TIRO AL BLANCO

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«En las taquillas de los cines, con las entradas, vendían unos cartoncillos en los que había impresos unos escudos heráldicos que llamábamos emblemas y costaban una perra gorda. Tenían un troquel triangular en la parte superior para que se sujetaran en el ojal de la solapa y una explicación en el dorso donde se decía que el precio de ese emblema era una contribución voluntaria para la reconstrucción nacional. Tampoco entendíamos qué significaba todo aquello, pero como todo el lenguaje era hiperbólico, Cruzada quería decir guerra, rojos significaba demonios, nacional quería decir vencedor, era natural que voluntario quisiera decir obligatorio, dado que aunque se llevara la entrada en la mano, el portero no permitía entrar en la sala si el emblema no estaba bien expuesto».
Este es un párrafo de Los girasoles ciegos, de Alberto Méndez, en el que uno de sus protagonistas, Lorenzo, rememora su niñez en plena postguerra, una época dura, ya se sabe, donde no solo se fusilaba a la gente sino las palabras también.
Pero el caso es que ahora en democracia sigue pasando lo mismo, y se ve que a los políticos, sean del color que sea, les encanta este jueguecito de tiro al blanco; ahora nos cargamos este término, y ahora el otro, y ahora el de más allá; y ya no hay crisis sino desaceleración, ni rescate sino línea de crédito, ni recortes sino reforma, ni retroceso social sino austeridad.
Ya lo decía Stalin, que el arma esencial para el control político era el diccionario.
Y tenía razón.

POETAS

La lengua es un instrumento de comunicación, una herramienta si se quiere, y tengo el convencimiento de que, al margen de las normas, cada uno de nosotros la domina a la perfección, en el sentido de que conseguimos nuestro objetivo de comunicarnos dentro de nuestro propio ámbito, que se reduce precisamente al mundo que creamos con ella. ¿Acaso un agricultor no sabe explicar todo lo relacionado con su campo y sus cosechas? ¿Acaso un enamorado no encuentra las palabras adecuadas para expresar el amor que siente? ¿O un vendedor no pregona mejor que un catedrático las excelencias de su producto? Somos lo que hablamos. Hay hablantes que se conforman con saber que hay sol, árboles, lagos y montañas, y no necesitan más palabras que estas para nombrarlos. Otros, en cambio, empeñados en descubrir cómo es cada rosa, y el color del mar en cada hora del día, y la forma exacta de cada nube que se acerca, emplean la lengua con la precisión de un bisturí láser. Son los poetas.

HABLANDO EN ZAPATILLAS

¡Qué placer, después de una jornada agotadora, llegar a casa y ponernos en ropa cómoda y zapatillas!
Igualmente, entre amigos, dejamos a un lado las formalidades de la lengua, y hacemos de ella un uso más cómplice y relajado, autoirónico, como dice Mann, que aumenta el placer de la comunicación.
En “Los Buddenbrook”, la obra a que aludí en mi última entrada, son constantes las alusiones a la manera de hablar de la gente, al uso de modismos populares, al efecto cómico que produce una determinada forma de pronunciación, o a la deriva hacia el dialecto en contextos familiares, como se ve en el siguiente fragmento, referido a esa misma cena inicial:
«Todos estaban sentados en pesadas sillas de respaldos altos, con pesados cubiertos de plata comían pesadas y sabrosas viandas, las acompañaban de pesados y buenos vinos, y exponían sus opiniones. Pronto pasaron a hablar de negocios y, sin querer, también fueron pasando cada vez más al dialecto, a esa forma de expresión, cómodamente pesada, que parecía aunar la concisión propia de los comerciantes con cierto relajamiento propio de los acomodados, y que aquí y allá exageraban con bienintencionada autoironía. No decían ya “para la Bolsa” sino “pa’ la bolsa”, y relajaban los finales de sílabas poniendo cara de satisfacción.»

