UNA ENTREVISTA

PROFESOR DE SOUSA

Pues sí, entre col y col, lechuga. Y entre tanta reseña de libro y reflexión literaria hago un alto para dejar el enlace de la esclarecedora entrevista que aparece hoy en el diario digital Público a Boaventura de Sousa Santos, doctor en Sociología del Derecho por la Universidad de Yale, y catedrático de Sociología en la de Coimbra, que está este fin de semana en Madrid con la Universidad Popular de los Movimientos Sociales (UPMS), donde se reúne con diversos colectivos y movimientos sociales y académicos de distintos países para reflexionar sobre la maltrecha democracia europea, y ver cómo se puede recomponer. El entrevistado es un indignado de peso, y sus reflexiones dan mucho que pensar, en la medida en que explica el por qué de esta crisis, que no es tal, sino un ataque premeditado y en toda regla a la democracia, al estado del bienestar, y a los eslabones más débiles del sistema capitalista. Y ahora lo que toca es encontrar soluciones.

http://www.publico.es/internacional/457290/el-euro-fue-una-de-las-formas-por-las-que-el-neoliberalismo-entro-en-europa

EL REPORTERO IMPECABLE

En estos días, se publica en España, por la editorial Alfaguara, “Vida de un escritor”, el último libro del afamado reportero norteamericano Gay Talese, considerado por Tom Wolfe el padre del Nuevo Periodismo. Gay echó los dientes entre costuras, en la sastrería que su padre, nacido en Calabria, tenía en Nueva Jersey, en el barrio de Ocean Drive, donde confeccionaba ropa a medida mimando hasta el más mínimo detalle para que el resultado final fuese impecable. Los clientes entraban y salían, y, entre prueba y prueba, hablaban de sus cosas, de la madre que había perdido a un hijo en la guerra, o del precio imposible de la mantequilla, de las que Gay, que a la vuelta del colegio hacía de chico de los recados, se iba empapando. Más que la Universidad, esta fue la escuela donde él afinó y refinó su espíritu de observación, la que determinó que pasado el tiempo se convirtiera en un periodista al que le interesaba más lo que se cocinaba en la trastienda y lo que no se ve, que las grandes noticias destinadas a los titulares. En un combate de boxeo, antes que al boxeador, él prefiere entrevistar al tipo que toca la campana anunciando el fin de cada asalto, que es el que ha presenciado decenas de éxitos y de derrotas, y el que sigue allí cuando el público se marcha y se apagan las luces; y en las estrellas, ya sean del deporte o de la música, solo repara cuando ya están fuera del foco de la actualidad; por cierto que Gay jamás utiliza grabadora. Por lo demás, su prosa es brillante, de altos vuelos, y al igual que Truman Capote convirtió una crónica periodística en una novela en “A sangre fría”, cada artículo suyo alcanza la categoría de relato literario. Su elegancia es proverbial. «Somos periodistas, vamos en busca de la verdad, hacemos un trabajo importante. Tenemos que respetar el ceremonial de las cosas importantes. Hay quien pensará, viéndome vestir así, que soy un viejo loco, pero yo para trabajar de periodista me visto como si fuera a una boda o tuviera mi primera cita con una chica bonita.» En cierta ocasión, la revista “Esquire” le hizo el encargo de realizar un perfil de Frank Sinatra, personaje al que nunca pudo entrevistar y al que siguió durante tres meses, después de los cuales escribió “Frank Sinatra está resfriado”, reportaje que es hoy todo un clásico del periodismo.

http://es.scribd.com/doc/26113721/Frank-Sinatra-esta-resfriado-PDF

MASACRE EN HOMS

Dos periodistas occidentales, Marie Colvin, del diario británico Sunday Times, y el fotógrafo francés Remi Ochlik, han muerto en el asedio del ejército sirio a la ciudad de Homs (al parecer, tenían órdenes de disparar contra el centro de prensa improvisado desde el que retransmitían sus noticias), asedio que dura ya desde el 3 de febrero, y que se ha convertido en una auténtica carnicería, con centenares de víctimas civiles.
Y por fin Sarkozy se ha atrevido a decir “¡basta!”, y Cameron también se ha enfadado un poquito, y han llamado a consulta a los embajadores sirios en Francia y Reino Unido, aunque seguro que ni se han tirado los trastos a la cabeza ni ha llegado el agua al río.
Al fin y al cabo, Bachar el Asad es el niño mimado de los rusos, que a cambio de que les deje su base de Tartús, le dan armamento y mucho más, todo lo que quiera, y nadie se atreve a pararlo.
Y hasta que alguien lo haga, seguirá la masacre.
Dejo un enlace con un reportaje sobre Marie Colvin.
http://www.rtve.es/alacarta/videos/telediario/marie-colvin-otra-victima-mas-del-periodismo-guerra/1330141/

