AMOR A PRIMERA VISTA (A BÁRBARA Y GERMÁN)

Un bombero sujeto con un arnés se desliza en vertical por la fachada de un bloque de pisos, y en uno de ellos, a través de una ventana, descubre a una adolescente que baila en ropa interior; es una visión fugaz, también la de ella, que se sobresalta, un hombre araña pegado a su cristal, pero a él le ha gustado la chica, su piel morena, sus hombros finos, su insinuante forma de bailar, y decide que tiene que conocerla.

Después, no para hasta encontrarla y entablar con ella una relación.

Esta historia es real. Sus protagonistas hoy son pareja y están viviendo juntos.

Primero me llegó de oídas, y nada más escucharla me pareció fantástica, más novelesca que real, conocer al que será el hombre de tu vida como una especie de ángel volador que te sor.prende mientras te mueves al ritmo de la música en la intimidad de tu habitación.

A la chica me une un lejano parentesco, y cuando hace poco, en la celebración de un evento familiar, tuve oportunidad de pasar un rato con ella, me faltó tiempo para preguntarle por la veracidad del relato.

Me la confirmó. En efecto, así había sido.

Y desde aquel día, él se apostó cada tarde en el portal de su vivienda hasta verla aparecer.

Sin embargo, en la versión que yo he fabricado para mí, imagino que el joven, aunque fascinado por ella, no pensó ni por asomo en buscarla, porque, a pesar de no carecer de encanto ni de seguridad en sí mismo, dudaba de su reacción cuando lo viese.

Pero una noche en que salió de marcha los ojos se le fueron detrás de una morena que bailaba sin parar sobre la pista de una discoteca, y aún no le había dado tiempo a reaccionar cuando ella, reparando  también en su presencia,  se acercó a preguntarle si era a eso a lo que se dedicaba en sus ratos libres, a descolgarse por los edificios para espiar jovencitas.

Entonces él le dijo que le debía una explicación y que la invitaba a una copa. Ella aceptó y ahí empezó todo.

UN AMIGO

Su amiga llevaba ya algún tiempo hablándole de ese tipo, que lo tienes que conocer, que merece la pena. Se lo presentó un día que llovía a mares, y él le dio un fuerte apretón de manos y la miró con cierta curiosidad. Después, para celebrarlo, las llevó a las dos a un restaurante de la otra punta de la ciudad en su viejo coche de asientos desvencijados llenos de carpetas. Era periodista, y en todo el trayecto no paró de hablar. Ella pensó que le gustaba lucirse, y que a lo mejor era esa la única razón por la que la había invitado, porque lo cierto es que desde el primer momento tuvo la impresión de que sobraba; así que, alegando una cita, no tardó en marcharse. Después, alguien encontró la factura del restaurante dentro del coche, y de esta manera se pudo llegar a averiguar que ella había comido con ellos, y que los había dejado a las cuatro. El accidente ocurrió a las ocho, así que habían tenido tiempo de sobra de emborracharse. En el entierro, el marido de su amiga ni siquiera la miró.