SI LÁZARO LEVANTARA LA CABEZA

Hoy me proponía reflexionar sobre un fenómeno frecuente cuando se escribe, al menos en mi caso, que consiste en que algunas palabras parecen imantadas, y atraen fatalmente a otras de su misma familia léxica produciéndose así un poco elegante efecto de cacofonía. Yo ando siempre a su caza y captura, si bien es verdad que se me resisten y ponen un particular empeño en disimular su presencia, como si temieran separarse; pero, en cuanto las detecto actúo sin compasión, e inmediatamente pongo remedio al desaguisado dándole un giro a la frase o sustituyéndolas por sinónimos.
Y en estas andaba, dándole vueltas al asunto, cuando de pronto me topo con el librito “El nuevo dardo en la palabra”, de Lázaro Carreter, y me pongo a hojearlo por si me aclara algo. Pero no; parece que no hay suerte. En cambio, sí encuentro un artículo suyo del 2003 titulado “Con los deberes hechos”, que me llama mucho la atención por hablar de la fecha en que estamos, “la rentrée”, la vuelta de vacaciones, cuando a todos nos toca ponernos las pilas y empezar “a hacer los deberes”, como los niños; ya que, en efecto, es esta una expresión propia del lenguaje infantil adoptada por los adultos, y de la que, según Lázaro denunció, se abusaba cada vez más. Y se sigue abusando, pienso yo, porque no hay más que escuchar a Rajoy o a Luis de Guindos cuando vuelven tan contentos de Bruselas (donde, por desgracia, no se plantan), porque traen los fatídicos “deberes” hechos.
Pero mejor le cedo la palabra a Lázaro y reproduzco parte de su artículo.
«Ya estamos todos. Hemos vuelto al pie de la misma montaña, la del año pasado, la del anterior, la del anterior… Hay que subir empujando la peña, aún sabiendo que rodará otra vez. Debemos descansar de las estúpidamente llamadas “bien merecidas vacaciones”. Desde fines de junio, sacan por la tele kilómetros de parálisis motora rumbo a la playa, que aguarda llena de mosquitos, plásticos y rayos ultravioleta. Pero, según digo, hemos regresado y ya estamos completos: las tiendas han abierto, y es posible cortarse el pelo, encontrar los quioscos expeditos, y hasta enfermar y hallar a los médicos con las batas puestas. Debemos, pues descansar del descanso currando y dando cada uno su propio callo. Yo habré de pasar este otoño, la más noble estación, sumido en compromisos intempestivos. Y de momento, he de hacer diversos deberes. Palabras estas últimas que repiten un tic convulsivo de moda: apenas alguien ha concluido una actividad corta o larga, se dice de él o lo dice él mismo que “ya ha hecho los deberes”.
Es bien sabido que tal expresión procede del lenguaje infantil; la emplean los niños al caer la tarde, apenas cierran el cuaderno y desean ver la tele. A algún adulto se le ocurrió usarla con ánimo jocoso y fue ocurrente la invención. Pero ha venido después un tropel de secuaces que la repiten con gracia melindrosa y pueril, como ese grave señor, tal vez subsecretario, tal vez ejecutivo de una multinacional, con barbita recortada y gafas; o esa presentadora de televisión sin lo uno ni lo otro, anunciando que, desde el poco hacer, se van a arrojar al “dolce non far niente”, porque “ya han hecho los deberes”. Lindo pero cargante, y señal de hipotálamo afectado.»

VISIBILIDAD

Como mujer, profesora de lengua, y hablante de español, me siento directa y triplemente implicada en el debate que en estos días se está produciendo en los medios de comunicación, a propósito de un artículo de Ignacio del Bosque en el que se pronuncia sobre las guías de lenguaje no sexista aparecidas en nuestro país durante los últimos años.
En dicho artículo, partiendo de la realidad de la discriminación de la mujer en diversos ámbitos de nuestra sociedad, y de la existencia de comportamientos verbales sexistas, se pone en cuestión el que la solución a este problema pase por poner trabas lingüísticas, recurriendo, por ejemplo, a la supresión del masculino genérico, o a la implantación de una @ ortopédica que abarque los dos géneros.
Dejando de lado la cuestión de que el debate siempre es positivo, no creo que sea necesario recordar que no hay nadie revestido de la autoridad de cambiar una lengua, ni la RAE, que se limita a sancionar usos ya establecidos entre los hablantes, ni aquellos que, desde una actitud de “despotismo ético”, pretenden imponernos sus criterios.
Por lo que a mí respecta, ni que decir tiene que rechazo cualquier tipo de adoctrinamiento, venga de donde venga, que me repatean las actitudes paternalistas, y que a los que se permiten aconsejarme sobre cómo tengo que hablar, les digo que mejor que se guarden sus recomendaciones, porque la corrección política me aburre hasta la extenuación.
Amo mi lengua, y además me parece el instrumento de comunicación más perfecto que conozco, y cada día, en mis clases, leyendo textos clásicos, estudiando gramática y vocabulario, intento reflexionar sobre ella, y enseñarla a mis alumnos, y juro que nos divertimos. Y cuando en morfología damos el género de las palabras, siempre sale a colación la cuestión del sexismo en el lenguaje, y lo discutimos, dejando claro que cada uno puede hacer lo que mejor le parezca, porque hasta ahora, y que yo sepa, ni ponen multa, ni a nadie meten en la cárcel por su manera de hablar. La lengua es lo más libre que hay.
Y a los que pierden el sueño pensando que a lo mejor un día me levanto y descubro mi invisibilidad, les aconsejo que no se preocupen, que ese es mi problema, y que para hacerme visible, me basto y me sobro yo.

