EL CADÁVER EXQUISITO DE SAVOLTA

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En Sevilla, en la librería Un gato en bicicleta, un grupo de amantes de la buena literatura, nos reunimos una vez al mes para comentar un libro.

El pasado 14 de marzo le tocó el turno a La verdad sobre el caso Savolta.

La mayoría lo teníamos arrumbado ya en el baúl de los recuerdos, y nos quedamos asombrados al comprobar lo bien que ha resistido el paso del tiempo.

Mendoza tiene una prosa ágil y fresca, saltarina, y en ningún momento decae el interés de la lectura.

Por las fechas en que fue escrito y las circunstancias en que se produjo su publicación, en marzo de 1975, el libro parece un milagro, síntesis de todo lo que se había escrito antes, y plataforma de lanzamiento de lo que vendría después.

Por fin en la literatura española se recuperaba el placer de narrar porque sí, a secas, sin más justificación, y el lector lo agradecía.

En cuanto a nosotros, la verdad es que disfrutamos de lo lindo comentando las peripecias de Leprince, ese sinvergüenza con encanto, cortado con las hechuras del gran Gatsby, de su fiel perro Miranda, versión moderna de Lázaro de Tormes, de la gitana María Coral, que tanto nos recuerda a la Carmen de Merimée, y de todos los personajes que pululan por esa Barcelona de 1917, en plena crisis social, que con tanto acierto recrea Mendoza.

Y al final decidimos jugar un poco. Cada uno de los presentes elegiría al azar una de las frases del libro y con todas ellas juntas se formaría un párrafo, el cadáver exquisito de Savolta.

He aquí el resultado.

No te fíes de mi aparente tolerancia. El jovencito que Nemesio había visto llorar en la jefatura ya no lloraba. No le conozco a él, sino a su careta. Entre el tabernero y Nemesio Cabra Gómez pusieron al beodo en pie. La vida es una lucha sin tregua, ánimo y siempre adelante. Los más habían alcanzado un nivel social mediocre e inamovible del que se mostraban satisfechos hasta reventar. Le garantizó la impunidad y la libre publicidad de cuanto deseara escribir al respecto. Todo se sabe a la larga, ¿quién creería que mi generosidad es desinteresada? Pajarito de Soto tiritaba con las manos en los bolsillos, su gorra de cuadritos y su bufanda gris de flecos ralos. Sin embargo, era un calor ficticio el que me rodeaba.

“CERRADO POR ENFERMEDAD”

Desde hace algunos días, cada vez que paso por la papelería donde habitualmente me surto de bolis, cuadernos y carpetas, observo que tiene el cierre echado; y me entra una especie de tristeza cuando leo una nota informativa, un folio blanco recortado contra el cinc, con el siguiente texto: “Cerrado durante algunos días por enfermedad; disculpen las molestias”; y me sorprendo hurgando en la vida del hombre del mostrador, haciendo suposiciones sobre qué le habrá pasado; y me lo imagino haciéndose pruebas en el hospital o víctima de un grave accidente, porque conociéndolo, tan activo y servicial, tan pendiente siempre de su negocio, resulta impensable que lo desatienda si no es por algo serio. Y tantas cábalas he llegado a hacer sobre el asunto, que he llegado a la conclusión de que ese pequeño texto informativo posee la naturaleza de un microrrelato.

EL ABRAZO DEL EDITOR

El año pasado por estas fechas me puse en contacto con un editor para ver si le podría interesar publicarme un librito de poesía que languidecía en el disco duro de mi ordenador. Él me atendió muy amablemente, me dijo que se lo leería y que me respondería en menos de tres meses, y después tuvo la deferencia de invitarme a un recital en La Carbonería. Desde entonces no he vuelto a tener noticias suyas, y ya casi me había olvidado del asunto cuando, por casualidad, me lo vuelvo a encontrar el domingo en la Feria del Libro, y tras dudar unos segundos, me acerco a saludarlo y le pregunto por mi poemario. Entonces me contesta que hacía ya tiempo que me había enviado un correo en el que me decía que no me lo aceptaban; y como yo le insistiera en que no lo había recibido, llegó a la conclusión de que debía de ser un problema de Hotmail; y añadió que había atribuido mi falta de respuesta a una reacción frecuente en muchos escritores, o aspirantes a serlo, que se molestan cuando reciben una negativa. No era mi caso. Hasta ahí podíamos llegar. De todos modos, se disculpó, asegurándome que no era ese su estilo ni su manera de hacer las cosas. Al final, después de pedirme que, reestructurado, se lo enviara de nuevo, y de invitarme a que participara en otro recital, me dio un abrazo a modo de reparación de este pequeño embrollo.