UN AUTOR DE ÉXITO

Hoy he ido al banco para solucionar un asunto relacionado con mi hipoteca, y estaba esperando que un empleado me atendiera, cuando de pronto te he visto aparecer, inconfundible, tu mechón de pelo rebelde sobre la frente, tu apresurado aire más de hombre de negocios que de artista o intelectual. No me apetecía saludarte, así que aprovechando la circunstancia de que el edificio del banco ocupa la planta de un antiguo palacio con un patio central rodeado de columnas de mármol, me he ocultado tras una para observarte; y, no sé por qué, como si tu presencia me facilitara su evocación, de repente empecé a acordarme de papá, y me puse a pensar si en su momento no te elegiría por verte como un pálido reflejo suyo, y si no sería eso lo que nunca me perdonaste. Porque tú nunca has admitido los términos medios, y exigías de mí una admiración única y sin fisuras. Al fin y al cabo, habías llegado a ser un escritor de éxito, uno de los más vendidos, mientras que papá, con solo dos poemarios, hoy inencontrables, no pasaba de ser, según tú, un poeta de segunda fila. Pero es que él nunca quiso publicar, y optó por mantenerse al margen de la literatura oficial, rehuyendo las tribunas, presentaciones de libros, o conferencias; y aún así, ahora que se empieza a despertar el interés por la literatura de aquellos años, ya son varios los investigadores que me han llamado para que les permita consultar sus archivos, si bien yo aún no me decido a sacarlos a la luz. Por cierto que tú, que aun a costa de escribir mala literatura, desde el principio decidiste saborear las mieles del éxito, ya te has apresurado a crear una fundación que gestione tu legado, un proyecto perfectamente acorde con tu vanidad. Pero a papá nunca se le ocurrió pensar que lo que él escribía pudiera interesar a nadie, y además ya sabes que a él el campo, la administración de las fincas que había heredado, y que nos daban de comer, lo traía de cabeza, y se pasaba el día en el Land Rover, yendo de un sitio a otro, controlando y organizándolo todo, la siembra, la poda, las cosechas, y solía volver tarde a casa, cansado y de sombrío humor. A veces, en vacaciones, me llevaba con él, y me invitaba a desayunar en el bar de Luis, en la plaza del pueblo, y dejaba que el capataz me subiera en el tractor, y después nos íbamos a ver los árboles cargados de naranjas, y jugábamos a calcular los kilos que tenían. Nunca lo vi renegar, pero ni siquiera la ocasional perspectiva de una excelente cosecha, parecía entusiasmarlo, y yo sabía que con lo que disfrutaba de verdad era con sus libros y con sus papeles. Nuestro piso era pequeño, y mi infancia transcurrió con el martilleo del ruido de fondo de su máquina de escribir. En ocasiones lo visitaba algún amigo, y entonces se pasaban hasta las tantas bebiendo güisqui, fumando, y hablando de literatura; y en cuanto a mí, mamá me mandaba a la cama enseguida, y, aunque a regañadientes, no tenía más remedio que obedecerla. Después, nada más entrar en la facultad, me puse a colaborar en la revista literaria que tú dirigías. Fuiste entrando en mi vida poco a poco. Desde el principio te miré con buenos ojos, tus versos me parecían los mejores, y supe que llegarías lejos; y más tarde, cuando me besaste por primera vez, y me confesaste lo colado que estabas por mí, te correspondí con toda mi pasión. Por aquella época, venías mucho a casa, y te gustaba hablar con papá, le pedías consejo, escuchabas sus opiniones, y ponías los cinco sentidos en todo lo que te decía; pero después empezaste a distanciar tus visitas, y sobre todo a darles un tono frío y ceremonioso, como si su conversación te hubiera dejado de interesar, lo que no me extrañó porque él se estaba volviendo cada vez más melancólico y menos expresivo, y ya, ni siquiera mi presencia le hacía feliz. Había tardes en que se acercaba a la tertulia de un café cercano, y en más de una ocasión mamá, sabiendo lo mal que le sentaba la bebida, me mandó a buscarlo con el pretexto de que ya era muy tarde. Lo curioso es que nunca protestó al verme aparecer; se levantaba de su silla, decía buenas noches, y regresábamos juntos sin despegar los labios en todo el camino. Yo creo que tu mediocridad, él la caló desde el principio, aunque después, cuando le preguntaba me decía que sí, que parecías un joven brillante y con mucho futuro. Supongo que conociéndome como me conocía, y viéndome tan ciega, prefirió dejar que fuera yo la que con el paso del tiempo te fuera descubriendo y me desengañara. Tan solo una vez, aquella en que me dijiste que me ibas a llevar contigo a un congreso de jóvenes autores, y después me dejaste plantada, le escuché temblando de rabia contenida decir entre dientes so cretino. No tardaron en llegarme rumores de que al congreso habías ido acompañado de una periodista que no te dejaba ni a sol ni a sombra. Me puse celosa. Me enfadé. Te lo dije. Pero tú te limitaste a aconsejarme que no hiciera caso de habladurías. Y en esas, ¡qué bien te vino que papá se muriera de repente! También, como de todo, de eso me di cuenta mucho más tarde. Asegurabas que era una tontería conservar las fincas, que nosotros no entendíamos de campo y que era mejor invertir en otras cosas. En otras cosas que pagamos con mi dinero y que después pusimos a nombre de los dos. Y lo de la periodista fue solo el comienzo de tu larga serie de aventuras, Maite, Paloma, Silvia, Guadalupe, Leticia. Perdí la cuenta. Mientras más éxito tenían tus libros y más crecía tu popularidad, más seguro te sentías y menos disimulabas Al principio ponías excusas, hasta que dejaste de ponerlas. Pero eso ya es agua pasada. Un día tropecé con una revista que papá había dejado abierta sobre su mesa con la reseña de un libro subrayada. Sentí curiosidad, y vi que se trataba del Epistolario de Cernuda. Le daría una sorpresa, se lo regalaría. Fui a una librería y aún no lo tenían, tardaría varios días en llegar. Cuando lo recogí ya era tarde, porque a él le había dado un infarto, y se lo habían llevado al hospital. Allí, en la Uvi, entubado, duró una semana, y después de enterrarlo mi vida empezó a girar deprisa, muy deprisa, sin que yo pudiera hacer nada para detenerla. Vendíamos, consultábamos planos, comprábamos, discutíamos, y no soportabas mis lágrimas ni mi tristeza. En estas se me olvidó el libro, hasta que al cabo de los meses me dio por abrirlo, y entonces vi con sorpresa, porque papá nunca había mencionado esa correspondencia ni yo tenía idea de que existiera, que era él el destinatario de tres cartas fechadas en 1960, y que en ellas Cernuda lo llamaba mi joven amigo, y manifestaba su deseo de conocerlo. Cuando te lo comenté emocionada, tú te limitaste a decir con tu característico tono zumbón que a ver si ahora iba a resultar que tu suegro era maricón. No te imaginas cuánto te odié en ese momento, ni el asco que me diste. A pesar de todo, tomaste buena nota, y en su momento te las apañaste para quedarte, o mejor dicho robarme, los manuscritos de esas cartas. Sí, tú no admites que los tienes, pero yo no te creo, y sé que acabarás inventándote cualquier estratagema para decir que son tuyos y añadirlos a los archivos de tu fundación. Así que hoy, cuando te he visto en el banco, no te he querido saludar. A pesar de todo, he tenido un pequeño sobresalto, como si fuese papá el que venía hacia mí, convertido en el autor de éxito que nunca quiso ser, o en el que puede que a mí me hubiera gustado que se convirtiera.

