un eslabón más de nuestra ya debilitada memoria histórica.

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EN LA CÁRCEL CON PU YI

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Cuando Pu Yi fue entregado por los soviéticos al régimen comunista de Mao, las nuevas autoridades chinas se propusieron reeducarlo y convertirlo, a él también, en un hombre nuevo.
El proceso se llevó a cabo, en primer lugar, agrediendo su identidad, culpabilizándolo de ser un inútil y de pertenecer a una clase social enemiga del pueblo. Una vez asumida su culpa, tenía que convencerse de que esta solo podría ser redimida mediante el aprendizaje de los preceptos de Mao.
Supongo que, a tenor de las respuestas que dio en la entrevista que le hicieron en la cárcel política de Fushun, en 1956, a esas alturas, el proceso de reeducación estaría ya casi concluido, y el antiguo emperador se habría convertido ya en un entusiasta defensor del nuevo régimen.
Por aquella época era un hombre de cincuenta y un años, con aspecto de haber llevado bien su confinamiento. Vestía con el uniforme azul de presidiario, y parpadeaba tras sus gruesas lentes mientras sostenía su gorra entre las manos.
Según el periodista que lo entrevistó, recitaba, con el cerebro lavado y la mirada confusa, las secas y entremezcladas frases del marxismo leninismo que había estudiado durante tantos años, detrás de los barrotes de una cárcel secreta en China y, bajo custodia, en la Unión Soviética.
Estas son sus respuestas a algunas de las preguntas que se le hicieron:
-Considero este el período más afortunado y enriquecedor de mi vida. Agradezco al Gobierno Popular el haberme revelado la atrocidad de mis terribles crímenes.
-Me resulta difícil hablar del trato que he recibido aquí; ha sido tan bueno, que no tengo palabras para ponderarlo. Me han dado la oportunidad de reflexionar detalladamente sobre mi vida anterior y reformarme.
-No merezco otra cosa que el más severo de los castigos. Traicioné a mi pueblo, y mi gobierno no fue nada más que una camarilla de traidores. Todos los gobiernos anteriores de China no han hecho otra cosa que explotar al pueblo. El Gobierno actual, el Gobierno del pueblo, es el mejor de toda la historia de China.
-Bajo el sistema feudal, incluso un niño podía sentarse sobre el cuello del pueblo.
-Sin mi colaboración, los imperialistas japoneses no hubieran podido establecerse. Yo fui el causante de matanzas y baños de sangre. Un asesino siempre es condenado a muerte y, a pesar de que no maté a nadie con mis propias manos, soy culpable.
Compartían su encierro con él, vestidos como él, y llevando su misma vida rutinaria, un número indeterminado de ex ministros de su gabinete y funcionarios imperiales. Al ser preguntado sobre ellos, respondió:
-Soy libre para hablar sobre mis cuestiones personales, pero no puedo decir nada acerca de los demás
Entre su desaparición, tras la derrota japonesa, y su reaparición durante los juicios que tuvieron lugar en el verano de 1956 contra los criminales de guerra japoneses en China, pasaron varios años.
Pun Yi declaró que, en 1945, mientras las fuerzas rusas invadían Manchuria, él había sido obligado a abandonar el palacio y a trasladar su corte a Tung Hua.
-Cuando llegamos a Tung Hua, los japoneses se habían rendido. Me ordenaron que me dirigiese de inmediato a Tokio, pero cuando llegué a Shen Yang (Mukden), los rusos ya estaban ahí y yo fui arrestado en el aeropuerto.
Desde Mukden, Pu Yi fue llevado a la Unión Soviética. Durante los cinco años siguientes fue trasladado de una prisión a otra, hasta que, finalmente, en 1950 fue devuelto a China y encerrado en Harbin y Fushun.
-No sé por qué me devolvieron.
A la pregunta de si consideraba injusto haber estado encarcelado, sin juicio, durante once años, respondió sonriendo:
-Por supuesto que no.
Su familia sobrevivió mejor que él a la revolución comunista. Su esposa, que un día fuera emperatriz, era bibliotecaria en Changchun; su tío, delegado del Congreso Nacional del Pueblo en Beijing, donde residían también sus seis hermanas, y donde su hermano ejercía de maestro. Solo cada seis meses se le permitía visitarlo.
Según Pu Yi:
-La mayoría está ayudando a la reconstrucción de China. Son líderes de sus comités de calle.
A las seis de la mañana, comenzaba su rutina diaria en la cárcel, donde no se realizaba ningún trabajo, y el día transcurría entre juegos y lectura.
-Yo mismo estoy estudiando la Historia de China y el desarrollo de la sociedad humana.
Una vez reeducado, a Pu Yi se le liberó en 1959. Hasta 1963 trabajó como jardinero en el Jardín Botánico de Pekín, y después fue archivero en la Biblioteca Nacional.
Murió en 1967, oficialmente de cáncer, aunque hay quien sostiene que fue envenenado por mostrarse contrario a la Revolución Cultural de Mao.
La película, “El último emperador”, de Bernardo Bertolucci, está basada en su libro autobiográfico “Yo fui emperador de China”.