JUEGO DE NIÑOS

«Cuando eres pequeño te transformas en una persona distinta todos los años. (…). Durante mucho tiempo te desprendes del pasado con facilidad y de una forma que parece automática y adecuada. (…). Y entonces se produce una brusca vuelta atrás, lo que está acabado y bien acabado resurge de repente, requiere tu atención, incluso que hagas algo al respecto, aunque salta a la vista que no se puede hacer nada».

Marlene y Charlene son dos niñas que coinciden en un campamento de verano, y que se parecen tanto y tienen tantas afinidades que la gente las toma por mellizas.

La voz que nos cuenta la historia es la de Marlene, que, vieja ya, rememora aquel verano y aquella amistad breve y efímera, pero llena de intensidad como la descarga eléctrica de un trueno en medio de la noche.

La segunda guerra mundial como telón de fondo.

La religión en el campamento.

Las confidencias entre chicas.

Charlene  le habla a Marlene de su hermano al que un día  descubrió con su novia en su habitación. «El trasero desnudo, todo blanco, tenía granos.  Repulsivo».

Marlene, de Verna, que vivía en una casita amarilla adosada a la suya, y por la que siente una tremenda aversión, odio incluso. Había algo oscuro en ella que la aterrorizaba, «como un sótano lleno de moho». Alta, delgada, con la cabeza pequeña como la de una serpiente, pelo fino y lacio, piel descolorida, vista torcida. Verna es distinta, «no había aprendido a leer ni a escribir, a saltar a la comba ni a jugar a la pelota, y separaba las palabras de una forma rara».

Hasta que un día, a pesar de no haberla visto nunca, Charlene la reconoce en un grupo de  «especiales» que acaba de llegar al campamento  para pasar allí un fin de semana, el último,  con las otras. Solo les quedaban dos días para marcharse.

Ambas la evitan; Charlene comparte el rechazo de su amiga: «Tiene los dedos más largos que he visto en mi vida. Podría rodearte el cuello con ellos y estrangularte»; por su parte, Marlene la ve cambiada, triste y alicaída.

Signos de despedida. Cambios sutiles en el campamento: «Reinaba una creciente atmósfera de inquietud y falta de atención».       Desde que habían llegado las especiales había empezado a extenderse entre las campistas «una especie de lasitud, de malhumor y aburrimiento». El domingo, el último día, flotaba en el aire un olor a tormenta. Cayeron unas gotas. Después del mediodía vendrían los padres a recoger a las niñas, y ya parecía que en lo único que pensaban era en marcharse. Se darían un último baño, pero sin ganas y sin entusiasmo. El mar estaba tranquilo. Charlene y Marlene jugueteaban en el agua, cuando de repente, al  lado de ellas, apareció Verna.

Marlene ni siquiera recuerda si llegó a despedirse de Charlene. Cada una se metió en su coche y se fue. No volvieron a verse. Años más tarde, Marlene vio una foto de la boda de Charlene en un periódico, y también al cabo del tiempo recibió una misiva suya felicitándola por uno de sus libros. No le contestó.

Hace poco, Charlene, enferma de cáncer, le ha enviado otra carta desde el hospital, y le pide que vaya a visitarla, y ella, después de muchas dudas, se decide a ir; cuando entra en la habitación está dormida, «vi un cuerpo hinchado, una cara afilada y estragada y un cuello de pollo al que la bata de hospital le quedaba como un kilómetro demasiado ancha», y su marido le entrega una nota de su parte, en la que le pide que busque a un determinado sacerdote: «Él sabrá qué hacer».

«¿No me tentó tanta palabrería? ¿Ni una sola vez? Podría haberme abierto, tener la sensatez de abrirme, al vislumbrar el perdón, inmenso aunque engañoso. Pero no. Esas cosas no son para mí. Lo hecho, hecho está. A pesar de los coros de ángeles y las lágrimas de sangre.»

¿Qué perdón vislumbra Marlene? ¿A qué se refiere?