ESE SUTILÍSIMO HILO

Ven, ¿me acompañas a la bodega a coger unos vinos? Estábamos en casa de Juanlu y Bea, celebrando que ella había aprobado por fin su oposición. Accedí. Y desde la cocina, donde todos nos demorábamos echando una mano con los preparativos de la cena, Juanlu me condujo, bajando una escalera de caracol, y después a través de un pasillo, hasta una pequeña habitación cerrada con llave. Una de las paredes estaba llena de polvorientas botellas, y sobre la de enfrente reposaban un montón de cajas apiladas. La luz era mortecina. Nada más entrar, intentó besarme. Sabes que estoy loco por ti. La verdad es que me pilló desprevenida. Hacía tiempo que no nos veíamos, y yo no me podía imaginar que él volvería a las andadas. Tan tonta como siempre. Me escabullí como pude escaleras arriba. Entré precipitada en la cocina, con una botella en la mano, y Bea me miró con suspicacia, o al menos eso me pareció. El resto de la velada transcurrió bien. Las mujeres hablamos de blogs de cocina y de recetas, y los hombres de fútbol. Después ayudamos a recoger, y nos fuimos pronto. De vuelta a casa, Guillermo puso la radio, y durante todo el camino permanecimos en silencio. Al llegar, nos acostamos enseguida, estábamos muy cansados y al día siguiente había que trabajar. Recuerdo que me desperté pensando en Rubén. Quizás por eso, en el coche, camino de la oficina, di ese pequeño rodeo para pasar por delante de su despacho, por si lo veía. Sería telepatía, no sé, pero lo cierto es que él ese mismo día me llamó. Quedamos en un bar cerca de los juzgados, y a medida que se iba acercando la hora de la cita me iba poniendo en tensión, y me entró esa especie de azoramiento que él no tarda en reconocer y que tanto le divierte. Después, nada más verme me abrazó con vehemencia y me dijo en su estilo particular haciendo aspavientos y con ojos asombrados qué guapa estás y no he parado de pensar en ti. Y yo temblaba y no me atrevía a hablar por miedo a que se rompiera ese sutilísimo hilo que nos une.

