EL CADÁVER EXQUISITO DE SAVOLTA

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En Sevilla, en la librería Un gato en bicicleta, un grupo de amantes de la buena literatura, nos reunimos una vez al mes para comentar un libro.

El pasado 14 de marzo le tocó el turno a La verdad sobre el caso Savolta.

La mayoría lo teníamos arrumbado ya en el baúl de los recuerdos, y nos quedamos asombrados al comprobar lo bien que ha resistido el paso del tiempo.

Mendoza tiene una prosa ágil y fresca, saltarina, y en ningún momento decae el interés de la lectura.

Por las fechas en que fue escrito y las circunstancias en que se produjo su publicación, en marzo de 1975, el libro parece un milagro, síntesis de todo lo que se había escrito antes, y plataforma de lanzamiento de lo que vendría después.

Por fin en la literatura española se recuperaba el placer de narrar porque sí, a secas, sin más justificación, y el lector lo agradecía.

En cuanto a nosotros, la verdad es que disfrutamos de lo lindo comentando las peripecias de Leprince, ese sinvergüenza con encanto, cortado con las hechuras del gran Gatsby, de su fiel perro Miranda, versión moderna de Lázaro de Tormes, de la gitana María Coral, que tanto nos recuerda a la Carmen de Merimée, y de todos los personajes que pululan por esa Barcelona de 1917, en plena crisis social, que con tanto acierto recrea Mendoza.

Y al final decidimos jugar un poco. Cada uno de los presentes elegiría al azar una de las frases del libro y con todas ellas juntas se formaría un párrafo, el cadáver exquisito de Savolta.

He aquí el resultado.

No te fíes de mi aparente tolerancia. El jovencito que Nemesio había visto llorar en la jefatura ya no lloraba. No le conozco a él, sino a su careta. Entre el tabernero y Nemesio Cabra Gómez pusieron al beodo en pie. La vida es una lucha sin tregua, ánimo y siempre adelante. Los más habían alcanzado un nivel social mediocre e inamovible del que se mostraban satisfechos hasta reventar. Le garantizó la impunidad y la libre publicidad de cuanto deseara escribir al respecto. Todo se sabe a la larga, ¿quién creería que mi generosidad es desinteresada? Pajarito de Soto tiritaba con las manos en los bolsillos, su gorra de cuadritos y su bufanda gris de flecos ralos. Sin embargo, era un calor ficticio el que me rodeaba.

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SI EL CORAZÓN PENSARA

Al hilo del debate sobre la memoria histórica, tan presente en la política y en la sociedad españolas durante la última legislatura, se han escrito varias novelas.
Yo ya leí en su momento la de Rafael Escuredo, «Te estaré esperando», en la que las dos Españas acaban reconciliadas en una historia de amor entre dos personajes cuyas familias se enfrentaron durante la guerra civil.
Y ahora le toca el turno a la de Antonio Rodríguez Almodóvar, amigo y ex compañero de profesión, «Si el corazón pensara», publicada en 2009.
En ella, una anécdota trivial, la redención de una puta, Rosa la Culona, por parte de Currito Domínguez, un joven perteneciente al bando de los vencedores, le permite al autor, utilizando un tono paródico y grotesco, próximo a Berlanga, y también, a ratos, a Galdós, con sus novelas de tesis, retratar una España negra y llena de claroscuros, en la que, haciendo uso de su derecho a la venganza literaria, los rojos son los buenos y los fascistas los malos.
Por la novela desfilan los más diversos personajes, desde Franco hasta el cardenal Segura, pasando por beatas, jovencitas casaderas y policías del más variado pelaje, y ninguno de ellos se libra de la mirada implacable ni de la pluma incisiva del autor.
Un hilarante informe en el que se relatan con minuciosidad las proezas sexuales de Rosa la Culona, y que irá circulando de despacho en despacho, constituye el hilo conductor de la novela, y pone de manifiesto la hipocresía y grisura de una sociedad que disfruta en privado de lo que en público censura.
No es esta, ni lo pretende, una novela de personajes, sino que constituye más bien un amplio fresco histórico centrado sobre todo en la Sevilla de la época franquista en su etapa más dura y siniestra, si bien a veces el exceso de datos y de documentación se percibe como un lastre en el desarrollo de la narración. En ella, la religión, esa religión oficial representada por curas y obispos adictos al régimen, sale muy mal parada; y en cambio, al sexo, descrito de forma jocunda y jocosa, se le da un papel redentor, siendo Rosa la Culona, la puta de buen corazón, su suma sacerdotisa.
De manera que en su transcurso, los papeles se irán invirtiendo, y Currito, queriendo redimir, acabará él mismo siendo redimido con las mismas armas que quiere combatir, y en su camino de redención irá descubriendo que bajo la superficie apacible de sus días se esconde un cieno que amenaza con tragárselo.
No quiero adelantar nada, pero, pese a las apariencias, esta es una novela de final rotundo, en la que siguiendo los cánones más clásicos los buenos son felices y comen perdices, y los malos, o los que se creen malos, y quieren pagar las culpas de otros, reciben su merecido castigo.
Y colorín colorado…

