CRÓNICAS DE SOCIEDAD

En el gimnasio pasan demasiado lentos los minutos. Miro el reloj cada dos por tres mientras hago las series de repeticiones en cada una de las máquinas que me tocan ese día. Alternativamente me dedico a fortalecer bíceps, trices, abdominales, lumbares, y no sé cuántos músculos más. No me queda otro remedio, si quiero mantenerme sana y medio presentable. También, dependiendo del día, entro en clases de yoga o de pilates. Y, a veces, dedico una media hora al tema cardiovascular, en la cinta o en la elíptica.
Ayer me llevé una sorpresa. En la señora de mediana edad que sudaba copiosamente a mi lado, dando a entender que ya no podía más, por increíble que parezca, reconocí a una de mis antiguas compañeras de colegio a la que no veía desde los tiempos del Bachillerato, y no tardé en pegar la hebra con ella.
Me contó que había hecho medicina, que se había casado y tenido un hijo, pero con un embarazo tan complicado, que se había negado a tener más. El niño era un estudiante brillantísimo, y ahora estaba haciendo un máster de ingeniería en una prestigiosa universidad estadounidense. La mejor para lo que él quiere. La más cara. Pero a nosotros no nos importa, porque nuestro hijo se merece que hagamos por él cualquier esfuerzo. Además, al fin y al cabo, se trata de su futuro.
Otra de nuestras compañeras, sin duda la más rotundamente pija de nuestra clase, hasta el punto de que venía al colegio con un chófer uniformado, había enviudado muy joven.¿Te acuerdas de aquel chico tan guapo con quien salía, el de la fábrica de muebles? Pues de ese. Y después se había vuelto a casar otras dos veces, y las dos le había ido fatal. Es que la pobre ha tenido muy mala suerte en la vida.
Después le pasó revista a otra a la que hacía algunos años que se le había muerto un hijo en las circunstancias más terribles. Desde luego, eso es lo peor que te puede pasar.
A estas alturas, el reloj marcaba ya casi los treinta minutos de ejercicio, y le ahorré los detalles.
La verdad es que el tiempo se me había pasado en un suspiro.
Le dije a mi compañera, no sé si he dicho que se llama Maite, que me había encantado volver a verla, y que intentaría coincidir más días con ella a la misma hora.
Así que, prepárense, a este paso, dentro de poco, y en consonancia con los tiempos, verán mi blog convertido en una especie de versión doméstica del Hola. Es lo que hay, ¡qué se le va a hacer!

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NOCTURNO

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Salió al jardín, vio las nubes hechas jirones, rompiendo en mil jirones también la luna llena, dejando atrás las redondas copas de los árboles, que se recortaban contra ellas. Recordó vagamente versos de Juan Ramón que evocaban noches así. Puede que a ella le faltara Chopin como música de fondo, o un alma adolescente. Pese a tanta hermosura no se emocionó.