SEGÚN SE MIRE

Marta es la profesora de Juan, un amigo de su hijo Alberto. Juan opina que Alberto es afortunado por tener una madre así, guapa y simpática. Alberto, sin embargo, considera a su madre una gruñona que está todo el día riñéndole, porque según ella no estudia lo suficiente, y porque siempre lo deja todo por medio y no recoge nada. Y en cuanto a su físico, la verdad es que está acostumbrado a su presencia, y que nunca se ha parado a pensar en que otros la pudieran considerar guapa.
Blanca es una esposa ejemplar; trabaja como economista en un banco, acude al gimnasio con regularidad, y por las tardes va a recoger a sus hijos al colegio y les ayuda a hacer los deberes. Tiene un buen grupo de amigas con las que se reúne de vez en cuando a tomar café, y los fines de semana los dedica a su familia. Su marido la ve como demasiado fría, cerebral, y controladora; aprende a relajarte, déjate ir, le dice a veces. Pero lo que él no sabe es que ella tiene un amante con el que se reúne a las horas más insólitas y en los lugares más insospechados, y que su amante la considera un volcán de pasión.
Unas cámaras del metro captaron cómo un hombre caía a las vías y era atropellado por un vagón. En cambio, otras, desde otro ángulo, pudieron captar la imagen de alguien que empujaba al hombre, con lo que se supo que el atropello no había sido un accidente sino un crimen, y enseguida comenzaron las pesquisas para localizar a los sospechosos.
Cada día al acostarse, Berta oye, a través del tabique de su dormitorio, los gritos y discusiones de la pareja de al lado. Es una lata, porque no la dejan concentrarse en la lectura, y hasta que no cesan no puede coger el sueño. Pero un día los gritos suben de tono, Berta presta más atención, y escucha claramente una voz masculina amenazante, y otra femenina que solloza, y repite no, no, y suplica no lo hagas. Después, por fin, la noche queda en silencio. A la mañana siguiente, el portal de su casa está lleno de periodistas, y la puerta del piso de al lado precintada. Hace un momento han sacado el cadáver de la chica que vivía allí, una ecuatoriana que, según han dicho por la radio, vivía con un policía retirado. Ahora ella piensa con remordimiento en los gritos que escuchó. Quizás si hubiese hecho algo, llamar a la policía, o aporrear la puerta del vecino, podría haber evitado la tragedia. Pero, ¿cómo podía adivinar la gravedad de la situación, acostumbrada como estaba a los gritos y las palabras subidas de tono de la pareja? Además, seguro que, si lo hubiera intentado, nadie la habría tomado en serio, y a lo sumo, la policía le habría sugerido que se presentara al día siguiente a formalizar una denuncia en un juzgado de violencia de género. En este país las cosas son así. A la hora de la verdad, siempre te topas con la burocracia; y además, la gente es muy individualista y muy poco dada a meterse en las vidas ajenas. Y así, poco a poco, se va convenciendo, y mientras más lo piensa, menos culpable se siente.