LIBERTAD

Por fin he acabado de leer «Libertad» (Jonathan Franzen), una novela grande, abarcadora, complejísima, que cumple con los requisitos de la mejor novela de todos los tiempos, dar cuenta del destino humano en el seno de una sociedad concreta, en este caso la norteamericana actual, donde viven los Berglund, Patty y Walter, cuya trayectoria a lo largo de tres décadas se nos narra mediante una brillante disección.
Patty es una jugadora de baloncesto de élite y Walter un abogado conservacionista; ambos se conocerán siendo estudiantes universitarios, y después se casarán y tendrán hijos, y amigos, y vecinos, y parientes, todos ellos puestos bajo el potente foco de la mirada de Franzen, cuya prosa consigue hurgar y sacar a la luz las contradicciones de sus personajes, sus pensamientos más íntimos y sus deseos más oscuros, con el telón de fondo de la América del siglo XXI, la política de la administración Bush, la destrucción del medio ambiente y el negocio de la guerra de Irak.
En esta historia no hay buenos ni malos, cuando crees que un personaje se desliza hacia la mezquindad y la miseria más absoluta, de pronto da un salto que lo ennoblece, y al revés, aquel con el que más te identificas, el que lleva todas las papeletas para ser el guay y el intocable de la película, en un momento dado sufre un revolcón, se coloca en las antípodas, y el lector no tiene más remedio que contemplarlo bajo la óptica más desfavorable.
«Libertad» es una novela de redención, de final nada fácil, pero en el fondo optimista y esperanzador, que supone una apuesta por nosotros, por la gente del siglo XXI, que andamos tan perdidos, con todos los valores cuestionados, en un planeta seriamente amenazado, sacudidos por una crisis económica que se ceba en lo más débiles, y con unas democracias cada vez más frágiles.
Franzen es certero e implacable, no hace concesiones, pero también irónico y amable, cervantino, con un último reducto de comprensión y de esperanza en el género humano.
Es como si dijera, es tan gordo lo que nos jugamos, que aquí o nos salvamos todos o nos perdemos todos, y él prefiere que nos salvemos y apuesta por ello.
¿Podemos hacer algo?
Uno de los personajes se ve envuelto en un oscuro negocio, que consiste en vender unos repuestos inservibles para unos camiones que operan en Irak. Todos saben que es una estafa, el que los compra, el que los suministra, y los intermediarios, pero lo único que importa es que las ganancias son astronómicas. Al fin y al cabo, es el contribuyente el que paga, y en el fondo el que un soldado pueda o no salir con vida de una emboscada es una cuestión irrelevante.
¿Qué hacer? ¿Sirve para algo nuestra libertad?
Son este tipo de cuestiones las que Franzen, mediante una prosa acerada y acertada nos plantea en esta novela.