EQUIPOLENCIA

Hay un tipo de oraciones atributivas, equipolentes creo que se llaman, en las que no se puede diferenciar entre sujeto y atributo, y lo mismo da denominar así a un sintagma que al otro, porque tanto monta, monta tanto, como por ejemplo, cuando digo “mi padre es mi amigo”, frase cuyo significado último depende del contexto y de la intención comunicativa.
Lo mismo ocurre con la oración “Internet es la realidad”, que me gusta calificar de frase-espejo, en la medida en que da cuenta del hecho de que, sobre todo a través de las redes sociales Twiter y Facebook, cada momento de nuestra vida tiene en la red su correspondiente réplica, en un delirante ejercicio de narcisismo, o de onanismo, si se prefiere.
A mí, desde luego, todavía no me ha dado, ni creo que me dé, por ir pregonando mi vida por la blogosfera, y los pocos y buenos amigos de carne y hueso que tengo, no los cambio ni loca por los quinientos y pico que me hice en Facebook en un ataque agudo de novelería.
Y en cuanto a la sintaxis, las oraciones simples me aburren (y de las equipolentes, o espejo, ya ni hablo), y no me valen para expresar mi particular visión del mundo, que se compadece mejor con otras más complejas y retorcidas, que, incansables, trazan caminos sinuosos, hasta llevarme lejos, adonde ellas, o yo, eso depende, queramos.

LO QUE PASA EN LA CALLE

Decía Antonio Machado por boca de Juan de Mairena, que era preferible decir “lo que pasa en la calle”, a “los sucesos consuetudinarios que acontecen en la rúa”.
Chesterton comparaba las palabras largas con trenes muy largos, con muchos vagones detrás, que los hacen lentos y pesados.
También Orwel afirmaba que el secreto de una buena prosa reside en elegir, de entre dos palabras de idéntico significado, la más corta.
Vienen estas citas a cuento de los palabros, archisílabos, sesquipedalia verba, a los que me refería ayer, no todos incorrectos, pero que denotan una sospechosa afición por estirar la lengua innecesariamente.
A muchas palabras le sobran sílabas, igual que a nuestras costas les sobran pisos y cemento.
(Por cierto que de esto va la última película de Alexander Payne, “The descendants”, de qué hacemos con el patrimonio legado por nuestros antepasados, enriquecernos o preservarlo, y el paisaje que en ella se ve, un espectacular monte volcado sobre el mar, a mí me recuerda la playa de Isla Antilla, en Huelva, que era un paraíso hace unos años, y que en un abrir y cerrar de ojos se lo cargaron en una operación inmobiliaria de altos vuelos con la que se forró algún ex cargo público).
Y se me ocurre pensar que este fenómeno de las palabras hinchadas puede que tenga algo que ver con los años de opulencia que hemos dejado atrás, y que, igual que algunos implantes mamarios, nos han estallado en pleno rostro provocando el cáncer de la crisis.
Por tanto, si la aberrante cultura del ladrillo trajo consigo la prosopopeya, a lo mejor nuestros bolsillos vacíos aconsejan una vuelta del sentido común en el uso de la lengua.
Que yo sepa, a la crisis todo el mundo la llama crisis.