ENCUENTRO EN PRAGA

Yo tenía mucha ilusión por conocer Praga, pero al principio pensé que aquel viaje había comenzado con mal fario. Primero, el numerito de la cazadora. Que la pava de mi hermana se la había dejado en el control de la policía con dinero y tarjetas de crédito en el bolsillo, y tuvimos que volver a buscarla, y afortunadamente la encontró, pero cuando nos vinimos a dar cuenta, porque yo no la había querido dejar sola, y la seguí tambaleante sobre mis tacones por todo el aeropuerto, íbamos ya completamente retrasadas, fuera de hora, tanto que por poco no nos dejan embarcar; y cuando por fin pudimos ocupar nuestros asientos a mí parecía que me iba a dar una congestión, con el corazón latiéndome descompasado y un sudor frío que me traspasaba, y además el resto de los pasajeros nos dirigía miradas asesinas que nosotras pretendíamos ignorar, como si no supiésemos de qué iba la cosa o ignorásemos ser las responsables del retraso de casi media hora en la salida del avión. Yo tenía mis razones para estar muy irritada con Gabi, porque siempre me hacía lo mismo, me convencía para que le hiciera un favor o la secundara en algunos de sus proyectos, y después iba a la suya y pasaba veinte pueblos de mí. Ya antes de salir, el taxi había tenido que esperarla un buen rato, y cuando por fin logró acomodarse a mi lado en el asiento trasero, me puso la mejor de sus sonrisas y me dijo lo bien que lo íbamos a pasar y lo contenta que estaba de viajar conmigo, y ni se disculpó por el retraso.
Nada más llegar al hotel me di una buena ducha. Te espero en el bar, me dijo ella. Y cuando bajé me la encontré en la barra con una copa de Moët Chandon entre las manos; al fondo, casi en la penumbra, un pianista que en nada se parecía a Adrien Brody tocaba un nocturno de Chopin. Le dije que eso le iba a costar un riñón, y ella se limitó a recordarme que habíamos estado en un tris de perder el vuelo y que era un milagro que estuviésemos allí. La verdad es que hubo un momento en que yo lo había dado todo por perdido y en que no hubiera apostado un duro por la posibilidad de que esa noche durmiésemos en Praga. Pensé que tenía razón, y que había que celebrarlo, así que bajo la luz tenue de los apliques que salpicaban las paredes brindamos por nuestra estancia en esa bella ciudad. Se estaba bien allí, dejándose arrullar por la música de acordes suaves y apasionados. Todavía estábamos en febrero, y, aunque era temprano, fuera empezaba a anochecer. Después de todo, parecía que al final el día empezaba a enderezarse. Pero ella eligió ese preciso momento para decirme que estaba esperando a Andrés, que llegaba en otro vuelo. Di un respingo. Supongo que no pude disimular ni mi sorpresa ni mi desagrado, porque la verdad es que Andrés, el tipo con el que mi hermana salía desde hacía dos años me caía francamente mal, era la persona más interesada y pedante que conocía, y encima Gabi me había vuelto a jugar otra de las suyas, ocultándome, no sé por qué motivo, su llegada. Aunque después caí en que lo más probable era que ella, temiéndose, como ya le había ocurrido otras veces, que él cambiase de planes a última hora, me hubiese utilizado por si ocurría esa eventualidad. Me parece fatal, protesté indignada. Qué es lo que te parece fatal. Pues eso, que vayas siempre tan a tu puta bola y que no cuentes conmigo para nada. A mí me apetecía hacer un viaje contigo, y no con Andrés; pero mira lo que te digo, ahora te lo vas a comer tú solita, porque lo que es yo no pienso alterar ni un milímetro mis planes ni por él ni por nadie. Ella me dijo que me calmara y que no me tomara las cosas tan a pecho, que al fin y al cabo siempre venía bien tener un hombre al lado. Anda, retócate un poco, que nos vamos a cenar por ahí. Al final, Andrés llegó bastante tarde, y acabamos los tres en una pizzería al lado del hotel. Yo apenas si probé bocado, porque estaba demasiado cansada; el día había sido agotador, y lo único que quería era irme a la cama, así que enseguida me despedí de ellos. Esa noche dormí como un tronco, tanto que al despertar me confundí y creyéndome que estaba en mi dormitorio, me levanté para asomarme al balcón a ver qué tiempo hacía, y me topé con una cristalera llena de escarcha, tras la cual apenas si se distinguía el aguanieve que estaba cayendo. Me duché y a las ocho ya estaba desayunando café y tostadas. Después, pedí en recepción un plano de la ciudad, y pude comprobar que estábamos a un paso de la