EL SONÁMBULO DE VERDÚN

La acción de la última novela de Eva Díaz Pérez, «El sonámbulo de Verdún», se sitúa en la primera Guerra Mundial; pero la presencia de una voz narradora que la autora maneja con total desenvoltura, como si fuera una cámara de cine, que acerca y aleja el objetivo, enfoca y desenfoca, hace barridos, flash back y flashforward , permite que el lector se pasee  por casi todo el siglo XX, siguiendo los destinos de los cuatro protagonistas, el soldado checo Jaroslav Smoljak, el periodista de guerra Klaus Weber, el artista plástico Fritz Wolf, y la joven Libuse, unidos por los hilos invisibles del azar.

Aquí no se cumplen las leyes de la física. La voz detiene la bala que está a punto de acabar con la vida de Jaroslav, y no permite que llegue a su destino, hasta habernos contado la historia que nos tiene que contar.

Que empieza en Praga, en el momento en que su madre está dando a luz a Jaroslav.

«Ahora deberíamos dedicar una oda a las mujeres preñadas que están a punto de parir en esos años del fin de siglo. Sencillamente, dedicar un amable homenaje o un torpe recuerdo emocionado al día en el que los ovarios de las mujeres que parieron esta carne de trincheras para la Gran Guerra tuvieron su primer menstruo. Cuando triunfaban las metáforas simbolistas, el vals entraba en la vejez y en los cuadros se introducía el germen de la locura.

Una oda a los úteros de la trinchera.»

Más tarde, Jaroslav demostrará una rara habilidad para desvelar los arcanos del futuro.

También seguimos los pasos de Fritz Wolf, un artista perteneciente a los accionistas vieneses, que noventa  años después de la famosa batalla, se dedica a rastrear los campos de Verdún a la búsqueda de objetos —restos de mochilas, un capote militar, granadas de mano— con los que poder montar una exposición que evoque «el espacio agónico de las trincheras», y a coleccionar tarjetas postales en las que adivinar historias olvidadas.

En Viena, el joven Klaus Weber, que acabará escribiendo para el  Archivo de Guerra, tiene la  facultad de evocar el pasado, incluso el que no ha vivido, y su extraño comportamiento su familia lo atribuye a la influencia de la tía Helga, amante de la teosofía, y apasionada del trasnochado imperio austrohúngaro, que el anarquista  Gavrilo Princip se encargará de hacer saltar por los aires.

Años más tarde, en Praga, La joven Libuse vive  en una casa habitada por antiguos fantasmas, en la que, a veces, en cualquier rincón, se encuentra con trozos sueltos de hilo que forman figuras extrañas y que parece que suspiran;  un cuaderno descubierto en el fondo de un baúl le revela viejas cartografías de la ciudad fantasmagórica y soñada, llena de pasadizos secretos.

Y siguiendo las peripecias de estos personajes, nos paseamos por el  puente de Carlos, el barrio de Mala Strana, la Viena de Sissi, y las trincheras de Verdún, y  nos encontramos con Kafka (la pena es que ese día no ha podido ir a la oficina, porque está enfermo, con los primeros síntomas de la tuberculosis que lo matará), y con Freud, de cuya consulta una paciente sale escandalizada, y con el corresponsal de guerra  Stefan Zweig, y con Rilke,  y con Elías Canetti, y con los dadaístas, en una Europa que es un hervidero de sinrazón y de cultura.

Porque en este recorrido también nos toparemos con Hitler, un señor bajito y con bigote que se anexionó Checoslovaquia y que creó campos de exterminio y clínicas como Harthein, donde se practicaba la eutanasia, y con los brigadistas de la guerra civil española, y con el régimen comunista, y con la primavera de Praga, y con Jan Palach.

Pero como la voz tiene la facultad de pararse donde quiere, de contarnos unas cosas y de omitirnos otras, a veces se detiene en anécdotas hilarantes como la de un piojo que acaba aplastado entre los dedos de un soldado, o la de una carcoma noble a la que su dueña se preocupa de proporcionar el alimento adecuado a su categoría.