MOMENTOS DE SEPTIEMBRE

marilyn, mcculler

Llegó a la cita con tiempo de sobra. Entró en el bar de siempre. Se sentó fuera. El aroma espeso del café. Gente desayunando. Olor a limpio. Duchas recientes y rostros recién afeitados. La sonrisa con que se empieza el día. Grupos de hombres y mujeres. Empleados de las tiendas y bancos de alrededor.
Aires de boda. Una joven que se casa el próximo fin de semana. Salen a relucir el maquillaje y la peluquería.
-En realidad, el traje es el problema.
-¿Qué quieres decir?
(Risas)
-Que apenas quepo en él.
En cambio, por la noche, es distinto. Muchos salen intentando evadirse tras otra jornada idéntica a la anterior. Vencidos. Agotados. Deseando una copa y, a veces, hasta dos y tres, o incluso más.
Ella, a pesar de la decoración de aluminio, de las voces de los camareros, que no dan abasto retirando cucharillas, platos y vasos sucios, restos de papel, pasando por las mesas el trapo amarillo, componiendo sonrisas, ¿qué desea tomar?, se siente a gusto dentro de ese barullo mañanero.
Enseguida, después de haberse pedido su café con leche, saca del bolso su ebook, dispuesta a continuar con la lectura de “El corazón es un cazador solitario”. Con estos momentos robados al día, disfruta tanto como un escolar haciendo rabona. En casa no se le ocurriría ponerse a leer así, de buena mañana, porque enseguida, la mala conciencia, el sentido del deber, vendrían a fastidiarlo todo. Igual que cuando de niña se escondía para que su madre no la sorprendiera ensimismada con Enid Blyton, en vez de estar haciendo los deberes o ayudándola a barrer y a fregar platos.
Tenía impresas en la memoria sus palabras.
Tienes que aprender a saber llevar bien una casa. De nada te valdrá el día de mañana ser rica y tener muchas criadas, si no les sabes mandar y decir lo que hay que hacer.
A ella le sonaba mal el término criada.
Con el tiempo no había llegado a ser rica, ni siquiera lo había intentado, y una asistenta por horas la ayudaba en las tareas domésticas.
En la mesa de al lado, una señora empezó a hablar por el móvil con un tono varios decibelios por encima de lo normal. Voz dulzona y cantarina. Puede que canaria, o venezolana. Imposible concentrarse, imposible no empaparse de la conversación. En vista de lo cual, y como ya había perdido por completo el hilo de la lectura, sin lograr comprender las idas y venidas de los personajes, optó por cerrar el libro.
Estaba fascinada con la obra, y también con su autora, Carson McCullers, sobre la que había buscado información en Internet.
Escritora precoz, frágil y enferma durante toda su vida.
Vio fotos suyas. Le llamó la atención una en que aparecía con Marilyn Monroe e Isak Dinesen. Un halo de mutua admiración rodeaba a las tres mujeres.
En realidad, Carson no se llamaba McCullers, sino Smith (así como Isak Dinesen no era sino el seudónimo de Karen Blixen). El apellido lo tomó de su marido, del que se divorció, aunque después se volvió a casar con él.
Todavía conservaba un viejo volumen de Salvat, de pastas verdes y azuladas, basta encuadernación y páginas amarillentas, con dos de sus obras, “La balada del café triste”, y “Reflejos en un ojo dorado”. Estaba deseando leerlos también. Lástima que no los tuviera cargados en su ebook, cuyo manejo, por el poco peso y los diferentes tamaños de letra, tan cómodo le resultaba.
De la novela, que la dio a conocer como un joven talento con tan solo veintitrés años, lo que más le había impactado eran los personajes, Singer, Antonapoulos, Mick, Jake Blound, el doctor Copeland, todos solos, fracasados.
La conversación seguía en la mesa de al lado. Ahora parecía dirigida a alguien muy joven, un niño, o una niña.

-¿A que no sabes quién soy? Una mujer alta y muy guapa, con la cabeza llena de rizos.
-……….
-¿Sabes que te quiero mucho?
-……….
-¿Sabes que le he regalado a tu mamá 200 Euros para ti, para ayudarle a pagar tus brackets? Porque son increíblemente caros los tratamientos de ortodoncia.
-……….
-¿Y tú cuánto me quieres?