iglesia de San Nicolás, que tenía intención de visitar esa mañana. Claro está que Gabi y Andrés aún no habían aparecido, y que desde luego yo no los pensaba esperar. Me iría sola. Seguro que a ella no le importaría cambiar museos por cafés y tiendas de souvenirs. Conforme caminaba, iba tatareando el nocturno que el pianista había interpretado la noche anterior, y no sé por qué, de repente me sentí feliz. El pavimento estaba muy resbaladizo y tenía que poner cuidado en no caerme, y además mi calzado no era el más adecuado, demasiado finas las botas que llevaba, y me sentía los pies helados. Había cruzado unas cuantas calles, y antes de darme cuenta ya estaba en el puente de Carlos, cuya anchura me sorprendió. A esas horas todavía no había demasiados turistas y se podía ir por él. De pronto observé a lo lejos un grupo de personas que miraban todas en la misma dirección, y cuando me acerqué a ver qué pasaba, descubrí que abajo, bajo el puente, estaban rodando una película, y que la misma escena, una bella joven que caminaba decidida hacia un coche, abría la portezuela y se sentaba al volante, se repetía una y otra vez. Pasé allí un rato hasta que me cansé de mirar y seguí andando hacia Mala Strana, hasta la iglesia de San Nicolás, cuya planta barroca tenía mucho interés en contemplar. Después, me entretuve en deambular un poco por las empinadas callejuelas de la ciudad vieja, y cuando volví a pasar por el puente de Carlos, el grupo de curiosos aún seguía en el mismo sitio, dispuesto a no perderse detalle del rodaje de aquella interminable escena. En aquel momento el director le estaba gritando a la chica algo ininteligible. Recuerdo que sentí lástima de ella, y que pensé en las ganas que tendría ya de acabar, y de que la dejaran de una vez en paz. Casualmente, mi mirada se cruzó con la de un tipo que parecía estar pensando lo mismo que yo. Su cara me sonaba, seguro que ya estaba allí, engrosando el grupo de curiosos, cuando pasé la primera vez. Una breve perilla le afilaba un rostro bien proporcionado y llevaba ropa de muy buena calidad, que denotaba que no era un turista al uso. Después, por la noche, en el bar, en el momento en que Gabi me mostraba no sé qué baratija que Andrés le había regalado, y mientras que el pianista que no se parecía en nada a Adrien Brody interpretaba de nuevo a Chopin, lo vi aparecer, al tipo de la perilla me refiero, y, reconociéndome, me hizo un saludo con la mano, que yo le devolví. Se había cambiado de ropa y ahora llevaba una chaqueta de corte impecable y zapatos relucientes. Al día siguiente volvimos a coincidir en el desayuno. Nos sentamos en la misma mesa, y me contó que era de Madrid, y que aunque los viajes en el fondo le aburrían, se desplazaba continuamente por motivos de trabajo. Seguimos charlando durante un buen rato, pasando de un tema a otro, hasta que descubrí que se me había hecho tarde, y le dije que me tenía que ir; entonces me propuso que visitásemos juntos la ciudad, y acepté con la condición de que no anduviera demasiado deprisa, no fuera que no le pudiera seguir el ritmo. Gabi y Andrés seguro que se levantarían otra vez tarde, y después de pasearse por algunos lugares pintorescos y de hacer unas cuantas fotos, se sentarían a comer en cualquier sitio recomendado por la guía, y me vendrían después diciendo lo que me había perdido por no haberme ido con ellos. Pero esa noche estaba yo reventada, porque a Eusebio, que así se llamaba mi reciente amigo, le había dicho que me encantaba perderme y descubrir sitios desconocidos, y él se lo tomó al pie de la letra, tanto, que, salvo un momento que paramos a tomar un sándwich, nos pasamos todo el día yendo de un lado para otro, tras las huellas de Kafka, me decía, por la Callejuela del Oro y el castillo, y también visitamos el cementerio y el barrio judíos, y cuando al llegar me propuso ir a un concierto, decliné la invitación porque ya no podía con mi alma. Entonces nos quedamos en el bar. Pedí de nuevo Moët Chandon, y seguimos charlando con la música de fondo de Chopin que el pianista que no se parecía en nada a Adrien Brody interpretaba, y después llegaron Gabi y Andrés y me tocó hacer las presentaciones; y ellos, Andrés gesticulando mucho y Gabi deshaciendo los paquetes, nos contaron todas las cosas previsibles que habían hecho durante el día, al tiempo que una muda interrogación se dibujaba en sus rostros al observar que el desconocido y yo nos mirábamos con gesto de complicidad.