Para no interferir en el baño de las niñas, las lanchas siempre se quedaban a una distancia considerable de la orilla del lago, pero aquella mañana  dos de ellas se acercaron más de la cuenta provocando olas tan grandes que hicieron que Marlene y Charlene perdieran el equilibrio en el mismo instante en que Verna, a su lado,  se lanzaba sobre ellas. Entonces, las dos amigas se aferraron al gorro que Verna llevaba puesto, y su cabeza no volvió a salir más a la superficie.

Podría haber sido un accidente, pero no lo fue.  Marlene y Charlene ni siquiera se miraron mientras la mantenían a la fuerza bajo el agua. «Todo aquello probablemente no llevó más de dos minutos. ¿Tres? ¿O un minuto y medio?»

Cuando encontraron el cuerpo muerto de Verna, ellas ya se habían marchado.

El desenlace de la historia es brutal y sorprende al lector poco atento, perdido en los meandros del relato, porque lo cierto es que la narradora  apunta a él y ha ido sembrando pistas desde sus primeras líneas.

Marlene y Charlene nunca se volvieron a ver, ahora lo sabemos, porque ese crimen cometido en el pasado establece un fatal y tormentoso vínculo entre ellas.

El lector no llega a conocer el contenido de la entrevista de Marlene con el sacerdote;  solo sabe que ella no ha cedido a la tentación de abrirle su corazón para obtener un perdón incierto. «Lo hecho, hecho está»,  y encara su destino, no como Raskolnikof que se redime espiritualmente con la confesión y sufre destierro en Siberia durante siete años, sino  como una heroína griega que aceptara su culpa sin grandes aspavientos.

NOTA.-«Juego de niños» forma parte de un conjunto de narraciones de Alice Munro, publicadas bajo el título «Demasiada felicidad», por la editorial Lumen.

Su versión en PDF se encuentra en el siguiente enlace:

http://www.elpais.com/elpaismedia/ultimahora/media/201012/02/cultura/20101202elpepucul_3_Pes_PDF.pdf

PROHIBIDO

 

Prohibido hablar en clase.

Prohibido toser o estornudar de forma escandalosa.

Prohibido salirse de la fila.

Prohibidos los tacos y palabras soeces.

Prohibido meterse en los charcos.

Prohibidas las malas compañías.

Prohibidos ciertos libros (y ciertas películas también).

Prohibido dormir fuera de casa.

Prohibido fumar en casi todos los recintos.

Prohibido el tráfico de órganos y el tráfico de drogas.

Prohibido colarse en el metro.

Prohibido marcharse sin pagar.

Prohibida la comida basura, y la televisión basura, y los políticos basura.

Prohibidas las comisiones ilegales y las sumas indecentes de dinero.

Prohibida la trata de blancas (y de negras).

Prohibido viajar en patera.

Prohibido robar en los grandes almacenes.

Prohibido encadenarse de por vida.

Prohibida la pena de muerte.

Prohibida la falta de estética (se considerará falta de decoro).

Prohibido el abuso de autoridad.

Prohibido mascar chicle.

Prohibido besarse por cualquier motivo.

Prohibida la rutina.

Prohibido cortar el césped a las siete de la mañana.

Prohibido escuchar más de un informativo el mismo día.

Prohibido los  equipos estéreos en los automóviles.

Prohibido votar.

Prohibido no votar.

Prohibido quedarse a dormir en el gimnasio.

Prohibidos los árboles de navidad.

Prohibido maltratar a los animales.

Prohibidos la usura y el despido libre.

Prohibida  la gordura.

Prohibida la anorexia.

Prohibido no pagar impuestos.

Prohibido poner ni una sola rotonda más.

Prohibido construir más aeropuertos.

Prohibidas las indemnizaciones millonarias.

Prohibido cebarse con los débiles.

Prohibido conceder más premios a los ya premiados.

Prohibido homenajear más a los ya homenajeados.

Prohibido concebir la cultura como un adorno más.

Prohibidos los argumentos de siempre.

Prohibido el trabajo infantil.

Prohibido el abuso de menores.

Prohibido matar.

Prohibido censurar.

Prohibidas las largas colas en los supermercados.

Prohibidas las promesas de amor eterno.

Prohibidos los paraguas que se vuelan con la primera ráfaga de viento del otoño.

Prohibida la presbicia.

Prohibido subirse a los árboles a coger fruta.

Prohibido que los ciclistas atropellen a los peatones que inadvertidamente invadieron su carril.

Prohibido morirse porque sí.

