EL BUEN SOLDADO, Ford Madox Ford

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Una novela en la que aparentemente no pasa nada.  Dos matrimonios, uno americano y otro inglés,  que coinciden cada verano en un balneario de Nauhein. Gente muy rica, con una vida pausada, tranquila, de compás de minué, que se desvaneció en cuatro malditos días después de nueve años y seis semanas. ¡Pero no, por Dios, es mentira! No era un minué. Era una cárcel: una cárcel llena de gritos histéricos sofocados para que no pudieran oírse por encima del sonido de las ruedas de nuestro carruaje al pasar por las umbrías avenidas del Taunus Wald.

En sus doscientas y pico páginas, el narrador, en su calidad de testigo, se propone contarnos, como si del saqueo  de Roma por los godos se tratara, ese acontecimiento inconcebible de la destrucción de su pequeño grupo. No sé cuál puede ser la mejor manera de contarlo; si sería preferible narrar la historia desde el principio, como si fuera una verdadera historia, o tal vez contarla desde la distancia del tiempo, como me llegó a mí de labios de Leonora y del propio Edward. Se imagina a sí mismo sentado durante dos semanas junto al fuego de la chimenea de una casa de campo, en compañía de un espíritu comprensivo, hablando en voz baja mientras se oye el mar a lo lejos y, sobre nosotros, el gran oleaje negro del viento que pule las estrellas. Cuando él y Florence, su mujer, conocieron a Teddy  Asburnham y a Leonora, en el comedor del hotel Excelsior, llevaban ya más de tres años instalados en Europa.

Esta es la historia más triste que he oído jamás. Así comienza la novela, y así quería su autor, Ford Madox Ford, que se titulara, La historia más triste. Pero, publicada en los días oscuros de la guerra, no parecía ese el título más adecuado y, por sugerencia del editor, Madox  Ford lo cambió por El buen soldado.

Toca al lector descubrir por qué es triste esta historia.

En realidad, nada es en ella lo que parece. Los enfermos del corazón fingen su dolencia; el más radical egoísmo se disfraza de generosidad y abnegación; y el irredento conquistador de mujeres, es en realidad el único capaz de enamorarse y de vivir su amor hasta sus últimas consecuencias.

El narrador, ese narrador poco fiable que parece no enterarse de nada, va trazando círculos concéntricos en torno a los mismos acontecimientos, enfocándolos una y otra vez desde perspectivas diferentes, iluminándolos. Sólo al final los hechos se encaminan de forma lineal hacia su desenlace. La estructura es férrea. Me gustaría poder contarlo todo en forma de diario, nos confiesa. Resulta tan difícil avanzar con tantos personajes… Pero quizás no haya otra forma de hacernos llegar esta terrible historia de mezquindad, celos, y ambición, que transcurre en los años previos al estallido de la Primera Guerra Mundial, cuando para mucha gente todavía el orden de las cosas era inamovible. De repente todo se derrumba. El mundo de nuestros protagonistas, y también Europa.