***

Hace ya más de dos meses que Eusebio se ha ido de casa. Nuestra convivencia se había vuelto imposible en los últimos tiempos, yo cada vez más ocupada, y él cada día más parado y abúlico, sin otra actividad que ver a todas horas la televisión. Ya sé que el hecho de que lo despidieran fue una gran putada, y que lo está pasando muy mal, pero, al fin y al cabo, se puede decir que tuvo suerte, porque le dieron una buena indemnización, y además cuenta con la renta de los dos pisos que heredó de sus padres. Desde que Alicia nació, como él andaba siempre de viaje, fui yo la única que se ocupó de ella. Aparte de eso y de mi trabajo en la redacción del periódico también me dedico a escribir, aunque yo creo que mis afanes de escritora nunca le han hecho demasiada gracia, porque si bien de boquita para fuera me apoyaba, a la hora de la verdad le sacaba de quicio lo que él llamaba mi obsesión; últimamente, ya ni salíamos al cine, ni a pasear, ni de copas con los amigos. Y aunque vivíamos bajo el mismo techo, en realidad estábamos tan separados como si entre mi estudio y el salón donde él se sienta a ver la tele, en vez de una pared, se alzara el muro de Berlín. ¿Y qué quieres que haga? La culpa la tienes tú, me respondía cuando yo a veces le reprochaba nuestra falta de comunicación; y después permanecía callado, como si en realidad pensase qué más da quien tenga la culpa del desastre en el que se han convertido nuestras vidas.
El año pasado publiqué mi primer libro; en él hablo de una pareja que se conoce en Praga, y aunque no tiene nada que ver con nosotros, él dice que sí, y que le duele que yo haya sido capaz de revelar tantas cosas de nuestra intimidad, y no hay manera de hacerle comprender que siendo escritora primeriza me resulta muy difícil despegarme de las anécdotas concretas de mi vida, que esto lo podré ir consiguiendo con el tiempo, pero que aún así, aún cuando utilice la primera persona y me base en mis experiencias, solo me sirvo de nuestros rostros como disfraz de unos personajes que no somos nosotros. Hablas de cuando nos conocimos en el puente de Carlos, y de la escena que estaban rodando con la actriz aquella que no paraba de entrar y de salir del coche, y de la caminata que nos pegamos por Praga al día siguiente, y de nuestro encuentro de aquella noche en el hotel, y hasta repites palabra por palabra algunas de las cosas que te dije.
A veces teníamos conversaciones así, pero enseguida nos volvíamos cada uno a nuestro mundo. Un día, antes de que se fuera, tuvimos una fuerte discusión; él había estrellado un vaso contra la pared, con la esperanza, decía, de que el ruido me obligase a salir de mi estudio y a reparar en él. Pues bien, ya estoy aquí, le dije, dime lo que me tengas que decir. Que no puedo seguir viviendo más tiempo en esta casa, que no aguanto más, y que me voy; y además, eres una egoísta, que solo sabes pensar en ti misma, y no me vengas con la monserga de la niña y de tu dedicación, que ya me la conozco. Estaba tan enfadado que las venas parecía que le iban estallar en las sienes, y ese día le descubrí sus primeras canas.
Sus palabras me pillaron desprevenida, y reaccioné mal y tarde. No le dije no se trata de buscar culpables, quédate, te quiero, podemos intentarlo de nuevo, que es lo que más tarde pensé que le tenía que haber dicho, porque era verdad, sino que le repliqué que hiciera lo que quisiera, que tenía razón, que nos iba fatal y que ninguno de los dos éramos felices.
Y desde que se marchó hasta hoy que ha venido a ver a Alicia y para recoger algunas de sus cosas, no había vuelto a saber nada de él, y al entrar me han sorprendido su buen aspecto, bronceado y con kilos de menos, y el cambio sutil de sus maneras, la ligereza mayor con que se mueve.
Le he ofrecido un té y, mientras que esperábamos que Alicia volviera del colegio, nos hemos puesto a charlar tranquilamente. Te hemos echado las dos mucho de menos. Y yo a vosotras. Me gustaría llevarme algunas fotos, no me quiero quedar sin recuerdos de nuestra vida en común. He sacado los álbumes de nuestros viajes, y del nacimiento de Alicia, y de sus cumpleaños, y, suelta en uno de ellos, ha aparecido una instantánea que nos hicimos en el castillo de Praga aquel primer día en que desayunamos juntos y en que después nos perdimos por la ciudad. Supongo que fui yo la que le pidió a alguien que nos la sacara. Empezamos a evocar aquella estancia. Por cierto, que nunca llegamos a averiguar cómo se llamaba la película que estaban rodando, y ni siquiera si llegó a estrenarse. Pese al frío, permanecí mucho tiempo allí en el puente, esperando por si volvías a pasar; antes te había visto llegar desde lejos, andabas a saltitos, como temerosa de resbalar, y después te pusiste delante de mí. Me sorprendió tu energía, me gustaste, y decidí seguirte al hotel; al día siguiente ya estábamos callejeando por Praga y charlando como si nos conociésemos de toda la vida.
Cuando llegó Alicia, se quedó un buen rato jugando con ella, mientras que yo me dedicaba a repasar por enésima vez uno de los capítulos de mi nueva novela. Llamó con tímidos golpes. Bueno, que me voy. Llévate las fotos, todas las que quieras, y la nuestra de Praga también. No, déjalo, mejor vuelvo otro día y me las vuelves a enseñar. Cuando hayas acabado tu libro, y tengas tiempo.