Prohibido conducir en estado de ebriedad.

Prohibido protestar por todo.

Prohibido conformarse.

Prohibido ser mala persona.

Prohibido pasarse de la raya.

Prohibido pasarse de listo.

Prohibido ser demasiado rico.

Prohibido ser pobre de solemnidad.

Prohibido atormentarse por los errores cometidos en el pasado.

Prohibido dejar de vivir ahora pensando en el futuro.

Prohibido hablar más de la crisis.

Prohibido hablar de gente famosa que nos importa un pito.

Prohibido lamentarse de los tiempos que corren.

Prohibido tirar las pieles de los plátanos en las aceras.

Prohibido echarles  la culpa de todo a los demás.

Prohibido pasar de la belleza.

Prohibido circular por el carril contrario en la autopista.

Prohibido gastar más de lo que ganas.

Prohibido gastar más de lo que no ganas.

Prohibido ingresar más de lo que ganas.

Prohibido querer arreglar el mundo con dos frases.

Prohibido montarse en un avión que vaya a tener un accidente.

Prohibido salir con los pelos hechos un asco.

Prohibido el café frío.

Prohibido abusar de los tranquilizantes.

Prohibidas las cacas de los perros en medio de la calle.

Prohibidas las caras de perro.

Prohibidas las imitaciones.

Prohibida la soledad.

EL POETA Y EL MUNDO

Discurso de recepción del Nobel de la poetisa Wislawa Szymborska en 1996.

EL POETA Y EL MUNDO. Wislawa Szymborska

Parece ser que en un discurso lo más difícil es la primera frase. Así que ya la he dejado atrás… Pero presiento que también las que siguen serán difíciles, la tercera, la sexta, la décima, así hasta la última, porque tengo que hablar de poesía. Pocas veces hablo sobre este tema, casi nunca. Y siempre me acompaña el convencimiento de que no lo hago muy bien. Por eso no me extenderé mucho. Toda imperfección es más llevadera si se recibe en pequeñas dosis.

El poeta de hoy es escéptico e incluso desconfiado –y puede ser que lo sea sobre todo– ante sí mismo. Con disgusto manifiesta públicamente que es poeta, como si se avergonzara un poco. Pero en nuestra ruidosa época resulta más fácil reconocer los propios defectos (basta con que causen impresión) que no las virtudes, porque están escondidas a mayor profundidad y no acabamos de creer en ellas…

En diferentes encuestas o en conversaciones casuales, cuando el poeta tiene necesariamente que precisar su ocupación, se define de forma general como “literato”, o da el nombre de la profesión a la que se dedica por añadidura. La información de que tienen que vérselas con un poeta es recibida por funcionarios o por otros pasajeros del mismo autobús con cierta incredulidad e inquietud. Supongo que también el filósofo despierta parecida turbación. Este último está sin embargo en mejor situación porque, normalmente, tiene la posibilidad de adornar su profesión con algún título. Doctor en filosofía, eso sí que suena mucho más serio.

Además, no existen doctores en poesía. Eso significaría que es una ocupación que exige estudios especializados, exámenes aprobados con regularidad, disertaciones teóricas enriquecidas con bibliografía y notas y, por fin, la obtención solemne de diplomas. Esto, por su parte, significaría que para ser poeta no bastarían hojas de papel escritas, aunque fuera con los mejores versos; que sería imprescindible, y eso ante todo, un papelito sellado. Recordemos que en relación a esto deportaron al orgullo de la poesía rusa, más tarde Premio Nobel,  Joseph Brodsky. Lo declararon “parásito” porque no tenía la certificación oficial de que le era permitido ser poeta…

Hace unos años tuve el honor y la alegría de conocerle personalmente. Advertí que sólo a él, entre los que conozco, le gustaba llamarse a sí mismo “poeta”, que articulaba esta palabra sin frenos internos, incluso con cierta provocativa soltura. Pienso que era resultado del recuerdo de las brutales humillaciones que había sufrido en su juventud. En países más felices, en los que la dignidad humana no se puede pisotear tan fácilmente, los poetas anhelan ser publicados, leídos y comprendidos, pero no hacen nada o casi nada para destacar de entre los demás en la vida cotidiana. No hace tanto, en las primeras décadas de nuestro siglo, a los poetas les gustaba llamar la atención con ropas rebuscadas y con un comportamiento excéntrico. Esto, sin embargo, era siempre un espectáculo de cara al público. Llegaba el momento en que el poeta cerraba tras de sí la puerta, se quitaba de encima todas las capas, bisutería y otros accesorios poéticos, y se quedaba en silencio, en espera de sí mismo, ante una hoja de papel en blanco. Porque es esto lo que en verdad cuenta.