LEYENDAS URBANAS

Hay una escena en «Solar», en la que cuando su protagonista, Michael Beard, en uno de sus frecuentes vuelos, se dispone a comerse un paquete de patatas, un joven que viaja a su lado, sin decirle nada, empieza a meter la mano en la bolsa y a cogerle patatas, y él ni siquiera protesta, perplejo y un poco atemorizado por la mirada del joven y por su evidente superioridad física; así que comparten el paquete y se lo acaban entre los dos, y solo cuando sale del avión, Michael descubre el suyo en su bolsillo, con lo que resulta que él es en realidad el que ha importunado al joven (que en realidad era un bendito), y se ha comido sus patatas.
Más tarde, Michael, durante una conferencia, con la finalidad de ganarse a un público algo reticente, cuenta la anécdota que acaba de protagonizar, pero alguien se permite poner en duda su veracidad, acusándole de habérsela inventado, porque es la típica leyenda urbana con moraleja.
Milagros Pérez Oliva cuenta hoy en la sección «Tribuna» de El País, cómo, gracias a las redes sociales, un artículo de Rosa Montero escrito en 2005 titulado «El negro», se ha situado en elpais.com., en la lista de «Lo más visto».
En dicho artículo se cuenta una historia parecida a esta, solo que, en vez de en un avión, los hechos tienen lugar en un comedor universitario donde una joven cree que le está haciendo un favor a un chico negro al dejarle compartir su comida, cuando lo cierto es que es ella la que se está zampando la de él. El problema es que, al final, con una gran dosis de ingenuidad, la autora afirma que la historia es auténtica, cuando en realidad pertenece al género de las leyendas urbanas (urban legend), que circulan por diferentes países en diferentes versiones, y que en inglés se denominan también FOAF (friend of a friend tales: historias del amigo de un amigo), porque todas nos llegan contadas por un amigo al que a su vez se la ha contado otro amigo que dice que eso le ha ocurrido de verdad.
Al parecer, al mismo McEwan le sucedió algo similar, cuando leyó una historia en un festival literario, y después tuvo que disculparse porque la historia era una variante de otra de Douglas Adams, la cual, a su vez, también contaba con antecedentes (desconozco si es la misma con la que puede que se autoparodie en «Solar»).
En cuanto al artículo de Rosa Montero, ocurre que, para rizar más el rizo, está reproducido también en un libro de texto de 2º de Bachillerato de la editorial Algaida, y yo lo he comentado en clase con mis alumnos, porque me parecía una historia de racismo, fácil de entender, y con moraleja incluida.
A ellos les gustó.
Y también a la gente, porque en las redes ha tenido hasta 46.000 recomendaciones (por cierto que en youtube se puede ver el estupendo corto del mismo tema, premiado con la Palma de Oro en Cannes en 1990, y con un Óscar al mejor corto en 1991, «The lunch date», de Adam Davidson).
Así que me estoy planteando escribir yo también aquí una de esas leyendas urbanas, a ver si así se me dispara el número de visitas; cualquiera de ellas: la de la autoestopista fantasma, o la de la familia que viaja con un familiar muerto a bordo, o la de la criogenización de Walt Disney. Todas me parecen divertidas y fascinantes.
Se admiten opiniones.

LAS MUJERES, EL TABACO Y LA LITERATURA

(Extracto de un artículo de DUVRAVKA UGRESIC, escritora serbia, aparecido en LE MONDE DIPLOMATIQUE en Septiembre de 2005)

 

En una vieja película soviética, El 41, inspirada en la novela de Boris Lavreniev del mismo título, hay una escena que me hace pensar. La película cuenta la historia de una joven y valiente soldado del Ejército Rojo que ha capturado a un enemigo, un seductor oficial de la Guardia Blanca. Están allí, en una cabaña en pleno desierto, esperando el regreso de la unidad de la joven. La soldado del Ejército Rojo, cuyo gran corazón es refractario al dogmatismo, se enamora de su encantador enemigo ideológico. En un momento, a su compañero le falta papel para liar un cigarrillo. Generosamente, ella le da a su prisionero el único objeto precioso que posee: una modesta libreta donde ha anotado algunos versos. El oficial blanco envuelve su tabaco en la poesía de  la soldado y la hace desaparecer insolentemente en forma de humo, ante la mirada estupefacta de los espectadores.

¿Podemos imaginarnos la situación contraria? No. Porque la escena en cuestión, por ingenua y conmovedora que sea, representa mucho más que una escena cinematográfica; es el resumen metafórico de la historia de las letras femeninas, de la relación de las  mujeres con su propia creatividad, así como de la relación de los hombres con la creatividad de sus compañeras.

