TIRANÍA

Una amiga a otra.
—Se te ve espléndida últimamente; pareces feliz.
—Sí, la verdad es que, aunque problemas no me faltan, me siento muy bien.
—¿Y eso, cómo?
—Pues, no sé. He empezado a seguir mi vocecita interior, eso es lo que he hecho. Voy por donde ella me dicta, aunque sea tirarme al río.
—La vocecita interior.
—Sí, la vocecita interior.
La otra sonrió.
—Pues la mía… De momento no puedo hacerle caso; es una tirana.
Estaban en un bar. Los maridos, que hacían corrillo en la parte contigua de la barra, acertaron a oír esto último.
—¿Tirana? —Saltó uno—. Te quedas corta. Hitler y Mussolini al lado de mi suegra eran unos bebés. Os aseguro que cualquier día me divorcio por culpa de ella.

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BOARDERS

Yo pensaba que los que tienen la manía de comprar y acumular cualquier cosa, muebles viejos, libros, zapatos, juguetes, sin decidirse a tirar nada, convirtiendo sus casas en auténticos vertederos, padecían el síndrome de Diógenes; o el de “los hermanos Collier”, nombre que hace alusión a los hermanos Homer y Langley, cuyos cuerpos, en 1947, aparecieron en su mansión de la Quinta Avenida literalmente sepultados por toneladas de basura, entre la que se encontraron centenares de discos, libros y periódicos, máquinas de rayos X, varios coches y diez pianos de cola; hechos que Doctorov fabula en su estupenda novela, “Homer y Langley”.
Ahora me entero, sin embargo, que los Homer y Langley de nuestra época se llaman “boarders”, y que su número está creciendo debido al uso de plataformas virtuales como Amazon o eBay, que constituyen un inmenso escaparate que llega a cualquier rincón del mundo, y donde comprar se convierte en algo tan fácil como apretar un botón y rellenar los datos de la tarjeta de crédito, sin testigos que coarten la pulsión consumista del comprador.
A todo esto, yo no sé cómo se llama mi síndrome, que es justamente el contrario, el del malestar que me produce el abigarramiento de objetos, y el deseo que me acomete de tanto en tanto de desprenderme de todas las cosas superfluas que llenan mi vida y que me estresan, y de quedarme solo con lo necesario; aunque justamente ahí está la madre del cordero, porque me cuesta trabajo distinguir entre lo que es y no es accesorio, y más de una vez me ha ocurrido, que nada más tirar algo, una vieja colección de revistas, por ejemplo, ya he empezado a echarlo de menos.
Al fin y al cabo, ya lo dijo Shakespeare, por boca del rey Lear: “No concedáis a la naturaleza más de lo que ella exige, y la vida del hombre será de tan bajo valor como la de las bestias”.

CONFERENCIAS

Mi programa de obligaciones para la semana que entra: lunes, conferencia de X; martes, conferencia de Y; miércoles, conferencia de Z; jueves, ¡conferencia mía!

Dios mío, ¡líbrame de las conferencias!

No sé dónde he leído un elogio de los cursos de “conferencias” más antiguos, que me impresionó muy hondo. Un día el estudiante se levantaba mucho antes que el sol: hacía provisión de unos dátiles y comenzaba a caminar. Le había llegado la noticia de que en tierras extremas vivía retirado un hombre de inmenso saber.  Y el estudiante caminaba, caminaba… Atravesaba desiertos, grandes ríos como mares interiores, reinos de fieras o de bandidos, meses, quizás años. Y llegaba por fin a una casita humilde o a una cueva en un valle profundo. Saludaba al maestro, le iba a buscar un cántaro de agua al pozo. Volvía, se sentaba  a los pies del sabio, y escuchaba: comenzaba a escuchar. A veces daban los dos un paseo, hablando, comentando. Y así, muchos días, muchos años.

…Y un día entre los días, se levantaba, traía el último cántaro del pozo, se despedía del maestro, y caminaba de nuevo, atravesando meses, peligros, anchos brazos de agua, sedes, desiertos, para volver a su tierra natal.

Hoy, el conferenciante (un señor que acaba de caer del cielo en un aeropuerto; un pobre hombre cansado, al que en media hora le presentan cincuenta caras, cada una con  su nombre, caras que ya bailarán para siempre en una danza desajustada en su recuerdo), sí, hoy, al pobre conferenciante le ponemos brutalmente, de hoz y coz, ante un público que, a veces, apretuja el esnobismo. Cada uno, de su mundo, de su negocio, de su preocupación. Han pasado cuarenta y cinco minutos. La masa aplaude, porque esa es su obligación: es lo social. (La masa solo aplaude frenéticamente los conciertos –y casi cualquier concierto−: aunque el que estuvo sentado al piano haya sido –como tantas veces ocurre− un imbécil virtuoso, es decir, un cretino con los dedos ágiles.)

En fin, la conferencia ha terminado. Y el conferenciante, aburrido (¡señor, es ya la enésima vez!), recoge sus papeles. Mañana será disparado de nuevo al cielo y caerá, cansado meteorito, a cientos o a miles de kilómetros: para la vez “enésima más una”.