Es significativo. Constantemente se produce un gran número de películas biográficas sobre grandes científicos o sobre grandes artistas. La tarea de los ambiciosos directores de cine es presentar de una manera creíble el proceso creativo, proceso que conduce finalmente a grandes descubrimientos científicos o a la realización de famosísimas obras de arte. Con más o menos éxito muestran el trabajo de ciertos sabios: laboratorios, todo tipo de aparatos, mecanismos puestos en marcha que son capaces de mantener durante cierto tiempo la atención del público.  Además, los momentos de expectación en espera de si un experimento, repetido por enésima vez con sólo una pequeñísima variación, sale o no sale, resultan muy dramáticos. Las películas sobre pintores, en las que se puede reproducir cada fase del movimiento de la pintura, desde el primer trazo hasta la última pincelada, sí que pueden ser espectaculares. Las películas sobre compositores están llenas de música, desde los primeros compases que el artista oye en su interior hasta la forma madura de la obra en la que cada instrumento tiene ya adjudicada su parte. Todo esto sigue siendo ingenuo y no nos dice nada sobre ese estado de ánimo llamado comúnmente inspiración, pero al menos hay algo que mirar y oír.

Lo malo son los poetas. Su labor es de una lamentable falta de fotogeneidad. Uno está sentado a la mesa o tendido en un sofá, con la vista clavada en la pared o en el techo, de vez en cuando escribe siete versos, uno de los cuales tacha al cabo de un cuarto de hora, y pasa una hora más en la que no ocurre nada… ¿Qué espectador aguantaría semejante cosa?

Yo también, al ser a veces interrogada sobre la inspiración, mantengo una prudente distancia respecto a lo esencial. Pero digo lo siguiente: la inspiración no es un privilegio exclusivo de los poetas o de los artistas en general. Hay, ha habido y seguirá habiendo un cierto grupo de personas a las que toca la inspiración. Son todos aquellos que conscientemente eligen su trabajo y lo realizan con amor e imaginación. Se encuentra médicos así, y pedagogos, y jardineros, y otros en cien profesiones más. Su trabajo puede ser una aventura sin fin siempre y cuando sean capaces de percibir nuevos desafíos. A pesar de dificultades y fracasos su curiosidad no se enfría. De cada duda resuelta sale volando un enjambre de nuevas preguntas. La inspiración, sea lo que sea, nace de un constante “no sé”.

Personas como ésas no hay muchas. La mayoría de los habitantes de esta tierra trabaja para ganarse la vida, trabaja porque tiene que trabajar. No son ellos mismos quienes con pasión eligen su trabajo, son las circunstancias de la vida las que eligen por ellos. El trabajo que no gusta, el que aburre, valorado sólo porque, incluso siendo desagradable y aburrido, no es accesible para todos, es uno de los peores infortunios humanos. Y no parece que los siglos que vienen vayan a traer algún cambio feliz.

Así me permito decir que, si bien les quito a los poetas el monopolio de la inspiración, los incluyo, de todos modos, en el pequeño grupo de los favorecidos por el destino.

En este punto, sin embargo, pueden despertarse dudas en el oyente. A los más diversos verdugos, dictadores, fanáticos, demagogos, que luchan por el poder con ayuda de unas pocas consignas, pero repetida a gritos, también les gusta su trabajo y también lo realizan con ingenio. Claro que sí, pero ellos “saben”.  Saben, y lo que saben les basta de una vez para siempre. No se interesan en nada más, porque eso podría debilitar la fuerza de sus argumentos. Y cualquier saber que no provoca nuevas preguntas se convierte muy pronto en algo muerto, pierde la temperatura que propicia la vida. Los casos más extremos, los que se conocen bien tanto por la historia antigua como por la moderna, son capaces de ser letales para las sociedades.

Por eso tengo en tan alta estima dos pequeñas palabras: “no sé”. Pequeñas pero con potentes alas. Que nos ensanchan los horizontes hacia territorios que se sitúan dentro de nosotros mismos y hacia extensiones en las que cuelga nuestra menguada tierra. Si Isaac Newton no se hubiera dicho “no sé”, las manzanas del jardín hubieran podido caer ante sus ojos como granizo y él, en el mejor de los casos, se habría inclinado a recogerlas para comérselas con apetito.