RASHOMON

El sirviente de un samurai que acaba de ser despedido por su amo vaga por Kyoto sin tener dónde guarecerse de la tormenta. Corren tiempos difíciles. Ha perdido todo lo que tenía y bajo el Rashomon se debate entre si morir de hambre o convertirse en un ladrón, aunque el solo hecho de atreverse a pensar en esta posibilidad ya le horroriza.
Después, dispuesto a pasar allí la noche, sube por unas escaleras hasta la torre del Rashomon, llena de muertos y de cadáveres en descomposición, y una vez allí observa cómo a la luz de una tea encendida una vieja arranca los cabellos del cadáver de una mujer. En ese instante el sirviente empieza a odiarla con todas sus fuerzas, no a ella, sino a todo lo que simboliza el mal, y todas sus dudas del momento anterior le parecen absurdas; entre convertirse en ladrón o morir de hambre, prefiere sin duda morir de hambre. Pero hete aquí que de pronto, con la mano en su espada, se acerca a la vieja y la increpa, adónde vas, vieja infeliz, le retuerce el brazo y la arroja al suelo con violencia. Ella le explica que arranca los cabellos de los cadáveres para hacer pelucas y no morir de hambre. Además, esos muertos no merecen mejor suerte. La mujer a la que le está arrancando los cabellos, también para sobrevivir, vendía por pescado carne de víbora desecada. Si ella llegara a saber lo que hago posiblemente me perdonaría. En ese instante se disipan las dudas del sirviente. Ahora la idea de morir de hambre, que antes contemplaba con resignación como la única salida digna a su situación, le parece absurda. No me guardarás rencor si te robo, ¿verdad? Si no lo hago, también yo me moriré de hambre. Y entonces despojó a la vieja de sus ropas, la dejó desnuda tirada entre los cadáveres, y se perdió en la noche. Adónde fue el sirviente nadie lo sabe.
Ryonosuke Akutagawa (1892-1927) publicó este cuento en 1915, durante la Primera Guerra Muncial. Corrían tiempos demasiados difíciles como para atenerse a una moral rígida. Mejor así. El fin justifica los medios, y donde dije digo, digo Diego. Y si hace un momento estaba dispuesto a dejarme morir de hambre, ahora soy capaz de hacer lo que sea con tal de sobrevivir. Y además, de noche todos los gatos son pardos. Y en épocas de crisis también.

EL TITANIC DE LOS POBRES

En estos días en que, por ser aniversario, tanto se habla del hundimiento del Titanic, algunos medios han rememorado el de otro barco, el Valbanera, no menos trágico, pero sí menos famoso.
El caso es que este vapor llevaba años cubriendo la línea regular España-Cuba, y tras haber hecho escala en San Juan de Puerto Rico, arribó el cinco de septiembre de 1919 a Santiago de Cuba, donde por razones que se desconocen, desembarcó la mayoría del pasaje, setecientas cuarenta y dos personas, continuando después solo con quinientas rumbo a La Habana, en cuyo puerto no pudo entrar debido a un fortísimo huracán, hundiéndose finalmente en los Cayos de Florida.
Y debido a que todos los pasajeros del Valbanera eran gente anónima, pobres de solemnidad, que iban a Cuba a ganarse la vida, a este barco se le conoce como el “Titanic de los pobres”, y su naufragio inspiró a Ernest Hemingway su cuento “After the Storm” (“Después de la tormenta”), y el relato “Reserva 1904” a Miguel Ángel Fernández.
Y digo yo que la historia tiene los suficientes ingredientes épicos como para hacer una buena película en la que reflejar la historia de tanta y tanta gente que por aquella época de crisis bestial también, con la Primera Guerra Mundial recién acabada, y con la gripe española llevándose por delante millones de vidas humanas, se iba allende los mares a hacer las Américas, cuyos sueños, como los de tantos inmigrantes que durante años han intentado llegar en pateras a nuestras costas, acabaron enterrados en el fondo del mar.
Por cierto, que los viejos marinos de la zona, al Valbanera lo conocen como “The Ghostship of the Quicksands” (El buque fantasma de las arenas movedizas).
Para más información, el siguiente enlace:

http://www.migraventura.net/contenido/hundimiento-del-valbanera

EL SONÁMBULO DE VERDÚN

La acción de la última novela de Eva Díaz Pérez, «El sonámbulo de Verdún», se sitúa en la primera Guerra Mundial; pero la presencia de una voz narradora que la autora maneja con total desenvoltura, como si fuera una cámara de cine, que acerca y aleja el objetivo, enfoca y desenfoca, hace barridos, flash back y flashforward , permite que el lector se pasee  por casi todo el siglo XX, siguiendo los destinos de los cuatro protagonistas, el soldado checo Jaroslav Smoljak, el periodista de guerra Klaus Weber, el artista plástico Fritz Wolf, y la joven Libuse, unidos por los hilos invisibles del azar.