A la dama en cuestión no parecía importarle que otros se enteraran de sus asuntos, ni que se le enfriara el café. Seguro que, al igual que ella, estaría esperando a alguien. La imaginó con un hombre al que también le preguntaba y tú cuánto me quieres.
Se aburrió de escucharla.
Pagó y se levantó.
Aún era pronto. Aprovecharía para pasarse por la sección de cosmética de El Corte Inglés, una de cuyas dependientas siempre le daba muestras.
Al rato, recibió un wasap.
Tardaré un poco más. Se me ha complicado la mañana.
Al fin y al cabo, pensó, es septiembre, y los problemas se acumulan a la vuelta de las vacaciones.
Parecía que el tiempo había refrescado. Mejor. Los días pasados había temido derretirse de calor, como si fuera de cera. Aunque a mediodía seguro que volvía a apretar.
Miró el reloj. Casi la una ya.
Echó de menos los tiempos en que había bancos en las calles y en las plazas. No tendría más remedio que entrar en otro bar.
Esta vez se resignó a pedir una Coca Cola Light. Antes de sacar su libro, se fijó en una señora mayor que acababa de sentarse en la mesa de al lado, soltando en el suelo los paquetes que llevaba. Se la veía derrengada. Notó sus pies hinchados, y entonces descubrió que llevaba puestos unos zapatos idénticos a los suyos, pero de distinto color. De los chinos. Ni feos ni bonitos, planos, con dos tiras elásticas que se cruzaban y se volvían a juntar en el talón. Aunque sí cómodos y baratos; por menos de 60 Euros no los conseguías en una zapatería normal. La invasión oriental. El día en que a los chinos les dé por usar papel higiénico nos quedamos sin bosques, le había escuchado decir a alguien en cierta ocasión.
Otras dos mujeres entraron con los mismos zapatos y, cuando ya había decidido marcharse, de pronto empezó a sonar la inconfundible musiquilla de su móvil.

AVERÍA

A una amiga mía el viernes pasado le pusieron una multa y, acto seguido, se le averió el coche, como consecuencia de lo cual no llegó a tiempo a una reunión.
Fue un día de locos —me dice; tenía que ser viernes y trece.
Me quedé extrañada, porque pensaba que la superstición se refería solo al martes y trece pero, por lo visto, no; también la han hecho extensiva al viernes.
Ahora bien, que conste que cualquier día de la semana es bueno para que tu coche decida dejar de funcionar.
Sin ir más lejos, hoy por la mañana iba yo tan tranquila en el mío cuando, de pronto, se han puesto a parpadear como locas todas las luces del cuadro de mando, y un imperioso stop, al que así, en ese mismo instante, no podía obedecer, porque había de dirigirme al taller más cercano, ha aparecido en la pantalla.
Pero, como castigo por mi insumisión, un agudo pitido, al que no había forma humana de silenciar, me ha ido rompiendo el tímpano todo el rato hasta que por fin he podido pararme.
Era la voz de la conciencia.

DISCULPA

Julio César 17
Hace tiempo que el timbre de mi casa no funciona, y me resisto a arreglarlo. La verdad es que en los días de soledad furiosa en los que no me apetece ver a nadie, esa circunstancia se convierte en la excusa perfecta.
Y por si alguien considera una afrenta personal mi actitud, sirvan a modo de disculpa estas palabras de Bruto a Casio en Julio César, de Shakespeare:

«Te equivocas, Casio. Si parezco displicente
el gesto lo vuelvo solamente contra mí.
Desde hace algún tiempo me aquejan
sentimientos encontrados, pensamientos
que me incumben a mí solo, y que acaso
estén empañando mi conducta.
Pero no se inquieten mis buenos amigos
(entre los cuales te cuento), ni busquen
la causa de mi desatención más allá
del pobre Bruto, que, enfrentado a sí mismo,
no da muestras de afecto a los demás.»

VEJEZ

auden_wystan_hugh
Primavera. Verano. Otoño. Invierno. Las cuatro estaciones del año. Las cuatro estaciones de la vida. Valle. Las sonatas. Las memorias del Marqués de Bradomín.
Sobremesa con unos amigos.
La mayoría tienen padres mayores, con achaques físicos, enfermedades, o demencia senil. En cambio, otros, ya hace tiempo que los perdimos.
Divagamos sobre la tercera edad, sobre el sentido utilitarista de nuestra sociedad, que arrumba a los viejos en los asilos, como fardos, muebles inútiles u objetos inservibles. En el asilo pierden sus raíces. El asilo es la muerte.
A mí no me gustaría acabar en un asilo.
Ni a mí tampoco.
De pronto, alguien saca a colación estos versos de W.H.Auden, que resumen, ¡y cómo ¡, lo que hablamos.