CUATRO BODAS Y UN FUNERAL

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En esta película, de deliciosa comedia de los 90 la califican, los protagonistas se pasan el día corriendo de un lado para otro, de boda en boda, y de celebración en celebración. Al final, no hay ni uno que no acabe encontrando a su media naranja y pasando por el altar. Después vienen los niños, las infidelidades y las separaciones, a lo que se alude de pasada, solo para hacer reír y en aras del mejor desenvolvimiento de la trama.
En medio de tanto embrollo simpático, uno de la pandilla cae fulminado justamente en medio de una de dichas celebraciones y, en su funeral, su pareja gay, para expresar su inexpresable dolor por la pérdida recurre a las palabras de W.H. Auden, recitando su Funeral Blues. No había más remedio que recurrir a la muerte para hablar del amor más profundo.

BLUE JASMINE

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Jasmine, cuyo verdadero nombre es Jeanette, está casada con un millonario de los del pelotazo, un mangante de esos con los que tan familiarizados estamos últimamente.
Cuando su marido va a dar con sus huesos en la cárcel, ella, la reina del glamour, sola y arruinada, no tiene más remedio que trasladarse a San Francisco a casa de su hermana Ginger, cajera de supermercado, quien vive con sus dos hijos y con su novio Chili.
El conflicto estalla, porque Jasmine, una neurótica perdida en sus sueños de grandeza, empastillada y medio alcoholizada, no pierde ocasión de manifestarles su desprecio, en especial a Chili, al que más ataca.
En la última escena, la cámara enfoca a Jasmine sentada en un banco del parque, hablando sola.
¿Acabará en un manicomio?
Porque a un manicomio es adonde Stanley, su cuñado, envió a Blanche en Un tranvía llamado Deseo, la película de Elia Kazan en la que no podemos dejar de pensar cuando vemos esta de Woody Allen, Blue Jasmine, su última entrega.

CENIZAS

CENIZAS

Hace unos años se destapó en un pueblo cercano a Málaga un peculiar caso de corrupción, podríamos llamar, necrófila. Una serie de individuos se lucraban con el dinero de falsas incineraciones. Las urnas que se devolvían a los familiares estaban llenas de cenizas sacadas directamente de la chimenea. El caso se descubrió porque la policía, en un control rutinario, descubrió restos humanos en el maletero de un coche.
De estos hechos reales, adobados con otros inventados, por ejemplo el de un cadáver del que no hay manera de deshacerse, y que aparece como por ensalmo en los sitios más diversos, parte el guión de la película “Cenizas”, dirigida por Llorenç Castañer, que ayer se estrenó en el festival de cine europeo de Sevilla.
La historia, lejos de ser truculenta, está contada con gracia.
El empleado del crematorio (Alfonso Sánchez), encargado de descuartizar los cadáveres, y que dice con toda seriedad que lo único que quiere es que lo dejen hacer en paz su trabajo; su mujer (Yolanda Ramos), que le prohíbe que traiga esas “cosas” a casa; los vecinos; el socio ex roquero (Manolo Caro); la inspectora de policía (Maite Sandoval); todos ellos protagonizan unos hechos en los que la acción se va complicando en situaciones delirantes y absurdas ante las que estos personajes se enfrentan con total normalidad, lo que le da a la película un tono de comedia negra, emparentada en determinados aspectos con “El verdugo”, de Berlanga.
Al final, cuando se encuentran en bolsas de basura parte de los restos del socio, queda resuelto el enigma de su desaparición.
La cámara enfoca entonces a su familia, que sale muy compungida del tanatorio con una urna que contiene sus cenizas.
Algo es algo.
Al menos pueden estar seguros de que son auténticas.
¿O no?