Allá, en un vago Oriente y en la antigüedad, aprender era asunto de lentas impregnaciones. Hoy vamos a volcar en cuarenta y cinco minutos nuestras preocupaciones o nuestras manías o nuestro corazón, sobre lo más volandero e inestimable, sobre el aburrimiento de este, la indiferencia de aquel, la malignidad del otro: sobre el esnobismo de todos, el esnobismo de nuestra época. Y a los cuarenta y cinco minutos, cada uno se irá a su mundo, a sus negocios, a su preocupación. De la conferencia….: de la conferencia las señoras suelen recordar algún sombrero que estaba tres filas delante; los graves varones maduros algún lindo rostro muy juvenil; las niñas, nada: un gran agujero vacío que se ahondaba sin término: la más verídica imagen de la eternidad. Las conferencias son la expresión de la hipocresía esnobista y de la incurable superficialidad de nuestra época. Son el fruto legítimo de nuestro inconsciente apresuramiento; es decir, de nuestra barbarie. Porque cultura es lentitud.

Sí, yo odio las conferencias. No sé qué odio más: si darlas  o si oírlas. Pero amistad y agradecimiento todos los días me obligan a ser público; y la penuria habitual en el escritor, o absurdos, insensatos deseos de viaje me hacen con frecuencia ser conferenciante yo mismo.

Y mi vida –como la de cualquier europeo de nuestro siglo− se me va −¡ay!−, se me desgasta sin fruto, en una sucesión interminable de conferencias.

DÁMASO ALONSO. Del Siglo de Oro a este Siglo de Siglas.

PROHIBIDO

 

Prohibido hablar en clase.

Prohibido toser o estornudar de forma escandalosa.

Prohibido salirse de la fila.

Prohibidos los tacos y palabras soeces.

Prohibido meterse en los charcos.

Prohibidas las malas compañías.

Prohibidos ciertos libros (y ciertas películas también).

Prohibido dormir fuera de casa.

Prohibido fumar en casi todos los recintos.

Prohibido el tráfico de órganos y el tráfico de drogas.

Prohibido colarse en el metro.

Prohibido marcharse sin pagar.

Prohibida la comida basura, y la televisión basura, y los políticos basura.

Prohibidas las comisiones ilegales y las sumas indecentes de dinero.

Prohibida la trata de blancas (y de negras).

Prohibido viajar en patera.

Prohibido robar en los grandes almacenes.

Prohibido encadenarse de por vida.

Prohibida la pena de muerte.

Prohibida la falta de estética (se considerará falta de decoro).

Prohibido el abuso de autoridad.

Prohibido mascar chicle.

Prohibido besarse por cualquier motivo.

Prohibida la rutina.

Prohibido cortar el césped a las siete de la mañana.

Prohibido escuchar más de un informativo el mismo día.

Prohibido los  equipos estéreos en los automóviles.

Prohibido votar.

Prohibido no votar.

Prohibido quedarse a dormir en el gimnasio.

Prohibidos los árboles de navidad.

Prohibido maltratar a los animales.

Prohibidos la usura y el despido libre.

Prohibida  la gordura.

Prohibida la anorexia.

Prohibido no pagar impuestos.

Prohibido poner ni una sola rotonda más.

Prohibido construir más aeropuertos.

Prohibidas las indemnizaciones millonarias.

Prohibido cebarse con los débiles.

Prohibido conceder más premios a los ya premiados.

Prohibido homenajear más a los ya homenajeados.

Prohibido concebir la cultura como un adorno más.

Prohibidos los argumentos de siempre.

Prohibido el trabajo infantil.

Prohibido el abuso de menores.

Prohibido matar.

Prohibido censurar.

Prohibidas las largas colas en los supermercados.

Prohibidas las promesas de amor eterno.

Prohibidos los paraguas que se vuelan con la primera ráfaga de viento del otoño.

Prohibida la presbicia.

Prohibido subirse a los árboles a coger fruta.

Prohibido que los ciclistas atropellen a los peatones que inadvertidamente invadieron su carril.

Prohibido morirse porque sí.

Prohibido conducir en estado de ebriedad.

Prohibido protestar por todo.

Prohibido conformarse.

Prohibido ser mala persona.

Prohibido pasarse de la raya.

Prohibido pasarse de listo.

Prohibido ser demasiado rico.

Prohibido ser pobre de solemnidad.

Prohibido atormentarse por los errores cometidos en el pasado.

Prohibido dejar de vivir ahora pensando en el futuro.

Prohibido hablar más de la crisis.

Prohibido hablar de gente famosa que nos importa un pito.

Prohibido lamentarse de los tiempos que corren.

Prohibido tirar las pieles de los plátanos en las aceras.

Prohibido echarles  la culpa de todo a los demás.

Prohibido pasar de la belleza.

Prohibido circular por el carril contrario en la autopista.

Prohibido gastar más de lo que ganas.

Prohibido gastar más de lo que no ganas.

Prohibido ingresar más de lo que ganas.

Prohibido querer arreglar el mundo con dos frases.

Prohibido montarse en un avión que vaya a tener un accidente.

Prohibido salir con los pelos hechos un asco.

Prohibido el café frío.

Prohibido abusar de los tranquilizantes.

Prohibidas las cacas de los perros en medio de la calle.

Prohibidas las caras de perro.

Prohibidas las imitaciones.

Prohibida la soledad.