A lo largo de toda la historia, los hombres han reducido a cenizas las aspiraciones literarias de las mujeres, y las mujeres se han sacrificado por la literatura. De hecho, la literatura solo se ha mantenido, en los momentos más sombríos de su historia, gracias a las mujeres. Recordemos por ejemplo a Nadejda Mandelstam, que memorizaba obstinadamente los versos de Ossip. De esa manera ella salvó muchos poemas de Mandelstam, a pesar de que en aquel mismo momento, el poderoso dedo de Stalin se apoyaba sobre la tecla Supr.

Recordemos a todas esas esposas, amantes, amigas, adoradoras, traductoras, acompañantes, donantes, mecenas, copistas, mecanógrafas, correctoras, dedicadas editoras, prudentes negociadoras y agentes literarias, ardientes y dulces colaboradoras encargadas de llenar las pipas de los escritores y de limpiar su despacho, cocineras solícitas, valerosas archiveras o bibliotecarias, lectoras apasionadas, confiables guardianas de manuscritos, esfinges vivientes en los templos funerarios de la literatura, limpiadoras en los museos de escritores que hacen relucir los bustos augustos y aspiran el polvo acumulado sobre las obras completas, frenéticas creadoras de fundaciones que se proponen la difusión de los libros de poetas vivos o  muertos. Sí, recordemos a todas esas mujeres.

Expresándolo en el lenguaje de la informática, las mujeres han almacenado a lo largo de toda la historia los textos literarios mientras los hombres los suprimían. ¡Cuántos hombres —dictadores, magnates, censores, locos, pirómanos, jefes de ejércitos, emperadores, líderes— han profesado un odio implacable a lo escrito! Si alguna vez le ha sucedido a una mujer envolver un pescado fresco en los versos de un poetastro, ¿qué es eso al lado de todos los libros que se hicieron quemar bajo el reino del emperador chino Ching Huan Ti? Si alguna ha forrado su molde de tartas con un papel sobre el cual estuviera escrito un poema, ¿qué es eso al lado de las toneladas de manuscritos destruidos por el KGB? Si alguna ha utilizado un libro para encender el fuego en la chimenea, ¿qué es eso al lado de la humareda de libros arrojados en las hogueras nazis? Si alguna de ellas ha utilizado las páginas de una novela para limpiar los cristales, ¿qué es eso al lado de las cenizas de la biblioteca de Sarajevo incendiada por los obuses de Karadzic y Mladic?

¿Es posible pensar en el cuadro inverso? No, porque resulta completamente impensable. A lo largo de la historia, las mujeres han sido lectoras, pequeñas moscas que se dejaban atrapar en el anzuelo de lo escrito; las mujeres siempre se han alineado al lado de lo público.

(…)

Digamos que la historia de las mujeres, de los libros y del humo es una e indivisible, iba a decir, común. Solo los libros y las mujeres ardieron en las hogueras de la inquisición. Estadísticamente, los hombres no cumplieron más que un papel desdeñable en las cenizas de la historia. Las brujas (mujeres instruidas) y los libros (fuente de conocimiento y de placer) han sido proclamados, cada vez que ha parecido necesario en la historia de la humanidad, obras de Satán. Y el ciclo se cerró con el suicidio metafórico de Sylvia Plath, que puso fin a sus días metiendo la cabeza en el crematorio doméstico, el horno, réplica que recuerda el infierno.

Evoquemos, para terminar esta triste historia, un ejemplo más alegre, también ruso. Una madre moscovita estaba muy inquieta por su hijo, no sin razón: su hijo era un excelente alumno, un amante de la literatura que idolatraba a Pushkin, etc. Sin embargo, esta madre temía que se drogara, para ella el mal supremo, de manera que revisaba regularmente sus bolsillos. Y terminó por encontrar lo que buscaba: un pequeño trozo de una sustancia marrón oscuro, cuidadosamente envuelta en papel de aluminio. En lugar de destruir su funesto descubrimiento, esta buena mujer prefirió probar ella misma los efectos de la droga. Aunque no tenía ninguna experiencia en ese ámbito, logró mal que bien fumarse el porro. La aparición de su hijo en el marco de la puerta la arrancó del suave entorpecimiento que comenzaba a experimentar.

—¿Dónde está mi pequeño terrón?  —preguntó el hijo.

—Me lo fumé —respondió ella alegremente.

Ese terroncito no era hachís, como su madre había creído, sino tierra presuntamente proveniente de la tumba de Pushkin, una reliquia sagrada para el hijo. La buena mujer se había fumado a Pushkin, vengando sin saberlo a la generosa soldado del Ejército Rojo a quien un presumido le había transformado los versos en cenizas. Esta mujer anónima, sin saberlo, tal vez escribió, sin saberlo, una nueva página, revolucionaria, de la historia de la literatura. Digo tal vez. Sea como fuere, ¡muchas gracias!