DE EBOOKS Y MOSCAS COJONERAS

EL CONDE DE MONTECRISTO
En este momento, cuando, sentada ante mi ordenador, intento escribir este post, una mosca (¿será de esas que llaman cojoneras?) no deja de darme por saco y de molestarme, sin que le importen un bledo mis manotazos ni mi cabreo. Supongo que será la misma que hace un rato no ha parado de incordiar a Anthony Strong durante el fantástico concierto que ha dado esta noche en Valencina. El hombre habrá alucinado.
El caso es que, en realidad, de lo que yo quería hablar es de que tengo un flamante libro electrónico, un regalo de cumpleaños y que, por más que me empeño, ni pagando ni sin pagar, consigo descargarme ningún libro. Aún así, he cogido la costumbre de llevarlo en el bolso, y leer a ratos algunos de los que ya trae.
“El conde de Montecristo” es uno de ellos, y hoy he empezado a “hojearlo”.
De pronto, a pesar de ser una edición poco cuidada, con erratas, veo a Edmundo Dantés dirigiendo la maniobra de entrada de “El Faraón” en el puerto de Marsella, y empiezo a conmoverme con el terrible destino que le espera.
Entre tanto, un alma caritativa se ha debido de apiadar de mí, y me ha enviado por correo electrónico un enlace de la red de bibliotecas municipales de Sevilla, desde el que se puede acceder a casi dos mil libros de forma fácil y gratuita.
Así, contenta como niña con zapatos nuevos, y con el fanatismo de los neófitos, en un pisplás me he descargado unos pocos, que tardaré varios años en leer: Proust, Mateo Alemán, Dante Aliguieri…
La mosca, aburrida de que ya no le eche cuenta, hace un rato que se fue.
Dejo el enlace por si a alguien le interesa:
http://www.rmbs.es/catalogo.php

VERDI, WAGNER Y CHEREAU

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Acaba de celebrarse, ayer, 10 de octubre, el bicentenario del nacimiento de Giuseppe Verdi, el gran compositor de ópera italiano. También Wagner, el 22 de mayo de este mismo año, hubiese cumplido los doscientos años.
En una charla coloquio sobre ambos compositores, celebrada en el Casino de la Exposición de Sevilla, Ramón Serrera se queja de la oportunidad que ha perdido la ciudad de programar este año “La fuerza del destino”, ópera de Verdi basada en “Don Álvaro o la fuerza del sino”, del duque de Rivas, y ambientada en Sevilla.
Pero es que, precisamente por eso, porque la ópera transcurre en Sevilla, el Maestranza quiere participar en su producción, y con la crisis el presupuesto no da para tanto, alguien le replica.
También hace unos días ha fallecido Patrick Chereau, cineasta francés, hombre de escena integral, muy vinculado a Sevilla, que hace ya años montó en Bayreuth la famosa tetralogía wagneriana.
Y se me ocurre pensar que no sé si a Chereau le gustaba Verdi, pero que no hubiese sido mala idea que él se hubiera encargado de montar aquí “La fuerza del destino”.
Pensar por pensar, claro.
No hay dinero; y además es tarde, demasiado tarde.