Aquí no se cumplen las leyes de la física. La voz detiene la bala que está a punto de acabar con la vida de Jaroslav, y no permite que llegue a su destino, hasta habernos contado la historia que nos tiene que contar.

Que empieza en Praga, en el momento en que su madre está dando a luz a Jaroslav.

«Ahora deberíamos dedicar una oda a las mujeres preñadas que están a punto de parir en esos años del fin de siglo. Sencillamente, dedicar un amable homenaje o un torpe recuerdo emocionado al día en el que los ovarios de las mujeres que parieron esta carne de trincheras para la Gran Guerra tuvieron su primer menstruo. Cuando triunfaban las metáforas simbolistas, el vals entraba en la vejez y en los cuadros se introducía el germen de la locura.

Una oda a los úteros de la trinchera.»

Más tarde, Jaroslav demostrará una rara habilidad para desvelar los arcanos del futuro.

También seguimos los pasos de Fritz Wolf, un artista perteneciente a los accionistas vieneses, que noventa  años después de la famosa batalla, se dedica a rastrear los campos de Verdún a la búsqueda de objetos —restos de mochilas, un capote militar, granadas de mano— con los que poder montar una exposición que evoque «el espacio agónico de las trincheras», y a coleccionar tarjetas postales en las que adivinar historias olvidadas.

En Viena, el joven Klaus Weber, que acabará escribiendo para el  Archivo de Guerra, tiene la  facultad de evocar el pasado, incluso el que no ha vivido, y su extraño comportamiento su familia lo atribuye a la influencia de la tía Helga, amante de la teosofía, y apasionada del trasnochado imperio austrohúngaro, que el anarquista  Gavrilo Princip se encargará de hacer saltar por los aires.

Años más tarde, en Praga, La joven Libuse vive  en una casa habitada por antiguos fantasmas, en la que, a veces, en cualquier rincón, se encuentra con trozos sueltos de hilo que forman figuras extrañas y que parece que suspiran;  un cuaderno descubierto en el fondo de un baúl le revela viejas cartografías de la ciudad fantasmagórica y soñada, llena de pasadizos secretos.

Y siguiendo las peripecias de estos personajes, nos paseamos por el  puente de Carlos, el barrio de Mala Strana, la Viena de Sissi, y las trincheras de Verdún, y  nos encontramos con Kafka (la pena es que ese día no ha podido ir a la oficina, porque está enfermo, con los primeros síntomas de la tuberculosis que lo matará), y con Freud, de cuya consulta una paciente sale escandalizada, y con el corresponsal de guerra  Stefan Zweig, y con Rilke,  y con Elías Canetti, y con los dadaístas, en una Europa que es un hervidero de sinrazón y de cultura.

Porque en este recorrido también nos toparemos con Hitler, un señor bajito y con bigote que se anexionó Checoslovaquia y que creó campos de exterminio y clínicas como Harthein, donde se practicaba la eutanasia, y con los brigadistas de la guerra civil española, y con el régimen comunista, y con la primavera de Praga, y con Jan Palach.

Pero como la voz tiene la facultad de pararse donde quiere, de contarnos unas cosas y de omitirnos otras, a veces se detiene en anécdotas hilarantes como la de un piojo que acaba aplastado entre los dedos de un soldado, o la de una carcoma noble a la que su dueña se preocupa de proporcionar el alimento adecuado a su categoría.

Y a fecha de hoy, cuando  Verdún no es más que reclamo turístico donde en verano se recrea la batalla en un espectáculo que cuesta 20 Euros por persona, Eva Díaz, utilizando el arma que más a mano tiene, la palabra, ha decidido «mancharse con el barro de la guerra», y por el mismo precio, mostrarnos con mirada lúcida ese escenario del horror que recorremos atentos y emocionados, con la esperanza, puede que teñida de escepticismo,  de que nada de eso se vuelva a repetir.