JUGANDO CON FUEGO

“Setenta y ocho personas murieron y 25 resultaron heridas de diversa consideración en el incendio que se produjo a las 4.45 horas de ayer en una discoteca situada en un sótano del número 20 de la calle de Alcalá, que da nombre al local madrileño.”
El PAÍS, 18-Diciembre-1983

Eran las 12 de la mañana de un caluroso día del mes de Junio, y allí estaba Eusebio Reina, sobre la tribuna, a punto de pronunciar unas palabras. Las piernas le temblaban, y temía que la voz también le saliera temblona, insegura, con ese gallo que se le escapaba desde su adolescencia. Y aunque habían transcurrido ya muchos años, aún no había logrado acostumbrarse a su fama ni comprendía qué había hecho para merecerla.
¡Lo que son las cosas! Si a él le hubieran dicho en el Instituto, cuando solo era un chico acomplejado, con exceso de kilos y de granos, siempre con la cámara en ristre, una afición heredada de su padre, que trabajaba en la redacción de un periódico, que en el futuro se iba a convertir en una celebridad, nunca hubiera dado crédito a esas palabras.
Cuando andaba por los 18, en las postrimerías del franquismo, participaba en todas las manifestaciones y enfrentamientos callejeros con la policía, solo con la esperanza de conseguir una buena instantánea. Y en efecto, de vez en cuando lograba colocar alguna foto, y con las primeras cantidades que ganó se pudo comprar su primer tocadiscos y sus primeros discos de vinilo, y pudo también realizar su primer viaje a Amsterdam, donde, disfrazado de hippie, con mochila y melena, se fumó más de un porro en la plaza Dam, aunque nunca se tomó muy en serio aquellas veleidades sicodélicas.
Su paso por la Facultad de Periodismo coincidió con la democracia recién estrenada de un país que se tomaba la libertad muy en serio, y él se pasaba los días estudiando y las noches de barra en barra por los bares de Malasaña, donde se divertía de lo lindo. Y cuando “La Luna de Madrid” le publicó una instantánea de Almodóvar en la que este, todavía joven y con bastantes menos kilos, iba caminando por una calle recién regada, en vaqueros y con las manos metidas en los bolsillos de su chupa de cuero, su figura reflejada como una mancha oscura y brillante sobre el asfalto mojado, la gente enseguida le colgó la etiqueta de “fotógrafo de la movida”.
Pero además de hacer fotos, a Eusebio le gustaban mucho las mujeres, no lo podía remediar, y sabía cómo tratarlas, poniéndoles una mano en el hombro en el momento oportuno, mirándolas con aire cómplice, diciéndoles qué guapa estás o qué bien te sienta ese vestido. De manera que, a pesar de su incipiente calvicie y de su físico vulgar, se las sabía trajinar, y a más de una con el rímel todavía corrido por el llanto de su reciente separación, había sabido consolarla y aliviarla de su soledad entre las sábanas de su lecho de soltero.
Hasta que llegó Marisa, con su labia incesante, sus piernas cortas y sus tetas grandes, que desde el primer momento se mostró decidida a organizarle la vida casándose con él, propósito del que él no tuvo noticia hasta que ya era demasiado tarde y su embarazo demasiado evidente, fatalidad que aceptó con resignación.
Se perdía en sus reflexiones, pero todo eso era ya agua pasada, igual que aquel lejano primer trabajo suyo en las páginas culturales del ABC, donde a lo que en realidad se dedicaba era a redactar necrológicas.
Miró impaciente su reloj. Dentro de poco le tocaría hablar. Desde donde estaba podía observar a su hijo, que había tenido la deferencia de venir al acto, aunque ambos se habían distanciado mucho a raíz de la muerte de su madre. No obstante, Eusebio, avergonzado de su propia inseguridad, le dirigía tímidas sonrisas. ¡Cuánto se parecía a Marisa! Se sorprendió echándola de menos, y pensando que con ella todo hubiera sido más fácil. La verdad es que, salvo ganarle la batalla al cáncer, todo lo demás que se había propuesto en la vida lo había conseguido con su tenacidad y su voluntad de hierro, casarse con él, ser catedrática de griego, y domeñar la voluntad de su hijo para que olvidara sus sueños de artista y se presentara a unas oposiciones que le aseguraran el futuro.
Por supuesto que fue a ella a quien se le ocurrió esa absurda idea del homenaje, y no paró hasta conseguirlo, moviendo todos los hilos, entrevistándose con directivos de la Asociación de la Prensa, y hasta con la concejala de cultura del Ayuntamiento, sin imaginar que no viviría para conocer este día.
«Recuerdo que aquel 17 de Diciembre hacía mucho frío, y yo iba ya de vuelta para casa deseando llegar, cuando andando por Cibeles me topé con mi amigo Fernando, que me propuso que fuéramos a tomar una copa, y nos dirigimos a aquella discoteca, que a la sazón estaba muy de moda. Nos liamos, y para cuando nos vinimos a dar cuenta ya llevábamos varios gin tonic en el cuerpo; de repente, un denso humo empezó a inundar el local, y entonces Fernando saltó como un resorte y me dijo que nos fuéramos. Fue todo muy rápido. La gente ya había empezado a chillar y a correr como loca. Pero yo, en vez de hacerle caso, cogí mi máquina, y sin ni siquiera enfocar, porque no se veía nada, empecé a disparar una y otra vez, los fogonazos de los flashes inmortalizando el horror, hasta gastar todos los carretes que llevaba encima. Fernando tiraba de mí, pero, a pesar del ambiente irrespirable, yo me resistía a salir. Al final corríamos a ciegas, tropezando, empujándonos unos a otros y pisándonos. Aquello era el infierno y no había forma humana de escapar. Al día siguiente, entre los escombros, encontraron el cuerpo sin vida de Fernando. En cambio, yo tuve más suerte y me salvé.
Lo demás ya es historia, y ustedes la conocen. Mis fotos dieron la vuelta al mundo, y de la noche a la mañana me vi convertido en un fotógrafo de prestigio, cuyo trabajo se disputaban las agencias. Pero les puedo asegurar que no merece la pena pagar un precio tan alto por el éxito, y que todavía me persiguen los gritos enloquecidos de la gente, y el recuerdo terrible de la mirada insomne de Fernando, que me acusa.»

NOTA DE PRENSA:

Estas fueron las últimas palabras del periodista Eusebio Reina, autor del célebre reportaje fotográfico sobre el incendio de la discoteca Alcalá 20, que murió fulminado por un infarto justo después de pronunciarlas, el 20 de Junio de 2012, precisamente el día en que la Asociación de la Prensa de Madrid le dedicaba un homenaje. Eusebio fue siempre un ejemplo para todos nosotros, y el recuerdo de su profesionalidad, de su actitud cívica y de su compromiso, nos guiará siempre como un faro a todos los que lo conocimos.
D.E.P.