EL VIOLÍN DE GRETE

La familia Samsa, una vez que Gregorio, el hijo que era su soporte económico, se ha convertido de la noche a la mañana en un repelente insecto, no tiene más remedio que buscar nuevos medios de subsistencia, por lo que, aparte de que todos sus miembros se tienen que poner a trabajar, subalquila una de las habitaciones de su casa a tres huéspedes, bastante antipáticos por cierto. Y estos, un día en que Grete, la hermana, está tocando el violín en la cocina, ruegan al padre que venga a la sala de estar donde sería más cómodo y agradable escucharla; pero pronto se cansan y empiezan a denotar impaciencia; aunque Gregorio, que, también atraído por la música, se ha atrevido a acercarse e incluso a asomar la cabeza, está encantado, ¡qué bien tocaba la hermana!,(…) ¿Si sería una fiera que la música tanto le impresionaba?
A propósito de este pasaje, en su curso sobre La metamorfosis, dice Nabokov lo siguiente: «Sin el menor deseo de polemizar con los amantes de la música, quiero señalar que la música, tomada en sentido general, tal como es percibida por sus consumidores, pertenece a una forma más primitiva y animal en la escala de las artes que la literatura o la pintura. Hablo de la música considerada globalmente, no como creación, imaginación y composición, aspectos en los que desde luego rivaliza con la literatura o la pintura, sino según el efecto que produce en el oyente medio. Un gran compositor, un gran escritor, un gran pintor, son hermanos. Pero creo que el impacto que la música produce de manera general y primitiva en el oyente es de calidad más modesta que el de un libro medio o un cuadro medio. Pienso sobre todo en la influencia sedante, apaciguadora, que la música ejerce en algunas personas, a través de la radio o de los discos.
En el relato de Kafka se trata solo de una chica rascando lastimosamente su violín, que en este pasaje equivale a la música estereotipada o radiofónica de hoy día. Lo que acabo de decir corresponde a las ideas de Kafka sobre la música en general, que tiene una capacidad embobadora, paralizadora, animalizadora. Debemos tener presente esta concepción a la hora de interpretar una importante frase, mal comprendida por algunos traductores. Literalmente se lee: ¿Era él un animal, para que le afectase tanto la música? Es decir, en su forma humana le había gustado poco; pero ahora, en su condición de escarabajo, sucumbe: Le parecía como si ante él se abriese el camino hacia el alimento desconocido y anhelado.

SOBRE EL JUICIO MUSICAL

Al comienzo de Amor, la estupenda película de Michael Hacneke, sus protagonistas, la pareja de ancianos interpretada por Jean Louis Trintignant y Enmanuelle Riva, asisten a un concierto, se les ve en un plano medio, entre el público, y a la salida, ella, que es pianista profesional, comenta algunos aspectos técnicos de la interpretación.
Ahora bien, la mayoría del público de los conciertos suele estar constituido por aficionados de criterio musical bastante dudoso. ¿Qué significan en ese caso sus aplausos? ¿Y su opinión? ¿El que digan que una obra ha sido magníficamente ejecutada, o que, por el contrario, denigren dicha ejecución?
A este respecto reproduzco algunas de las opiniones del que fuera afamado director de orquesta Wilhem Furtwängler (1886-1954), extraídas del libro Conversaciones sobre música (Editorial Acantilado), en el que se reproducen sus conversaciones con el crítico musical Walter Abendroth (1896-1973): «Cualquier público ─también nuestro público berlinés, y este, de forma especial, como público típico de gran ciudad─ debe ser considerado en primer lugar como una masa sin voluntad propia, que reacciona a cualquier estímulo de manera desinhibida, como quien dice automática. Su primera reacción puede ser genuina, pero a menudo también puede ser falsa. A eso se añade que esta primera reacción depende tanto de las circunstancias especiales del momento que, poco después, a veces ya no es comprendida por los propios interesados, en este caso el público mismo. Si no, ¿cómo se explica, pues, que no solo la música pura, sino incluso las óperas que más tarde resultan los éxitos más estruendosos y más duraderos, una Carmen, una Aida, una Bohème, etcétera, fracasaran en su primera interpretación? (…) Eso se debe a que con el público todo sucede de forma completamente instintiva, caprichosa, sin plena conciencia. Lo que llamamos “público” de nada tiene una visión menos clara que de sí mismo. Sobre todo para el oyente ─como individuo o como público─ hay una condición previa para poder emitir un juicio realmente válido: ha de tener tiempo. El tiempo es necesario para conocer realmente una obra, sobre todo tratándose de música pura. Resulta difícil pronosticar cuánto tiempo dura el proceso de conocer y comprender una obra o un artista. Puede requerir décadas, toda una vida. Piense usted en Bach, en las últimas obras de Beethoven, también en fenómenos como Bruckner».