ESCRITORES EN HOLLYWOOD

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En los comienzos del cine sonoro, muchos de los escritores de la Generación Perdida probaron a ganarse la vida trabajando como guionistas en los grandes estudios cinematográficos, entre ellos, Faulkner, F.S. Fitzgerald y Dashiell Hammet.
También Nathanael West hizo sus pinitos en Hollywood, en la adaptación cinematográfica de su novela Miss Lonelyhearts, película que fue un sonoro fracaso, y en películas de bajo presupuesto de Republic Films, y en la RKO, donde escribió algunos guiones que se convirtieron en inesperado éxito de taquilla. Todas estas experiencias las reflejó en El día de la langosta, una visión pesimista y desilusionada del mundo hollywoodiense.
“Tod dejó la carretera y trepó a lo alto de la colina para mirar al otro lado. Desde allí vio un campo de abrojos de cuatro hectáreas salpicado de girasoles y eucaliptos silvestres. En el centro del campo había un gigantesco montón de decorados, bastidores y atrezzos. Mientras miraba, un camión de diez toneladas añadió otro montón al que ya había. Este era el basurero final. Pensó en el Mar de los Sargazos de Janvier. Del mismo modo que aquellas aguas imaginarias eran historia de la civilización en forma de chatarrería marina, el estudio era otra en forma de basurero de sueños. ¡Un mar de los Sargazos de la imaginación! Y los desechos crecían continuamente, porque no había un sueño a flote en parte alguna que no acabase allí más pronto o más tarde, después de cobrar un aspecto cinematográfico con ayuda de escayola, tela, listones y pintura. Muchos barcos se hunden y nunca llegan al mar de los Sargazos, pero ningún sueño desaparece nunca por completo. Atormenta a algún desgraciado en algún lugar, y un día, cuando ya ha atormentado lo bastante a esa persona, el sueño se reproduce en el estudio.”

DOS CLÁSICOS

Qué bello es vivir

Hay dos clásicos que no fallan por estas fechas: “Canción de Navidad”, de Dickens, y “Qué bello es vivir”, de Frank Capra.
A Scrooge, el avaro de “Canción de Navidad”, el fantasma del futuro le muestra cómo será su vida si sigue por ese camino, y tiene una terrorífica visión de él mismo como un viejo al que nadie quiere y que muere en la misma soledad en que ha vivido; y gracias a esta visión puede rectificar y cambiar de conducta, y llega a ser una persona feliz, querida y respetada por todos.
Por el contrario, George Bailey, el protagonista de “¡Qué bello es vivir!”, es bueno y bondadoso, y, pese a la enemistad del señor Potter, que lo intenta corromper y destruir, ha dedicado su vida a ayudar a la gente. Hasta que un día, precisamente el de Navidad, Bailey se encuentra en serios apuros, están a punto de acusarlo de desfalco, y él, desesperado se dirige a un puente con la intención de acabar con su vida; menos mal que aparece Clarence, un ángel de segunda, que aún no ha conseguido sus alas, que impide que lo haga, y de paso, para que se convenza de cuánta falta hace en este mundo, le permite contemplar cómo hubiera sido la vida de muchos de los suyos sin él: su hermano Harry se hubiera ahogado de pequeño porque él no habría estado allí para salvarlo; su mujer, al no haberlo conocido seguiría soltera; sus hijos no existirían; y sus vecinos, que han podido construir sus casas gracias a sus empréstitos, vivirían en miserables barracones en una ciudad cuyo dueño sería Potter. Cuando sale de esta terrible pesadilla, Bailey llega a su casa, exultante por sentirse vivo, y se encuentra con que su problema se ha solucionado gracias a que toda la ciudad se ha movilizado para ayudarlo. Después de este final feliz, el espectador respira aliviado, y piensa, con la alegre ingenuidad de un crío pequeño, en la rabieta que habrá cogido Potter por no haberse podido salir con la suya.
Pero en cuanto dejamos la pantalla, volvemos a toparnos sin sorpresa con la realidad, que, desgraciadamente, es muy distinta.
Porque lo cierto es que año tras año los Potter de este mundo se siguen saliendo con lo suya, y cada vez con medios más sofisticados se cargan gobiernos y países, y exigen quedarse con escuelas, autopistas, hospitales y viviendas, sin que les importe lo más mínimo el sufrimiento de la gente; si se mueren, qué más da, así disminuirá el exceso de población, como hubiera dicho Scrooge.
Y hoy más que nunca nos haría falta el genio de un Dickens que denunciara tanto atropello, y que acertara a contar con tino y sensibilidad la tragedia social que en estos momentos nos abate.