Y a fecha de hoy, cuando  Verdún no es más que reclamo turístico donde en verano se recrea la batalla en un espectáculo que cuesta 20 Euros por persona, Eva Díaz, utilizando el arma que más a mano tiene, la palabra, ha decidido «mancharse con el barro de la guerra», y por el mismo precio, mostrarnos con mirada lúcida ese escenario del horror que recorremos atentos y emocionados, con la esperanza, puede que teñida de escepticismo,  de que nada de eso se vuelva a repetir.

 

SIN NOTICIAS DE ACUARIO

En el Otoño de 1973, después de haber cursado los dos años  de comunes en la Facultad de Letras de Sevilla, decidí  marcharme a Madrid a estudiar periodismo, carrera que ni siquiera empecé por razones que no vienen al caso.

Todavía recuerdo el tren en el que solía viajar, que salía por la noche de la estación de Plaza de Armas, y llegaba a Madrid con las primeras luces del amanecer, después de haber atravesado el típico paisaje desolado de la entrada de todas las ciudades, con bloques de piso desperdigados, plantados en medio de no se sabe qué,  y construcciones industriales.

Era la primera vez que salía de casa.

Estando allí, un día me llamó mi madre muy alarmada porque una de mis hermanas, la que me seguía inmediatamente, había desaparecido de casa y  hacía varios días que no sabía nada de ella. Su desaparición había sido denunciada y la policía de medio país andaba  buscándola.

Al cabo más o menos de una semana, por fin se tuvo noticias de ella. Junto con otros jóvenes, todos con pasaporte falsificado, se había escapado a Houston, a una concentración de seguidores del  Guru Maharaj Ji, el líder espiritual de una especie de secta oriental (los iniciados se llamaban premies), que prometía el conocimiento.

Por aquellos días, estos hechos constituyeron noticia en la prensa nacional, y por lo que a mi familia respecta, la espera fue angustiosa y recuerdo que mi madre se pasaba el día llorando y enseñando fotos de su niña a todo el que llegaba.

Después, a su vuelta, mi hermana siguió perteneciendo a esa secta durante un tiempo,  y adoptó hábitos de vida extraños para nosotros: se volvió vegetariana, practicaba la meditación en la posición de flor de loto,  envuelta con una manta, y su vocabulario también era raro, con términos como ashram  y mahatma, hasta que se cansó.

Hoy día, casi cuatro décadas después, su escapada ha quedado reducida a una anécdota más entre las mil que constituían el día a día de una familia numerosa como la nuestra.

Hace varios años, coincidí con Reyes García Doncel en un curso de la UNIA.

—Estoy escribiendo una novela  —me dijo—. Es la historia de una adolescente en la época de la transición, su aventura personal, paralela al proceso de cambio político que el país vivía por aquellos años. Salida de una familia franquista y de un colegio católico, en su proceso de búsqueda se hará del Guru Maharaj Ji y se marchará con un grupo de adeptos a reunirse con él en Dinamarca; y después pasará por otro tipo de experiencias, el mundo de la facultad, las manifestaciones, hasta que al final descubre el amor.

Me confesó que, quizá por ser su primera novela, la historia tenía mucho de autográfica, y así descubrí que ella, como mi hermana, en su juventud, también había pertenecido al Guru.

—¡Qué curiosa casualidad! —Me dije—, ¡la de vueltas que da la vida!

La novela de Reyes se llamaba “Sin noticias de Acuario”, y  después de acabarla, la editorial Paréntesis se interesó  por ella, y la ha publicado hace unos meses.

Por supuesto que, gracias a su prosa ágil y amena, me la leí enseguida, lo cual me dio oportunidad de contemplar aquellos años desde un punto de vista diferente, y, aunque sea a toro pasado, de comprender mejor a mi hermana.

Por lo demás, el tiempo ha ido limando diferencias y acercándonos a todos: ellas dos se desengañaron pronto de ese mundo de felicidad que les prometía el Guru, y los que entonces vivíamos la política con ilusión hoy lo hacemos con hastío.

Mi hermana acabó siendo profesora de instituto, aunque hace tiempo que lo dejó y ahora reparte su tiempo entre la cerámica y el campo. Reyes es madre, profesora de instituto, y además escribe; y yo también me dedico a la enseñanza, soy madre, y además escribo.