Si mi compatriota Maria Sklodowska-Curie no se hubiese dicho “no sé”, probablemente se hubiera convertido en profesora de química en un pensionado de señoritas de buena familia y en este trabajo, por otra parte respetable, habría transcurrido su vida. Pero ella se dijo “no sé”, y fueron exactamente estas dos palabras las que la condujeron, y no una sino dos veces, a Estocolmo, donde se galardona con el Premio Nobel a las personas de espíritu inquieto en constante búsqueda.

Asimismo, el poeta, si es un poeta de verdad, tiene que repetir sin descanso “no sé”. En cada poema intenta dar una respuesta pero, no bien ha puesto el último punto, ya le invade la duda, ya empieza a darse cuenta de que se trata de una respuesta temporal y absolutamente insuficiente. Así pues lo intenta otra vez, y otra, y más tarde estas pruebas consecutivas de su descontento con respecto a sí mismo los historiadores de literatura las sujetarán con un clip muy grande y las denominarán sus “logros”.

Sueño algunas veces con situaciones imposibles. Me imagino, por ejemplo, en mi impertinencia, que tengo la posibilidad de hablar con el Eclesiastés, el autor de tan conmovedor lamento frente a la vanidad de toda actividad humana. Le haría una profunda reverencia porque no cabe la menor duda de que es uno de los más importantes poetas, por lo menos para mí. Pero después lo cogería de la mano.  “Nada nuevo bajo el sol”, dijiste, Eclesiastés. Pero si tú mismo naciste nuevo bajo el sol. Y el poema del cual eres autor también es nuevo bajo el sol porque nadie lo escribió antes que tú. Y nuevos bajo el sol son todos tus lectores, porque quienes vivieron antes que tú está claro que no pudieron leerlo. Tampoco el ciprés bajo cuya sombra te sentaste crece aquí desde el principio de los tiempos.

Le dio su origen algún otro ciprés, parecido al tuyo pero no el mismo, y además querría preguntarte, Eclesiastés, qué cosa nueva bajo el sol piensas escribir ahora. ¿Se tratará de algo que complete tus pensamientos o más bien, después de todo, tienes la tentación de rectificar alguno de ellos? En tu anterior poema percibiste también la alegría, ¿qué importa que sea pasajera? Así pues, ¿será ella el tema de tu poema nuevo bajo el sol? ¿Tienes ya algunas notas, los primeros esbozos? ¡No irás a decir: “Lo he escrito todo, no tengo nada que añadir” Eso no lo puede decir ningún poeta en el mundo, y qué decir uno tan grande como tú.

El mundo, pensemos de él lo que pensemos, espantados por su inmensidad y por nuestra propia impotencia frente a él, amargados por su indiferencia a los sufrimientos, los de la gente, los de los animales, y tal vez también los de las plantas, pues ¿de dónde la seguridad de que las plantas están libres de sufrimientos?; pensemos lo que pensemos de sus espacios atravesados por la radiación, de las estrellas, alrededor de las cuales se han empezado a descubrir nuevos planetas, ¿ya muertos?, ¿todavía muertos?, no se sabe; digamos lo que digamos de este inconmensurable teatro para el que tenemos una entrada, aunque su validez sea ridículamente corta, limitada por dos fechas categóricas; pensemos lo que pensemos sobre él, este mundo es sorprendente.

Pero en el término “sorprendente” se esconde cierta trampa lógica.  Nos sorprende lo que se sale de una norma conocida y ampliamente aceptada, de alguna incuestionabilidad a la que estamos acostumbrados. Pero he aquí que este mundo incuestionable no existe en absoluto. Nuestra sorpresa tiene vida propia y no resulta de la comparación con nada.

De acuerdo, en el habla coloquial, que no sopesa cada palabra, todos usamos las expresiones: “un mundo corriente”, “una vida corriente”, “un hecho corriente”,… sin embargo, en el lenguaje de la poesía, donde cada palabra se mide, nada es ya normal y nada es corriente. Ninguna piedra y ninguna nube sobre ella. Ningún día y ninguna noche tras él. Y por encima de todo, ni siquiera la existencia de nadie en este mundo.

Parece que los poetas van a seguir teniendo siempre mucho trabajo.