ASILO DE ANCIANOS

Todos poseen un límite: cada uno
tiene un matiz de daño muy distinto. La élite
es capaz de arreglarse por sí misma,
caminar apoyada en un bastón,
leer completo un libro, interpretar
movimientos de fáciles sonatas.
(Pero acaso la libertad carnal
es el veneno del espíritu:
conscientes de lo que ha sucedido y el porqué
abominan su tristeza sin lágrimas.)
Luego vienen los de silla de ruedas, el promedio
que soporta la tele
y guiado por amables terapeutas
canta en comunidad.
Después los solitarios que musitan
palabras en el limbo, y al final
los que ya son del todo incompetentes
y como una parodia de las plantas
(ellas pueden sudar sin ensuciarse).
No obstante, hay algo que los une:
todos aparecieron cuando el mundo,
a pesar de sus males,
era más habitable y más vistoso
y los viejos tenían auditorio
y un lugar en la tierra.
(El niño reprendido por su madre
podía refugiarse con la abuela para ser consolado
y escuchar algún cuento.)
Hoy ya todos sabemos qué esperar,
mas su generación es la primera
que se ha desvanecido de este modo:
No en casa sino asignada a un pabellón, arrojada
como se arrumban fardos indeseables.

Mientras voy en el Metro para estar
media hora con una del asilo,
recuerdo quién fue ella en su esplendor.
Entonces visitarla era un orgullo
y no una caridad.
¿Seré tan frío como para esperar
un somnífero rápido, indoloro;
o bien para rogar, como ella ruega,
que Dios o la naturaleza precipiten
su función terrenal?
1970

Versión de José Emilio Pacheco

CHARLANDO

—Pues a mi hija le va estupendamente en la Universidad.
—¿A cuál? ¿A Alicia?
—Sí, a Alicia.
—Oye, ¿por qué le pusiste ese nombre?
—Porque sí, porque me gustaba. Es corto y, además, no tiene diminutivo. En la familia querían que le pusiera Remedios, por mi abuela, pero yo no cedí. El único que puso pegas fue mi padre, que dijo que qué casualidad, que en su juventud la más puta de su barrio se llamaba así.
—¡Vaya!
—Pues sí. Pero a mí me encanta; me sugiere dulzura, y Alicia es así, muy dulce, tan rubia, y con los ojos azules, que no sé a quién ha salido, porque su padre y yo somos morenos. Pero mi suegra, para fastidiar, de vez en cuando, la llama Alicita.
—Ahora me acuerdo de que cerca de mi casa había una tienda de electrodomésticos que la llevaba una mujer que también se llamaba Alicia; era obesa, con obesidad mórbida; las carnes desparramadas por el cuerpo, te lo juro. Ella decía que su problema era genético, porque sus hijos habían heredado la obesidad.
—Sí, claro, genético; seguro que se hartaban de comer Donuts, y que tenían el frigorífico lleno de porquerías.
—También en el colegio yo tenía una compañera obesa. Al cabo de los años me la encontré un día por la calle. Había adelgazado unos cuarenta kilos, y estaba como un fideo. Pero se la veía fea, un puro pellejo. No le sentaba bien tanta delgadez.
—Es que eso es una exageración.
—Por cierto, que ayer me pasé el día en la cocina, haciendo comida para mi hija. Después, cuando vino, le di un montón de tupers, y no veas lo que me lo agradeció. ¡La pobre está tan liada!
—Sí, eso siempre viene bien. Mi suegra me trajo el fin de semana un guiso, y no te puedes imaginar lo que nos ha cundido.
—¡Qué bien que de vez en cuando te echa una manita!
—No, ¡qué va! Cuando de verdad me hace falta, pasa olímpicamente. Va a su aire, y no puedo contar con ella para nada.
—Bueno, te dejo, que llevo prisa.
—Hasta otro día.
—Sí, hasta otro día.
—Adiós.
—Adiós.